Economia

Estúpidos idólatras y otras explicaciones

En España se idolatra muy bien, igual a un torero que a un empresario de éxito o a un político. En la idolatría escondemos todos nuestros complejos y nuestros miedos, y podemos ponernos extremos, farrucos, fanfarrones si se quiere. El caso es que cuando idolatramos no vemos y cuando nos dejamos cegar por los destellos de luz pasa lo que pasa, que a la misma velocidad que idolatramos, odiamos. Pasamos de una cosa a la otra a una velocidad lumínica, sin tiempo jamás para la reflexión o el aprendizaje, y así nos va.

Si bien es cierto que toda sociedad tiene que tener un modelo para explicarse a sí misma no parece que vayamos por buen camino: cuando enaltecidos aplaudimos a los políticos se nos suele olvidar que su trabajo (el de los políticos) es harto complejo y exigente, por lo que en vez de dejarse llevar por la pasión de las loas deberían no perder el tiempo en afrontar los enormes enigmas que tenemos que afrontar: paro juvenil, pérdida de horizonte social, nihilismo colectivo, deuda monstruosa, impacto digital, educación permanente y revisable…

Ojalá fuera ese uno de nuestros más acuciantes males endémicos. Los hay peores. No sabemos compartir, ni negociar ni reconocerle un ápice al adversario. ¿Se acuerdan de los Pactos de Estado de antaño? Hubo pocos, pero algunos políticos valientes, representando a sus respectivos partidos, dieron en su día con la tecla de las pensiones, la violencia de género o el desarrollo autonómico, entre otros escasos ejemplos en la práctica española: no sabemos ver a largo plazo y preferimos que el que venga después tenga que volverlo a hacer todo de nuevo, prefiriendo destruir cuanto se ha hecho antes de que llegue un inquilino nuevo.

¿No merecía el Plan de Recuperación enviado a Bruselas un acuerdo mayor, un proceso de consultas, una mirada larga? Yo creo que sí. Más allá de las medidas y reformas propuestas (nadie duda de que ahí están todos los ingredientes para llevar el rumbo del país a sus próximas décadas), la magnitud de la operación merece un proceso más abierto. Que las CC.AA no hayan tenido un papel relevante en los procesos de propuesta de grandes proyectos transformadores me parece un error, pero aún evidencia mayor gravedad que el proyecto no haya sido debatido en el Parlamento.

¿Para qué queremos un Parlamento sino para sustanciar asuntos de tamaña magnitud? ¿No habrá ideas y proyectos en los otros bandos que los de éste hubieran podido aprovechar? ¿Si quienes gobiernan ahora no están mientras se sigan ejecutando los fondos sabrán los que lleguen de nuevas interpretar esa partitura? ¡Qué bien idolatramos y qué estúpidos somos! Como si irnos de cañas o elogiar la belleza y el porte de nuestros admirados pudiese salvarnos luego…

Leo nuestro plan y no encuentro nada que no deba estar: energía y sostenibilidad, revolución digital, ayudas directas para transformar sectores que no volverán a ser lo que fueron, nuevos recursos formativos para prepararnos ante el mundo que viene, anuncios de reformas, etc., pero me cuesta mucho creer que una sociedad tan poco dialogante, tan acostumbrada a las trincheras de los bandos, vaya a poder ejecutar una obra semejante.

A los 140.000 millones de la ventanilla extra de la UE hay que sumarle lo que vendrá del Marco Financiero Plurianual (unos 100.000 millones más para España) y los propios presupuestos generales del Estado. ¡Un dineral! ¿Y? ¿Vamos a ir con estos equipos? Sin hablarnos los unos con los otros, ocultándonos la luz y robándonos los pequeños triunfos para celebrar victorias paupérrimas con nuestro club de aduladores. ¿Vamos a dejar que nuestros hijos, nuestros nietos, habiéndose podido evitar una parte importante del peso de la losa, la asuman toda porque no quisimos entendernos, ceder, apostar por el otro?

No es momento de andarse por los extremos y no tenemos tiempo para hacer más tontadas. El tiempo del marketing se ha terminado, ha expirado de un plumazo (ya han caído los dos polos que agitaron el tablero de la inmovilidad) y toca hacer un plan de acción urgente que dé trabajo a nuestros jóvenes, que prevea de un modo claro y transparente cómo vamos a rebajar nuestro déficit y que inspire una nueva economía basada en otras materias primas, en otras tecnologías.

Sirva este plan, dicho de un modo directo, sin ambages ni resquicios ideológicos, para darnos una nueva educación colectiva que nos haga más conscientes y por ende, más exigentes con quienes nos gobiernan y toman decisiones por nosotros.

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