Economia

Es el momento de la austeridad

María Jesús Montero y Pedro Azpiazu, tras la firma de acuerdos entre el Estado y el País Vasco el pasado mes de marzo. EFE

Cuando los políticos españoles mencionan la austeridad están pensando en una dolorosa decisión de política económica que consiste en recortar derechos económicos y sociales. Es un último recurso al que se acude cuando la caja está vacía o, mejor dicho -la caja siempre está vacía- cuando la quiebra amenaza o los hombres de negro llaman a la puerta para intervenir la economía.

Hay otras maneras de entender la austeridad. En Alemania, Holanda o los países escandinavos, la austeridad es una propiedad básica de su sistema de seguridad social. Allí, los derechos sociales y las prestaciones económicas no se consideran dádivas del Estado o de un Gobierno, sino el resultado del ahorro para garantizar la educación de los hijos, la sanidad, el paro o la jubilación y un esfuerzo colectivo para compensar los desequilibrios y la desigualdad a la que tiende la economía de mercado.

Todo proviene del ahorro. No se concibe recurrir a la deuda para cubrir las prestaciones de seguridad social. El sistema se nutre de la austeridad que alemanes u holandeses llevan en su forma de ser y su modo de vida. Nuestros políticos la conciben como un último recurso. En el norte de Europa es un rasgo característico de las personas e instituciones inoculado desde la tierna infancia por medio de la educación.

A pesar de la incomprensión, una vez más, esos países han torcido su brazo aprobando planes multimillonarios para solucionar nuestros problemas y han aceptado levantar las restricciones en el gasto y el déficit públicos para aliviar los efectos de la pandemia. En vez de presumir de haberles derrotado, debemos agradecerles que no hayan roto la baraja. Eso es algo que siempre ha estado y permanece en su mano; no en la nuestra. Con frecuencia, se arguye que nadie puede dejar que su mercado acabe en la ruina, pero tiene más de excusa que de argumento.

Debe dolerles oír a Sánchez e Iglesias, los dos presidentes del Gobierno de España, presumir, cual pavos reales, de haber doblegado su resistencia. Y supongo que se pondrán furiosos y jurarán venganza cuando les llegue la reacción de Pedro Azpiazu, consejero de Economía y Hacienda del Gobierno Vasco, a la decisión de la ministra Montero, la mayor, de levantar las restricciones de gasto a las comunidades autónomas y ayuntamientos.

“Es un hito histórico”, anuncia un Azpiazu eufórico. El pacto de estabilidad (1997) se firmó para asegurar la disciplina fiscal de los países del euro, que fue considerada un requisito imprescindible para la estabilidad de la moneda común. Calificar como histórica esta suspensión temporal revela poca perspectiva por parte del consejero, su incomprensión del sentido de la medida y de la necesidad de extremar la responsabilidad en los presupuestos públicos para no poner en peligro el euro. De hecho, añadió en el Parlamento Vasco que, para compensar la caída cercana al 20% de la recaudación fiscal, recurrirá al déficit y a la deuda que sean necesarios. Ese cántico celestial para el lehendakari Urkullu, su gobierno y sus aliados, tuvo su colofón con una sentencia proverbial: “No es el momento de la austeridad”. ¡Ovación y vuelta al ruedo!

La pandemia ha alterado tanto los gastos públicos como los ingresos, ha descabalgado el crecimiento económico, va a dejar sonados a muchos agentes económicos -palabras que esconden a personas y empresas- y está provocando el cierre de muchas actividades económicas, con la consiguiente pérdida de puestos de trabajo. La lógica dice que los límites del Pacto, acordados para unas circunstancias, deben modificarse cuando cambian.

Pero quitar los límites no implica cambiar de actitud frente a los presupuestos. Parece que el consejero entiende que la UE ha dado caño libre al gasto. ¡No es eso! La UE pretende que se gaste lo necesario -ni un euro más- para tapar los rotos de la pandemia. Ni por asomo es una invitación a la prodigalidad en los presupuestos. A los europeos que no son como nosotros no se les pasa por la cabeza aprovechar la coyuntura para gastar como manirrotos. No renuncian al objetivo de gastar y endeudarse lo menos posible, a que su déficit público se acerque lo más posible al superávit y a reducir al máximo los gastos no imprescindibles. Para reactivar la economía -que es otro cantar- han aprobado esos fondos cuantiosos y generosos a los que cada país podrá acceder presentando planes que satisfagan las orientaciones y normas que, una vez más, se han dado a si mismos.

Hasta ahora, el Gobierno Vasco destacaba entre las instituciones austeras. Es decir, con su deuda y su déficit dentro de los límites acordados sus resultados están por encima de la media en términos de cantidad y calidad de los derechos sociales, prestaciones económicas y compensación de la desigualdad. Sería lamentable que, en el momento más crítico, cuando más falta hace, renuncie a la austeridad aprovechando que el Gobierno de Sánchez e Iglesias necesite sus votos.

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