Cultura

Sergio del Molino: «El nacionalismo de izquierdas no existe»

El escritor publica ‘Contra la España vacía’ (Alfaguara), un ensayo en el que reivindica la democracia constitucional y carga contra quienes quieren dinamitarla aludiendo al pasado franquista

En 2016, Sergio del Molino (Madrid, 1979) publicó ‘La España vacía’ (Turner), un ensayo híbrido –como toda su obra– que tuvo un éxito sin precedentes. De repente, el concepto empezó a aparecer en debates y discursos políticos, en la televisión, y el problema de la despoblación se convirtió en un mantra. Lo que no se popularizó tanto fue su mensaje de fondo: que esos lugares abandonados que atravesaban todo el país, y que concernían a millones de españoles, ofrecían una oportunidad para tejer una red de afectos con la que sentirnos identificados como comunidad política. Como patria.

De aquello ha pasado mucho –una pandemia, un referéndum ilegal, un juicio y dos elecciones generales, nada menos–, y ahora el autor

ha decidido volver a escribir sobre la identidad nacional, pero de forma más directa. En ‘Contra la España vacía’ (Alfaguara), Del Molino reivindica la democracia constitucional, y carga contra quienes quieren dinamitarla aludiendo al pasado franquista. También apuesta por buscar nuevos símbolos para unir a los ciudadanos, pues un país, dice, no se construye solo con pasaportes e impuestos.

—Este libro también podría haberse titulado ‘A favor de la España democrática’…

—Podría ser perfectamente. El libro tiene algo de alegato a favor de la democracia en un momento en el que la democracia liberal, no solo en España sino en todo el mundo occidental, está sufriendo una crisis de legitimidad muy parecida a la que sufrió en el periodo de entreguerras. La cantidad de gente y de movimientos políticos que cuestionan los fundamentos elementales de la democracia liberal nos lleva a una situación de crisis muy parecida. Lo que pasa es que no tenemos un Hitler, un Stalin, ni siquiera tenemos una sociedad tan precaria como la de los años treinta. Pero la crisis está ahí, y creo que es necesario que mostremos esa preocupación.

—Le cito: «Construir una comunidad como la española lleva varias generaciones. Deshacerla y degradarla hasta hacer miserable la vida de la mayoría solo requiere de quince años». ¿Hay un plan para acabar con la unidad de España?

—Claro, todo es provocado, todo son movimientos políticos. Hay gente que provoca cosas, unos por acción y otros por omisión. En España la ruptura, que todavía no hemos vivido, es fruto fundamentalmente de la presión insistente y del movimiento continuado de construcción nacional del nacionalismo catalán y también del vasco. Es un proceso de erosión consciente y premeditado de demolición de esta comunidad política con ayuda de una parte de la sociedad que no ve con malos ojos que esa comunidad se deshaga, porque la percibe con profunda antipatía, como un residuo franquista.

—El hecho de percibir España como un residuo franquista es como si el patriotismo francés se asociara a Napoleón, ¿no?

—Es que el nacionalismo francés se puede asociar a Napoleón. Mucha gente se lo plantea, de hecho. No es un rasgo solo nuestro, todos los países tenemos traumas con el pasado reciente. Y la discusión que ha habido sobre Vichy en Francia y las discusiones que todavía hay en Alemania… No hay países normales, todos tienen una relación perversa con su pasado, porque el pasado de todos tiene elementos muy oscuros que ensombrecen buena parte del presente. Y el franquismo es indudable que ha sido una pesadilla histórica de la cual todavía vienen ecos. El problema es que se usan esos traumas del pasado para refutar la democracia actual, y para decir que es traicionera. No, cada sociedad y cada generación se enfrenta a sus retos de una forma más o menos honesta. No podemos deducir que como existió una dictadura la democracia actual no es democrática o no nos sirve. Eso es absurdo. Vivimos en una democracia donde se pueden debatir estas cosas. El hecho mismo de que se debatan estas cosas es un argumento a favor de que existe una democracia plena.

