Historia

Bronca y traición: la puñalada de Azaña que más dolió a Franco antes de la Guerra Civil

Manuel P. Villatoro

Como parte del Gobierno Provisional, el futuro presidente de la Segunda República clausuró la Academia General Militar de Zaragoza, dirigida por el militar, en julio de 1931.

El pedregoso camino de la Segunda República comenzó el 14 de abril de 1931 con una comitiva de vehículos camino al Ministerio de Gobernación. Una «marcha lentísima», como explicó Alcalá Zamora, debido «al entusiasmo delirante de las masas» que se agolpaban a su alrededor. Dentro iba el comité revolucionario que ansiaba hacerse con el poder y, entre sus miembros, destacaba una figura: la de Manuel Azaña. Dicen algunas lenguas, decidan ustedes si buenas, malas o regulares, que al por entonces literato y figura destacada del Ateneo le reconcomía el pavor. Creía, y no era descabellado, que todo el grupo sería pasado por los fusiles al llegar a su destino.

Una vez frente al ministerio, Miguel Maura Francisco Largo

 Caballero se adelantaron, dispuestos a aporrear el portón de acceso y reclamar la poltrona de rigor. La tez les cambió cuando la guardia, armas en ristre, salió a su encuentro. «Me cuadré delante de ellos, me descubrí y les dije: “Señores, paso al Gobierno de la República”», afirmó el primero. Para asombro de los presentes, aquellas órdenes surtieron el efecto deseado y el séquito accedió al corazón del edificio. Vista la efectividad de un recurso tan castizo como elevar la voz, repitieron el proceso con el subsecretario, Mariano Marfil, quien recogió sus bártulos y se marchó a sabiendas de que estaba de más por allí.

                                                                                                           Proclamación de la Segunda República – ABC

Debemos suponer que, a partir de ese mismo instante, las dudas de Azaña se disiparon. El Gobierno Provisional se instaló en el poder y él mismo, tal y como recogió en sus memorias, se personó por la noche en el Palacio de Buenavista junto a Arturo Menéndez para hacerse con el mando del Ministerio del Ejército. Poco después acometió las tan recordadas como controvertidas reformas militares. Entre ellas, el envío a la reserva de una ingente cantidad de oficiales al grito de que nuestro país contaba con un mandamás por cada cuatro soldados rasos. Aquello le hizo ganarse el rencor del estamento castrense, desde donde se le tildó de «hombre frío, sectario, vanidoso y con más bagaje de odios que de buenos deseos».

Sin embargo, hubo una reforma que, si bien olvidada, contribuyó a avivar el resquemor lacerante que Francisco Franco sentía hacia el Gobierno Provisional: la clausura de la Academia General Militar de Zaragoza, liderada por el futuro dictador desde 1927. Narra Paul Preston en «Franco, Caudillo de España» que el director del centro recibió la noticia con incredulidad. Hasta tal punto adoraba su trabajo que pidió a José Sanjurjo que intercediera por él ante el nuevo ministro de Guerra. No sirvió de nada. Al final, la respuesta al golpe en el bajo vientre fue un discurso frente a los cadetes que se tornó en el último clavo de su ataúd. Después del mismo, Azaña no volvió a fiarse de él.

General Director

Cuando Franco accedió a la jefatura de la Academia en 1927 poco tenía de golpista, como después sería, y mucho de héroe militar en África. Ya general, había demostrado su valentía en acciones como la defensa de Melilla (a donde llegó tras recorrer a marchas forzadas más de 100 kilómetros con sus legionarios) o el combate de El Biutz, en el que estuvo a punto de morir por culpa de un disparo rifeño. No era una superestrella del mundo castrense, vaya, pero sí un personaje reconocido dentro y fuera del estamento militar con ciertos contactos en África y en la Península. En una entrevista concedida a «Estampa» en 1928 se refirió, con cariño, a su nuevo puesto:

—¿En su actual destino de director de la Academia General Militar, está usted satisfecho?

—Solamente puedo contestarle que me he dedicado a él con toda el alma, Los futuros oficiales recibirán primeramente una intensa educación de virtudes ciudadanas y un fuerte entrenamiento deportivo, que les robustecerá moral y físicamente; luego les inculcaremos preferentemente un alto sentimiento militar. En el patio central de la Academia quiero colocar un altar a la Virgen del Pilar, para que desde su primera juventud aprendan a amarla y a forjar en ella la fe que habrá de conducirles constantemente a la victoria.

