Economia

Quintana Paz: “Nos han cebado durante décadas con un dinero que no teníamos para ahora trincharnos con el cuchillo de los impuestos”

  • “Mientras estamos en batallitas del 36, anuncian un 2050 menos libre”
  • “Degradan la educación pública mientras llevan a sus hijos a la privada”
  • “Las élites, desde sus mansiones, están empeñadas en que no poseamos”

El filósofo Miguel Ángel Quintana Paz (Salamanca, 1973) es profesor titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Trabaja como escritor, conferenciante y profesor; en definitiva, divulgador. Quintana Paz desarrolla su labor en el área de conocimiento que se conoce como Filosofía Moral y Política. Su ingeniosa pluma, aguda y perspicaz, le ha convertido en uno de los analistas de la realidad política y social más acertado y escuchado. Es el filósofo de habla hispana con más seguidores en la red social Twitter y el 18º a nivel mundial.

Occidente prepara un alza fiscal sin precedentes, desde Biden a la UE. Con España a la cabeza, pese a que en esta época de crisis la mayoría de las grandes economías europeas han optado por lo contrario. ¿Qué opina de esta deriva? ¿Veremos cada vez impuestos más altos?

Hasta un pavo de Pascua sería de capaz de entender lo que nos ha pasado. Durante años, nuestros Gobiernos han estado sobrealimentando a Occidente con un dinero que simplemente no teníamos. Y que ha ido engordando nuestra enorme deuda pública. En España, el proceso ha sido especialmente feroz. Ahora somos el 13º país con mayor deuda sobre el PIB, cuando tan solo quince años atrás éramos el 93º.

Ese engorde dinerario se ha aprovechado para embucharnos también píldoras -o, a menudo, ruedas de molino- con la nueva ideología típica de nuestro establishment. Desde la ONU a Hollywood, pasando por oenegés y grandes empresas. Neofeminismo, Black Lives Matter, identitarismo de cada minoría y desprecio por los vínculos nacionales o tradicionales… Ahora que ya estamos cebados con ambas cosas -un dinero que no teníamos y una ideología que no queríamos-, esas élites han decidido que es el momento de pasar a trincharnos con el cuchillo de los impuestos, pues creen que seguiremos aceptándolo tan sumisamente como hemos acatado nuestro engorde previo.

En España, el Gobierno prepara además un hachazo fiscal que afectará de manera especial a las clases medias, que llevan maltratadas ya más de una década. ¿Les estorban los individuos independientes? ¿Está en peligro la clase media?

Ser de clase media, durante la época de su esplendor -tras la II Guerra Mundial y, en España, tras el Plan de Estabilización de 1959- no significaba solo tener un cierto número en tu cuenta corriente, sino también todo un fajo de esperanzas. Por ejemplo, las gentes de clase media tenían la esperanza razonable de que irían prosperando a medida que cumpliesen trienios trabajando, así como que sus hijos vivirían mejor que ellas. Por supuesto, ser de clase media implicaba además poder tener tales hijos. O confiar en la meritocracia, aunque era probable que los muy ricos siguiesen siendo siempre ricos y los muy pobres, pobres, sí que estaba en tus manos de clasemediero prosperar. Ser de clase media conllevaba también tener fe en que la educación aumentaría tu bienestar futuro. O que el conocimiento que ésta te proporcionaba era preferible a la ignorancia. En suma, ser de clase media implicaba encontrarse moderadamente a gusto en el mundo o, al menos, todo lo a gusto que acaso nos quepa estar a los humanos.

Mientras estamos en nuestras batallitas simbólicas de 1936, nuestros gobernantes van anunciándonos ya sin complejos un 2050 más austero, más ideologizado, menos libre, menos feliz

Creo que basta enumerar esos rasgos de la clase media para que cualquiera capte que se nos están escapando de las manos. O nos los están arrebatando. Precariedad, dificultades hercúleas para formar una familia, desprecio del mérito profesional, exhibición de la ignorancia y desdén hacia el saber son cosas a las que nos vamos acostumbrando cada vez más. Y, por supuesto, tiene que ver con los planes que tienen para nosotros nuestras élites gobernantes, no es algo caído del cielo del Progreso.

¿Cómo consigue el poder introducir todas estas medidas?

La clave está en otro fenómeno que todo el mundo reconoce como típico de nuestra época: la creciente polarización política que nos rodea. Mientras que el combate real se da entre unas élites cada vez más prósperas y poderosas -tan poderosas que ya aspiran incluso insuflarnos su religión woke– y la decreciente clase media, muchos de nuestros compatriotas se creen que la cosa va todavía de si gobiernan los herederos de Largo Caballero o la CEDA, cuando no los de Franco. Y así, mientras estamos en nuestras batallitas simbólicas de 1936, nuestros gobernantes van anunciándonos ya sin complejos un 2050 más austero, más ideologizado, menos libre, menos feliz.