—«El mito de la España plural no resiste una serie de viajes por todo el país», sentencia en el ensayo. ¿Conocemos tan poco España?

—La gente conoce poco el país, y es normal. Pero los que hemos viajado mucho y conocemos muy bien todas las ciudades las vemos iguales. Y esto es una evidencia que salta a cualquiera que recorra un poco el país, pero es una evidencia contraintuitiva, porque lo que nos dicen y nos enseñan desde el colegio es que España es una nación de naciones, que es diversa, que no podemos entender lo que pasa al otro lado, que no nos podemos meter en los asuntos del vecino, porque si no eres catalán no puedes opinar de Cataluña. No es verdad. Nos entendemos perfectamente. Reto a cualquiera a que en quince minutos entienda la realidad social de cualquier ciudad de España. Es muy fácil. Son todas iguales, más o menos. Vivimos en un país muy homogéneo, donde hablamos de lo mismo, donde nos preocupa lo mismo y donde todo el mundo es del Madrid o el Barça. Lo raro es ser de otro equipo.

—¿Por qué, entonces, no tenemos unos símbolos nacionales con los que identificarnos por encima de ideologías?

—Porque se han negado a hacer eso. Nos hemos negado. Ha habido un vacío que no es solo del progresismo: los conservadores tampoco han querido entrar en ese debate para no ser manchados de franquismo. Ha habido un rechazo tan visceral, y tan natural, por la forma en la que el franquismo patrimonializó todos los símbolos y toda la ideología nacional, que estos se han vuelto imposibles de reciclar. Cualquiera que los reivindique se mancha de franquismo. Y esto lo han aprovechado muy bien tanto los nacionalismos como las nuevas élites creadas a la luz del estado de las autonomías.

—En este sentido, ¿el fracaso de la izquierda ha sido colaborar con los nacionalismos?

—Esa es una de las rarezas de la izquierda española. Es una cosa que no se entiende. Para mí no hay un nacionalismo de izquierdas, no existe. El nacionalismo, en tanto que reivindica un proyecto étnico y lingüístico, es tradicionalista. Por mucho que se vista de civismo y de aperturismo y de modernidad, hay un esencialismo que va contra la línea de flotación de lo que es la izquierda y el progresismo… Es una rareza que viene de la lucha antifranquista, donde esa alianza era natural porque los dos eran opositores al régimen, pero una vez alcanzada la democracia esa alianza tenía que haberse roto. No tiene ningún sentido que vayan juntos a ningún lado.

—Por cierto, en el texto arremete en varias ocasiones contra los que no paran de invocar el franquismo en nuestros días. ¿Por qué Franco está tan vivo?

—En España se ha usado el franquismo como un comodín explicativo muy perezoso y como una forma de señalar adversarios molestos. Como una forma de expulsarlos del debate, de señalar herejes. Es hasta cínico en quien usa esto de una forma consciente, sabiendo que es un recurso retórico, y que no estamos hablando de un país donde haya franquistas o antifranquistas. Ni siquiera Vox es un partido franquista, es un partido de aquí y ahora. Es un partido de extrema derecha, pero de la extrema derecha de hoy. Hay mucho terreno histórico entre el franquismo y Vox.

—Frente a la España de los particularismos, ¿hay espacio para un relato común?

—Hay espacio, pero necesita una reflexión política previa muy intensa que no sé si ahora mismo se puede dar. Estamos en un momento de polarización y fragmentación tan grande, y en un momento de urgencia de todos los partidos que intentan luchar principalmente por su propia supervivencia, que es prácticamente impensable que nos juntemos con la serenidad que requiere pensar esas cosas entre todos los demócratas.

—¿Por qué no se ha hecho antes esta reflexión? ¿Por pereza? ¿Por cobardía?