En la obra «El general Franco: un dictador en un tiempo de infamia», el historiador Carlos Fernández Santander define dicho periodo como uno de los más importante en la vida del futuro jefe del Estado. No le falta razón. Desde que fuera seleccionado para esta nueva tarea, Franco se esmeró en idear un programa de estudios adecuado para los nuevos cadetes, visitó escuelas castrenses germanas para captar ideas, seleccionó a los profesores que consideraba mejores para el empleo (entre ellos, Esteban Infantes, Monasterio, Alonso Vega o su primo Franco Salgado) y redactó un decálogo de deberes que debía regir la vida de los aspirantes a oficiales:

                                                                                            Manuel Azaña, en una de sus imágenes más famosas – ABC

-Tener gran amor a la Patria y fidelidad al Rey, exteriorizados en todos los actos de su vida.

-Tener un gran espíritu militar, reflejado en su evocación y disciplina.

-Unir a su acrisolada caballerosidad constante celo por su reputación.

-Ser fiel cumplidor de sus deberes y exacto en el servicio.

-No murmurar jamás, ni tolerarlo.

-Hacerse querer de sus inferiores y desear de sus superiores.

-Ser voluntario para todo sacrificio, solicitando y deseando siempre el ser empleado en las ocasiones de mayor riesgo y fatiga.

-Sentir un noble compañerismo, sacrificándose por el camarada y alegrándose de sus éxitos, premios y progresos.

-Tener amor a la responsabilidad y decisión para resolver.

-Ser valeroso y abnegado.

Primeros roces

Durante sus años en la Academia, Franco no se mostró contrario en exceso al ideario republicano. Al menos, no en público. ¿Qué fue lo que le condenó? Entre otras cosas, que la Academia fue fundada, el 5 de octubre de 1928, por el presidente del Directorio Militar (forma educada de hablar de la dictadura) Miguel Primo de Rivera. Aunque tampoco le ayudó demasiado negarse a arriar la bandera rojigualda de la institución y cambiarla por la nueva enseña roja, amarilla y morada tras la llegada del Gobierno Provisional. Esa mezcolanza de factores le pusieron en el punto de mira, sin olvidar las ideas antimilitaristas que Azaña ya había expuesto años atrás en un estudio sobre el ejército francés:

«La inevitable supresión del ejército permanente es una ganancia absoluta, un bien puro, sin mezcla de mal alguno. En España es todavía más: abolir el sistema militar vigente es una cuestión de vida o muerte… Realiza además el ejército, por la misión que se le ha dado en España, una obra de corrupción política».

Con esos mimbres se tejió la tensa caída de la Academia. En junio de 1931 Azaña continuó con sus reformas militares. El 16 se suprimieron las capitanías generales y regiones, que fueron reducidas a divisiones orgánicas guarnecidas por menos tropas. Pero fue poco después, el 26 de abril, cuando llegó el plato fuerte: la publicación de una orden que anulaba la convocatoria del próximo ingreso de alumnos en la institución dirigida por Francisco Franco. El militar intentó recabar apoyos políticos y de algunos medios en su favor, pero no le sirvió de nada. El 1 de julio, Azaña le dio el golpe de gracia con un duro decreto redactado el día anterior:

                                                                                                                     Franco, en 1931 – ABC

-Artículo 1º. Queda suprimida la Academia General Militar.

-Artículo 2º. Hasta la terminación de los exámenes de fin de curso continuarán en dicho Centro los Profesores y alumnos que lo constituyen. Los alumnos de segundo año que resulten aprobados se atendrán a las normas vigentes para su incorporación a las academias especiales.

-Artículo 3º. El General Director y los Jefes Oficiales destinados en la Academia general pasarán por fin de agosto a la situación de disponibles forzosos.