Las nuevas generaciones viven peor que sus padres. Según el último informe del Foro Económico Mundial, en España las rentas más bajas necesitan cuatro generaciones para alcanzar la media. ¿Cómo se puede reparar el ascensor social?

No creo que haga falta inventar la rueda. ¿Cuáles fueron las principales vías de ascenso social durante la época esplendorosa de las clases medias? La educación y el esfuerzo. ¿Qué nos dice hoy nuestro Gobierno? Que la educación debe consistir sobre todo en hacer que el niño sea “feliz” y “solidario” mientras está en clase, sin insistir demasiado en el esfuerzo, que podría estresarlo, y menos aún en sus logros, que podrían hacerlo ascender socialmente.

La elección que tenemos delante es si queremos vivir en un país idiotizado o no. Y la historia es inmisericorde con quien opta por la estulticia

Naturalmente, mientras la educación pública y concertada se degrada con ese exterminio de la inteligencia que es la Ley Celaá, las clases altas -a las que pertenece nuestro Gobierno, ya sea en su modalidad socialista o de Galapagar- llevan a sus hijos a la educación privada, que no ha olvidado la importancia de aprender de veras y esforzarse de verdad.

¿Cómo salimos de esta ratonera?

De nuevo voy a ser poco original: con inteligencia. Seguirse tragando que lo que se dirime en unas elecciones del año 2021 es optar entre nazismo o democracia, como ha querido convencernos toda la izquierda en Madrid, es de idiotas. Seguir pensando que una ley educativa como la LOMLOE de Celaá -que, a la postre, profundiza en los errores de todas las leyes de ese campo que, desde la LOGSE, nos han traído adonde estamos- está orientada a la “solidaridad”, la “equidad” y demás significantes vacíos, es de idiotas. Pensar que en un mundo tan duro como el actual la fragmentación de nuestra nación, las enemistades entre regiones -que tanto ha promovido la izquierda en su campaña contra Madrid- nos llevarán a buen puerto es, de nuevo, de idiotas.

De modo que la elección que tenemos delante es si queremos vivir en un país idiotizado o no. Y la historia es inmisericorde con quien opta por la estulticia.

“2030: no tendrás nada y serás feliz”. Parece que el Foro Económico Mundial y los poderosos tienen un plan para la sociedad muy bien preparado. ¿Es el camino correcto? ¿Hacia dónde nos lleva?

La frase me parece reveladora. Nos recuerda aquella otra del anarquista Pierre-Joseph Proudhon, “la propiedad es un robo”. Es todo un signo de nuestro tiempo que quienes vengan a resolver ese “robo” que es poseer cosas no sean ya los rebeldes anarquistas de antaño, con argumentos sociales, sino nuestro establishment, armado de argumentos ecologistas. Poseer coche, calefacción, aire acondicionado, electricidad, incluso piso propio, es perjudicial para el planeta, es arrebatarle su naturaleza prístina. Así que sé bueno y deja de poseer. Por cierto, todo esto recuerda otra frase menos famosa de Proudhon: “la propiedad es imposible”. Sin duda nuestras élites están empeñadas en que así sea. Para nosotros, claro, no tanto para ellas, ni para sus mucho más contaminantes mansiones, helicópteros, jets o giras mundiales.

¿Ha acelerado la pandemia del coronavirus todos estos cambios que pretenden las élites?

Bueno, ha sido la propia Greta Thunberg, aupada por todas las organizaciones internacionales y por la farándula mundial al estatus de profetisa de la Nueva Era, la que ya nos lo ha advertido: si el mundo ha sido capaz de movilizarse así ante una emergencia como la covid-19, ¡no hay motivo para que no lo haga ante todo lo que ella reclama!

Amordazarnos, acallar la verdad, va a resultar imprescindible a medida que nos vayan estropeando más y más la vida

Además, el coronavirus ha disparado los sueños de un nuevo inicio, de un “reseteo” de nuestra civilización, que es el sueño dorado de quienes quieren empezar otra nueva. Una civilización nueva que, al contrario de la occidental -heteropatriarcal, homófoba, opresiva, belicosa, antiecológica… según estos arúspices- debería implantar por fin el paraíso en la Tierra. No es sino el viejo sueño gnóstico de siempre, camuflado como si fuera similar a nuestra herencia judeocristiana. Apela, como ella, a términos como amor, fraternidad o la atención a las víctimas. Pero, a la vez, es sutilmente diferente, porque olvida algo que en el judeocristianismo está muy claro: que el paraíso no puede implantarse aquí abajo. Y menos aún culpabilizando, cual chivo expiatorio, a solo una parte de la población: la clase media, los blancos, los varones o los heterosexuales.