—Porque no se percibía como un problema. Porque somos hijos de la razón, de la ilustración, y nos creíamos que con el contrato social y con un barniz de patriotismo constitucional nos bastaba. Y que eso era suficiente para articular una comunidad. Y que eso de las banderas y las naciones eran cosas del pasado que no iban con nosotros, que no éramos tan ridículos como nuestros bisabuelos. Hemos descubierto demasiado tarde que esto no es así. Que hay un componente emocional en la política que hemos dejado de lado, y para cuando nos hemos dado cuenta ya era tarde. En el momento en el que el nacionalismo ha triunfado nos hemos visto totalmente indefensos y desarmados.

—En la literatura, en cambio, sí parece haber florecido esta reflexión en los últimos años.

—Se ha inaugurado una línea de pensamiento, de verborragia, de cierta obsesión sobre España que yo creo que tiene que ver con esa preocupación, con la conciencia aguda de que la comunidad se está resquebrajando. Si no existía esto antes es porque la generación anterior daba por hecho el país. Era un país próspero, europeo, que llevaba flamencos a Japón. No había razón para preocuparse por una posible quiebra. En el momento que lo vemos frágil y que vemos que este mundo en el que vivimos se puede venir abajo pensamos en ello. Pasa con los matrimonios: uno no reevalúa su relación de pareja si es feliz y le va bien. Va a terapia cuando está todo jodido [ríe].

—¿Un país necesita banderas siempre?

—Necesita banderas o su equivalente. Lo que necesita un país es un entramado de rituales y de símbolos que permitan identificar a todos los miembros de una comunidad política de una forma sentimental. No vale solo la declaración de Hacienda o la condición administrativa del pasaporte: necesitamos algo más. Y todavía no hemos descubierto qué. Las banderas desde luego ya no sirven, son una cosa del siglo XIX que ya no nos creemos nadie.

—¿Qué símbolo sería el óptimo para España?

—No tengo ni idea. Yo propuse en 2016 que esa conciencia de millones de españoles de estar muy vinculados a un lugar abandonado era una forma de establecer un diálogo y una red de afectos. Pero para que eso sucediera era necesario que no hubiera un nacionalismo agresivo que patrimonializase de forma populista ese sentimiento. Entonces no existía Vox, ahora eso no tiene ningún sentido. Pero hay que buscar una forma de buscar ese vínculo emocional.

—Ante las exageraciones retóricas de cierta política, propone narrar bien el dolor. ¿Por qué?

—Vivimos en una sociedad muy anestesiada donde hay una pulsión a ser considerados víctimas de dolores imaginarios. Prestamos demasiada atención a dolores que no son tales, y pasan desapercibidos los dolores devastadores. El hecho de señalar un dolor inapelable, al que nadie le puede poner un reproche, es un buen camino para señalar la impostura del victimismo generalizado. Y para empezar a discriminar lo importante de lo accesorio. Si un señor de Pedralbes se considera igual de agredido que un negro de Alabama al que le ha dado una paliza el Ku Klux Klan y le han quemado en una cruz… Si consideras que el IRPF que te aplican es equivalente a una paliza del Ku Klux Klan no podemos entendernos. Vamos a calmarnos. Vamos a calibrar. Vamos a jerarquizar los agravios.

—¿Dónde cree que estará España en diez años?

—Todavía tienen que suceder algunas cosas que pueden decantar el país hacia un lado o al otro. Vamos a ver qué pasa después de los indultos, cómo se reactiva el discurso secesionista. Ahora mismo la situación está enquistada, en el mismo lugar que octubre de 2017. No descarto ver una Cataluña independiente, y que eso afecte profundamente al resto de España. No lo descarto. Pero tampoco descarto que se apacigüe, que se calme,que aparezcan líderes capaces de amalgamar España. Lo que no concibo dentro de diez o quince años es que estemos como ahora. Esta situación va a estallar para un lado o para otra. Esta tensión constante no la puede aguantar ninguna sociedad mucho tiempo.

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