Franco recibió la noticia de manos de un oficial a eso del medio día en su cuartel general de Canfranc. Seguía de maniobras porque, a pesar de los requerimientos de la Segunda República, había rechazado anular el curso. Según leyó en el «Heraldo» de aquella jornada, las razones que adujo Azaña fueron «la nulidad del decreto dictatorial» y lo «desproporcionado de la Academia General Militar». El director se quedó en «shock» y, ante la duda, se negó a regresar antes del fin de los ejercicios. Algunos medios fueron tan cristalinos como opinativos en sus titulares. «La absurda supresión de la Academia General Militar» fue solo un ejemplo de los muchos.

Odios y venganzas

Tras el trauma, comenzaron los pellizcos de monja por parte de uno y otro. Franco, airado, enarboló primero el mandoble y, el 14 de julio, pronunció un discurso ante los Alumnos de la Academia en el que, ya de entrada, criticó el haberse obligado a tener que retirar la bandera rojigualda del centro.

«Caballeros cadetes. Quisiera celebrar este acto de despedida con la solemnidad de los años anteriores, en que, a los acordes del Himno Nacional, sacásemos por última vez nuestra bandera y, como ayer, besarais sus ricos tafetanes, recorriendo vuestros cuerpos el escalofrío de la emoción y nublándose vuestros ojos al conjuro de las glorias por ella encarnadas; pero la falta de bandera oficial limita nuestra fiesta a estos sentidos momentos en que, al haceros objeto de nuestra despedida, recibáis en lección de moral militar mis últimos consejos».

Solo estaba calentando. El general, que había reiterado su lealtad al nuevo régimen en varias ocasiones, cargó de forma velada contra el gobierno al señalar que «los más capacitados técnicos extranjeros prodigaron calurosos elogios a nuestra obra, estudiando y aplaudiendo nuestros sistemas y señalándolos como modelo entre las instituciones modernas de la enseñanza militar». Habló del decálogo implantado, de los estudios cursados, del amor a la patria y, al final, no se olvidó de señalar con el dedo acusador a los culpables de la clausura:

«En estos momentos, cuando las reformas y nuevas orientaciones militares cierran las puertas de este centro, hemos de elevarnos y sobreponernos, acallando el interno dolor por la desaparición de nuestra obra, pensando con altruismo: se deshace la máquina, pero la obra queda; nuestra obra sois vosotros, los 720 oficiales que mañana vais a estar en contacto con el soldado, los que los vais a cuidar y a dirigir».

                                                                                                                   Cúpula de la Academia – ABC

Azaña respondió valiéndose del refrán. «No hay mayor desprecio que no hacer aprecio». Cuando los reporteros le preguntaban por su opinión sobre el discurso, repetía que no se lo había leído aún. Sin embargo, tuvo constancia de él poco después, como atestiguan las anotaciones en su diario:

«Alocución del general Franco a los cadetes de la Academia General con motivo de la conclusión del curso. Completamente desafecto al Gobierno, reticentes ataques al mando; caso de destitución inmediata, si no cesase hoy en el mando. Le paso la alocución al asesor, para que vea si hay materia punible. Me entrega un informe escrito, diciendo que se puede proceder de forma judicial; que cabría gubernativamente corregirlo».

Según dejó escrito el historiador Ricardo de la Cierva en sus múltiples obras sobre el franquismo, Azaña se mostró eufórico en las jornadas siguientes por el cierre de la Academia. Pero eso no le impidió obsesionarse con el discurso de Franco hasta el punto de reprenderle mediante una nota en su hoja de servicios.

«Por orden manuscrita de 22 de julio de 1931, dirigida al general de la 5ª división orgánica, se le manifiesta para conocimiento del general […] el desagrado producido por la alocución pronunciada el día 14 del mismo mes con motivo de la despedida de los cadetes, en cuya alocución se formularon juicios y consideraciones que, aunque en forma encubierta y al amparo de motivos sentimentales, envuelven una censura para determinadas medidas del Gobierno y revela poco respeto a la disciplina».

El experto añade que, a partir de entonces, el político sospechó siempre del general. Su latiguillo, ante cualquier eventualidad, era siempre el mismo: «Anda en ellos el general Franco». Y no faltaban en sus notas personales los «Franco es el único temible» y «Franco es el más temible». Su miedo se agudizó cuando, a mediados de agosto, anotó los rumores existentes sobre un complot monárquico. Una vez más, pensó en el militar como instigador. El 17 de julio de 1936, sus temores se materializaron.

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