Una gran parte de la sociedad ha comprado los argumentos de las élites. Las revoluciones suelen triunfar cuando los poderosos son parte de ellas. ¿Estamos ante una revolución?

Si yo fuese parte de la élite, desde luego estaría muy satisfecho con la enorme suma de personas que han engullido ya mis mentiras. Y, como decía al inicio, me apresuraría a trinchar ya el suculento plato que tengo delante. Sobre todo por un motivo: que, en el fondo, me atenazaría el miedo a algo que no puedo resolver. Y es que vivo de la mentira. Quien tiene a la verdad de su lado cuenta con aliado poderosísimo. Así que, si yo fuera parte de las élites, y pese a mi evidente éxito actual, también me sentiría asustado y con prisas.

No debería extrañarnos, pues, que cada vez se le vaya poniendo más coto a la libertad de expresión, con la excusa de combatir “los discursos de odio”, “el negacionismo científico”, “el alarmismo injustificado”. Amordazarnos, acallar la verdad, va a resultar imprescindible a medida que nos vayan estropeando más y más la vida.

¿Hay alguna oposición real? Hasta en Roma el Papa abraza estos discursos.

En realidad, las opiniones políticas del Papa no deberían tener ninguna repercusión entre los propios católicos. Su función como pastor es mantener el depósito de la fe y la moral, enseñar las verdades eternas que debe creer cualquier cristiano, actual o del siglo X, y ejercer ciertas funciones ceremoniales u organizativas como Sumo Pontífice. Las opiniones políticas de Francisco deberían tener el mismo peso para un creyente que sus opiniones futbolísticas; o que las opiniones políticas de Alejandro VI, el papa Borgia, cuando se enfrentó al rey de Francia, y que nadie hoy nos exige compartir. Por cierto, tampoco entonces pensaba nadie que ser católico equivaliese a pensar en política italiana lo mismo que Alejandro VI. Claramente ha habido un retroceso en la comprensión del papado entre sus propios fieles ahí.

Los ‘moderaditos’ siguen pensando que las cosas transcurrirán tan apacibles como nos las prometíamos tras la caída del Muro de Berlín

Por desgracia, un número abundante de católicos desconoce estas verdades de su fe, y atribuye al papa infalibilidad o inspiración divina donde no debe. Es curioso que estas mismas personas suelan blasonar de su amor por la Santa Madre Iglesia, pero ¿qué amor demuestras por tu madre si desconoces sus rasgos más básicos, como este?

Una vez comprendido el verdadero rol del papa, pues, la pregunta se convierte en: ¿puede el mensaje cristiano (no el del papa o este o aquel obispo) ayudarnos en la batalla contra esa nueva ideología y ese nuevo modo de vida que las élites quieren imponernos? Y la respuesta creo que es: naturalmente que sí. Rod Dreher acaba de escribir un libro, traducido al español como Vivir sin mentiras, en que da un montón de pistas para ello. Sin fortaleza espiritual y una apuesta firme por la verdad, tenemos poco que hacer. Por cierto, Dreher, originariamente metodista, se convirtió al catolicismo pero, al cabo de un tiempo, decepcionado por su jerarquía, lo abandonó para formar parte de la Iglesia ortodoxa: el cristianismo es mucho más potente que cualquier error puntual de este o aquel clero.

¿Qué será de nosotros en 2030?

No me gusta hacer predicciones, especialmente acerca del futuro, como decía un viejo chiste danés. Lo que está claro es que la Historia, que Francis Fukuyama declaró acabada en 1989, no estaba muerta: estaba de parranda. Y menuda parranda.

Por consiguiente, lo que tengo claro es que en 2030 podremos estar mucho mejor o mucho peor que ahora, pero en ningún caso seguiremos igual. Este es el motivo por el que no entiendo los discursos moderaditos, que siguen pensando que las cosas transcurrirán tan apacibles como nos las prometíamos tras la caída del Muro de Berlín, o durante los años del consenso socioliberal, en décadas pasadas. Ahora vamos montados en una montaña rusa; y ni siquiera sus altibajos son lo peor, sino la posibilidad de que nuestro vagón descarrile, mandándonos a todos por los aires. Y, en ese caso, por muy moderadito que hayas sido antes, el poco moderadito morrazo te lo vas a pegar igual.

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