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Así será la nueva era de la inflación que predominará durante los próximos años, según los expertos

  • Oxford: “Hay un desajuste entre las ambiciones climáticas y la realidad”
  • ING: “La regionalización de las cadenas de suministro incrementará los costes”
  • La escasez de ciertos inputs podría deberse a un cambio estructural de la demanda

La resurrección de la inflación este 2021 podría ser el comienzo de una nueva era para la evolución de los precios. Más allá del ruido que están generando las elevadas tasas de variación interanuales del IPC estos meses, en gran parte por factores transitorios, los países desarrollados podrían estar dando inicio a un cambio de era que dé a luz a una inflación estructural más alta que la de los últimos años.

La transición energética, el giro hacia unas cadenas de suministro más resilientes y más cercanas al consumidor final, un trasporte por mar estructuralmente más caro o la transición demográfica tienen el potencial para presionar al alza de forma sostenida a la inflación.

¿Qué está pasando ahora? Hasta esta parte de 2021 se ha podido ver un fuerte auge de los precios, que además no ha tocado techo según se desprende de los índices de precios al productor y de las encuestas a los diferentes sectores de la economía. La banca central lleva meses pregonando un discurso que es cada vez más cuestionado: esta inflación es transitoria y en 2022 el problema volverá a ser la dificultad para alcanzar ese 2%, como venía ocurriendo en los últimos años.

Durante meses el consenso del mercado también ha sido que la inflación sería un fenómeno temporal. Ahora, poco a poco se va a estableciendo una nueva narrativa que habla de una posible reestructuración o una nueva era para la inflación. No se prevé una inflación con tasas interanuales constantemente por encima del 5% (último dato de EEUU), pero sí variaciones que podrían encontrarse entre el 2 y el 4%.

¿Qué puede impulsar la inflación?

¿Qué factores tienen potencial para generar unos precios estructuralmente más altos? Unos cuellos de botella que pueden durar mucho más de lo esperado, la transición energética (encarecerá la electricidad, la gasolina… durante un tiempo), la escasez cada vez más acuciante de algunos perfiles de trabajadores (presionará al alza los salarios en esas ramas de actividad), un proceso de cierta desglobalización o una mayor regulación y control de las cadenas alimentarias pueden presionar al alza los precios de forma duradera.

Esta es una serie de factores nada desdeñable que presentan el potencial suficiente para que la inflación entre en una nueva era en la que los precios se sitúen en un nivel más elevado de forma estructural. Ben May, economista de la firma Oxford Economics, explica en una nota que incluso “un cambio a un nuevo régimen con una inflación mucho más alta y más volátil es una posibilidad que no puede ignorarse… Pero en nuestra opinión, si la pandemia desencadena efectos duraderos en el proceso de generación de inflación, un resultado más plausible es una nueva era de inflación algo más alta (que la de la última década) dentro del actual régimen de metas de inflación de los bancos centrales”. La propia banca central está cambiando su estrategia para dar mayor flexibilidad.

El equipo de investigación de ING señala en un informe reciente que muchos de los factores que han presionado a la baja la inflación (globalización, demografía, competencia, China…) en la última década podrían empezar a desvanecerse, aunque otros se mantienen en pie (digitalización).

Los economistas del banco holandés creen que en el largo plazo “la desglobalización, el proteccionismo y la regionalización de las cadenas de suministro podrían hacer subir los niveles de precios”. La vuelta de los centros de producción a los países avanzados supondría un auge de los costes de producción, mientras que el proteccionismos vendrá aparejado también de mayores costes (aranceles) y de pérdidas de eficiencia.

La transición energética

Otro factor que puede modificar el comportamiento de los precios es la transición energética. Hasta ahora, apuesta por las energías verdes y la ‘criminalización’ de las fósiles (petróleo, gas…) está retrasando el ciclo de inversión de las petroleras, generando un desajuste entre oferta y demanda que está conduciendo al petróleo a máximos de los últimos años. Pero este movimiento va más allá.

Stephen Foreman y Kiki Sondh, economistas de Oxford Economics, aseguran en una nota que aunque el vínculo histórico entre los precios de las materias primas y la inflación ha disminuido en las últimas décadas, “el impulso para descarbonizar la economía es un factor que podría explicar por qué el repunte de la inflación actual no será transitorio, ante un desajuste entre las ambiciones climáticas y la disponibilidad de ciertos materias clave para esta transición”.

Estos expertos creen que algunos minerales como el cobre, níquel, litio, estaño y cobalto, así como los combustibles fósiles como el petróleo pueden generar una mayor inflación. En el caso del cobre, es probable que el aumento de la demanda de vehículos eléctricos y la expansión de la capacidad de energía renovable aumenten significativamente la demanda. En el sector del automóvil, los vehículos eléctricos requieren al menos tres veces más cobre que los vehículos tradicionales. Este papel creciente ha llevado a algunos a señalar que el cobre será para el siglo XXI lo que fue el petróleo para el XX.

