Economia

Paro, precariedad laboral y riesgo de idiotez

Entre los retos de nuestra economía sobresale la inaplazable reducción del desempleo y de la precariedad laboral. En España se constata una deficiencia harto evidente: desde 1980 la tasa de paro promedio se sitúa en el 17%. Concretamente, en los últimos meses de 2020, la tasa de paro, según Eurostat, oscilaba entre el 16,2% y el 16,5%, siendo, junto con Grecia, la más alta de la Unión Europa que se sitúa sobre el 7,6% y doblando a la de la Zona Euro que es del 8,4%, y muy por encima de otros países europeos. Los datos de Eurostat correspondientes al mes de mayo de 2021 confirman que Grecia y España comparten el liderazgo del paro en Europa con una tasa del 15,4% y 15,3%, respectivamente, en tanto en la Zona Euro se sitúa en el 7,9% y en la Europa de los 27 en 7,3%.

Nuestra economía depende en gran manera del sector servicios, que emplea en 2020 al 78% de quienes trabajaban. El empleo en los servicios ha ido en aumento. Así si en los felices años 60 del siglo pasado representaba el 29,2% del empleo a partir de los años 90, cuando el empleo en el sector primario disminuye al 11,8% del empleo total y la industria absorbe al 23,7% de quienes laboran, los servicios irrumpen con fuerza en el peso del empleo sectorial, con el 54,8%.

Hoy, con las vicisitudes vividas, las situaciones de desempleo son más complicadas para las personas con baja cualificación, perjudican más a las mujeres y a los jóvenes, ponen en un brete comprometido a personas mayores de 45 años que pierden su empleo por las dificultades y se agravan en el caso del empleo temporal. De hecho, la persistencia de situación de desempleo se agrava si se tiene en cuenta que en 2019 el 43% de los parados llevaba más de un año en búsqueda de empleo y que los trabajadores más afectados por la actual crisis son los mencionados colectivos y, en promedio, el paro afecta más a las personas que cuentan con menor formación.

El uso de los fondos europeos, como de hecho la propia política fiscal española, debiera poner el acento en habilitar mecanismos para el seguimiento y orientación de las personas en paro, implementar con efectividad políticas activas de empleo y, aprovechando la coyuntura ante los posibles cambios que se darán en la estructura sectorial de la ocupación, reforzar la formación continua de manera que pueda llevarse a cabo un trasvase de desempleados de larga duración y personas en riesgo de pérdida de empleo en sectores debilitados por la crisis y vulnerables hacia otros sectores que gozarán de mayor protagonismo en el futuro.

Pero una de las mayores preocupaciones, hablando del desempleo, es la angustiosa tasa de paro juvenil en España, que en mayo de 2021, alcanza el 36,9%, solo superada por Grecia con el 38,2%, y que pone de manifiesto serios problemas acerca de la formación, el trabajo, la excesiva temporalidad y precariedad de los contratos laborales de nuestro jóvenes que condicionan sobremanera su emancipación o la fecundidad y los desfases en la incorporación de nuestros jóvenes al mercado de trabajo: unos están sobrecualificados y otros infracualificados. Eso, entre otras cosas, conduce a la existencia de jóvenes adultos, treintañeros, que siguen viviendo con sus padres. La crisis del coronavirus agrava el problema crónico del desempleo juvenil en España.

El premio Nobel de Física en 1988, Jack Steinberger, sentenciaba tiempo atrás que “el talento joven es lo mejor que tienen los países para salir adelante y, aquellos que no lo aprovechen, corren el riesgo de volverse idiotas”. Palabras que sería bueno calaran en nuestro país.

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