Deporte

Luis Enrique puede ser cabezón, pero no tonto

El seleccionador va dando retoques que mejoran a una España en formación

Luis Enrique tiene un punto de terquedad indudable (punto sin el que no se puede hacer nada en la vida) pero no es tonto, ni frívolo, ni es completamente inflexible. Está creando algo. Todos sus cambios han tenido efectos positivos y el retorno de Busquets le da la razón.

Primero fue Gerard Moreno, cuya sociedad con Morata está confirmada, y contra Eslovaquia llegaron más novedades: Azpilicueta asentó la defensa, la lidera desde el lateral; Sarabia, que es una opción muy personal, hace distinta la delantera. Su ‘pierna cambiada’ le acerca al gol de un modo más directo y funciona como mitad delantero, mitad mediapunta. España sustituye los extremos por dos delanteros pensantes con calidad para el centro y la diagonal. Esto cambia la textura del ataque (perdón por escribir textura).

También Eric García modifica en algo la defensa. Hizo más fluida la salida, más definida y concreta, sobre todo porque su tenso toque conectó con Busquets, el cambio mayor en España. El equipo de Luis Enrique tiene, por fin, ordenador a bordo. Ordenó todo con su sola presencia, media y defensa, cielo y estrellas, las cosas empezaron a orbitar correctamente y, sobre todo, encontró un ritmo nuevo, swingueante y experto, que proyectó el centro del campo: a Pedri, que por fin fue penetrante, claro, arriesgado en pases muy sutiles, y sobre todo a Koke, dominador, pletórico, devorador de espacios y muy correcto en un punto exacto del interior que dinamizaba el juego. Pero la importancia de Koke fue aún mayor. Es el continuador correcto de la circulación, con primeros toques muy disciplinados, y es, a la vez, el alma de la presión, el envés, la otra cara del equipo. Cuando España empieza a defender cambia el sistema. El 4-3-3 se hace 4-2-3-1 con Pedri junto a Busquets ayudando a Alba, y Koke tras Morata, presionando con una avidez y un canibalismo del que pronto se quejará alguna sensibilidad minoritaria. Si Koke parece en ataque una proyección de Busquets, luego Koke proyecta a Morata, que empieza a presionar como si el colchonero lo accionara con un mando o una descarga eléctrica. Lo azuza. Morata es el primer presionante, y un mártir del desmarque, no hay que juzgarle como nueve, o no en primer lugar. Su principal papel no es el gol, por extraño que suene esto.

La presión española es el jugador número 12. Es una presión muy moderna porque se hace de manera inmediata, nada más sacar el rival. Es el ‘gegenpressing’ asturiano. Por eso Morata es importante. Entre jugada y jugada no hay tiempo para dudar ni jadear. La presión renace con cada saque con mentalidad ‘moratesca’, con moral alcoyana de Sísifo (el fútbol de ahora). Es así, España está presionando por momentos muy bien. Los jugadores obedecen como autómatas las órdenes del entrenador y los resultados se ven. Por la presión llegó el penalti, que paró Dubravka, y el 1-0, que también fue obra de Dubravka.

La disciplina entusiasta de los jóvenes de Luis Enrique se asentó esta vez sobre un hallazgo que parece también definitivo: el triángulo Azpilicueta, Busquets, Koke es la base de experiencia y solidez que España necesitaba para crecer. Ya ha encontrado eso, igual que dio con la sociedad Gerard-Morata.

Pero hay más cosas. El cauce inicial de la jugada, mejorado con Eric García y con Busquets, garantiza un juego de posesión más rápida. Esto se vio en el gol de Torres, una larga jugada colectiva en la que Busquets iba subiendo el equipo acompasadamente. Tener la pelota por tenerla es malo, pero saber tenerla es una virtud. España puede, y además tiene otra cara en la presión, una segunda alma. Esas dos cosas tienen que producir algo. En la segunda parte ya disfrutó con el público, entre olés y carreras de Adama.

El éxito, sin embargo, es relativo. Eslovaquia es floja y a España le conviene ir de pobre. La fase de grupos sirve para que caigan 8 de 24 equipos (los equipos con seleccionadores con chaleco) aunque también ha servido para que España se vaya formando.

Luis Enrique tenía razón también en que el gol se descorcharía como el champán. Pero no hay que bebérselo, que nos conocemos. Hay que ponerlo a enfriar.

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