El impulso para descarbonizar también ha afectado a la inversión en combustibles fósiles porque las empresas están bajo presión y están manteniendo las inversiones en combustibles fósiles bajo control. Además, con un mercado potencialmente en contracción, la expansión en este sector puede parecer menos atractiva. Sin embargo, si las fuentes de energía verde no pueden satisfacer la demanda de energía, la producción futura de combustibles fósiles como el petróleo podría no cubrir la demanda, aumentando el riesgo de subida del precio del petróleo e impulso de las presiones inflacionarias a medio plazo”, reconocen los expertos de Oxford Economics. Aunque casi todo el mundo está convencido de que es necesario acabar con el uso masivo del petróleo, también casi todo el mundo usa hoy el petróleo para moverse.

Cambios estructurales

De esta forma, muchos de los cuellos de botellas que hoy parecen puntuales y transitorios podrían estar escondiendo tendencias estructurales. Varios investigadores de la Fed de Dallas han publicado una nota este mes de julio en la que señalan que la escasez, por ejemplo, de chips semiconductores y una amplia gama de materias primas podría deberse no solo a la reapertura de la economía global.

“Muchos de nuestros ‘informantes’ esperan que esta escasez se vea agravada por una demanda sustancial de chips para los paneles solares, la electrificación del parque de automóviles y el aumento de la producción de bienes de consumo energéticamente eficientes relacionados con la transición en curso hacia energías más limpias”, sostiene el informe de la Fed de Dallas.

Además, estos expertos no creen que la holgura (capacidad excedente de trabajadores) del mercado laboral frene esta vez las presiones inflacionarias como sucedió después de la Gran Recesión de 2007. “A pesar de la elevada tasa de desempleo y el bajo nivel de empleo en relación con febrero de 2020, una amplia gama de indicadores del mercado laboral sugieren que las condiciones de mercado de trabajo están ajustadas y habrá un fuerte crecimiento de los salarios. De acuerdo con este argumento, nuestros contactos creen que los desequilibrios entre la oferta y la demanda de trabajo se traducirán en aumentos de precios en una variedad de bienes y servicios. Los aumentos de precios impulsados por estas fuerzas tienden a ser persistentes”, sentencian los investigadores de la Fed de Dallas.

También se está viendo una tendencia o un sesgo del consumidor que ahora pone el foco en artículos más caros (calidad, comida sana, ropa sostenible…) en detrimento de artículos relativamente más baratos, lo que a su vez eleva esos precios.

Los bancos centrales están flexibilizando sus objetivos de inflación con el objetivo de permitir que los precios rebasen (o se queden cortos) el 2% durante un tiempo, poniendo el foco más en la tendencia de largo plazo. Tras años de una inflación relativamente baja, la banca central podría permitir que el IPC rebase el 2% durante un tiempo, lo que a su vez aliviaría la carga de la deuda que acumulan los países.

Nouriel Roubini, profesor de Finanzas de la Universidad de Nueva York, aseguraba en una columa publicada en Project Syndicate hace unos días que “las mismas políticas flexibles (fiscales y monetarias) que están alimentando las burbujas de activos seguirán impulsando la inflación de los precios al consumidor… junto a unos shocks por el lado de la oferta que podrían derivarse del proteccionismo; envejecimiento demográfico en economías avanzadas y emergentes; restricciones a la inmigración en economías avanzadas; la reubicación de la industria en regiones con unos mayores costes laborales; o la balcanización de las cadenas de suministro globales”.

La escasez de perfiles digitales con una formación técnica (matemáticas, computación…) o incluso de perfiles más generales (a medida que la generación del baby boom se jubila) puede crear nuevos cuellos de botella. Si este tipo de capital humano escasea, las empresas estarán dispuestas a pagar más por estos trabajadores (mayores salarios), lo que supondrá otro incremento de los costes de producción que se traducirá en precios mayores.

Por último, otros factores que también pueden tener su impacto están relacionados con las regulaciones medioambientales y de mejoras en la cría de animales. Por ejemplo, Bruselas pretende prohibir la cría de animales en jaulas dentro de la Unión Europea a partir de 2023. Esta decisión que va sin duda en la buena dirección encarecerá el coste de cría de estos animales, lo que tendrá un impacto en el precio final de la carne (salvo que se sustituya la carne europea por importaciones de países donde sí sea legal la cría de animales masiva en jaulas).

Frente a todo esto está el crecimiento de la productividad y la digitalización (ambas muy ligadas) de la economía, dos fuerzas desinflacionarias que hasta la fecha han sido dominantes. Sin embargo, la escasez de los perfiles más demandados en estos sectores (tecnología, chips, energías renovables…) junto a una población activa que comenzará a menguar a medida que se retire la generación del baby boom, puede contrarrestar a estas dos fuerzas.

“Por tanto, nuestro escenario base para los próximos cinco años puede caracterizarse como el inicio de una tercera era en la inflación que se encuentra esencialmente a medio camino entre las dos épocas anteriores. Por lo general, se espera que la inflación sea más alta que en la era posterior a la crisis financiera de 2007, pero se mantendrá un poco más baja que la observada desde mediados de la década de 1990 hasta 2008″, culminan los expertos de Oxford Economics.

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