Economia

España vista por un inglés

Los expresidentes del Gobierno, José María Aznar (1996-2004), y Felipe González (1982-1996). EFE

TOM BURNS MARAÑÓN

El hispanista británico William Chislett echa de menos en la política española la búsqueda del entendimiento para resolver los problemas.

Debo a mi viejo amigo William Chislett, ensayista nacido en Oxford, Inglaterra, la siguiente reflexión: “¡Qué constructivo sería que la palabra compromise entrase en el vocabulario político español!”. Con ella Chislett, que lleva décadas afincado en España, remata su libro ‘Microhistoria de España, contada por un británico’, que acaba de publicar la editorial Espasa.

En este último capítulo, que titula “¿Quo vadis España?” el autor se queja de que “los sucesivos Gobiernos españoles han sido particularmente propensos a anular las reformas de sus predecesores”. Cúlpese a la ausencia de compromise, palabra inglesa que no tiene un equivalente exacto en español.

Lo que afirma Chislett es una constante en la extensa literatura anglosajona sobre España. No hay que confundir compromise con “compromiso” que es lo que los lingüistas llaman un “falso amigo”. La palabra inglesa significa un mutuo entendimiento inteligente que beneficia a las dos partes y es fruto de oportunas concesiones hechas por ambas. Compromise requiere una cultura ilustrada y es más que un acuerdo (agreement) y que un pacto (pact). A los forasteros estudiosos de este país y entusiastas de su paisanaje les desespera que antes o después todo intento de buscar denominadores comunes para asegurar el progreso en convivencia acaba en el habitual duelo a garrotazos.

A Chislett, que es un hispanista estudioso y entusiasta donde los haya, le exaspera el encontronazo fratricida en un país que cuenta con una democracia consolidada, “con sus defectos, como los de todos los países democráticos”, en la que impera el Estado de derecho. Es la reacción natural de tanto amante de este país venido de fuera que se guía por los principios del fair play y el common sense. Los españoles no se dan cuenta de que lo tienen y de que lo desperdician; desprecian cuanto ignoran.

A todos ellos les resulta obvio que los retos que ha de superar España requieren un cambio radical, tanto de mentalidad como de conducta, y que esta transformación empieza por el reconocimiento de los desafíos – el envejecimiento y la financiación de las pensiones, la incorporación creativa de la inmigración por ejemplo- que la clase política, inmersa en su fatigoso cruce de insultos, se empeña en ignorar. Chislett, que maneja estadísticas con gran soltura, los enumera. España está, en general, lejos de cumplir con las metas fijadas en la estrategia Europa 2020 de la Unión Europea sobre crecimiento sostenible.

Una etapa constructiva

La aportación más interesante de este ensayo a tanto de lo que ya se ha escrito sobre la España contemporánea es que se detiene en una etapa indiscutiblemente constructiva cuando compromise estuvo en boca de todos a pesar de no existir la palabra. Fue el periodo de la Transición que Chislett vivió muy de cerca y evaluó con la “mirada del otro” como joven corresponsal de Times de Londres. Es aquí donde su “Microhistoria” gana urgencia e interés.

En unas ochenta páginas (toda una hazaña de concisión) el autor resume lo ocurrido desde la llegada de los fenicios hasta el exilio de una de las dos Españas al finalizar la Guerra Civil y a continuación le dedica treinta y pico páginas al régimen franquista. El resto de su equilibrado ensayo, otras doscientas páginas, se centra en el desarrollo del pacto constitucional o, mejor dicho, en la truculenta historia de un acuerdo que prometió tanto, pero que al final no fue tal.

Datos que están objetivamente reunidos al margen. El valor de este libro es la claridad de exposición que mantiene Chislett a lo largo de cinco bloques: La Transición (1975-1982); La Era Socialista (1982-1996) ; El Regreso de la Derecha (1996-2004); Los Socialistas Contraatacan (2004-2011); Una Lucha contra la Crisis en Varios Frentes (2011-2019). Es un planteamiento sensato e impecable que recorre el tránsito desde la generosa y robusta concordia inicial a la malhumorada y catastrófica confrontación actual.

Fue al finalizar el tercer bloque e iniciarse el cuarto con la vuelta de la izquierda al poder, que los “nietos de la Guerra Civil” comenzaron a olvidar el valor del compromise que distinguió la generación de la Transición. El bipartidismo se desbarató, el consenso se vilipendió, se vitoreó la práctica de la exclusión y las nuevas formaciones insurgentes, en la izquierda y en la derecha, recuperaron el lenguaje de las barricadas y de las trincheras.

El compromise constituyente prometió y no defraudó porque con la Monarquía parlamentaria se produjo sin traumas la alternancia en el poder. El Partido Socialista supo perder y el Partido Popular supo ganar. El primero, centrado en la modernización de España, había mostrado moderación y coherencia a lo largo de cuatro legislaturas, y el segundo continuó durante las dos siguientes perfeccionando políticas de atinado reformismo.

Pero una nueva generación socialista contraatacó, levanto el estandarte del rupturismo y asfixió aquel entendimiento. Luego vendrían las crisis. Cuando se produjo de nuevo la alternancia, el país estaba polarizado y arruinado.

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