Cultura

Pérez Villalta: «No doné mis obras al CAAC de Sevilla para que las metieran en un almacén»

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Natividad PulidoABC

La Sala Alcalá 31 de Madrid dedica una gran retrospectiva al artista gaditano, «El arte como laberinto»

Poco antes de que estallara la pandemia comenzó a gestarse este proyecto. Había incertidumbre por saber si finalmente podría llevarse a cabo. Por eso, el miércoles, cuando Guillermo Pérez Villalta vio que el montaje había acabado y que iba a poder inaugurarse la exposición, pudo respirar tranquilo: «Tengo una gran satisfacción. Es la exposición más bonita que he hecho nunca». Autodidacta, hay pocos palos que no haya tocado en su carrera este artista, al que le gusta definirse más como artífice: pintura, escultura, dibujo, grabado, diseño, escenografía… La arquitectura ha sido una de las muchas obsesiones del creador gaditano (Tarifa, 1948), al que hay pocas cosas que no le interesen. De ahí que le gustara especialmente que esta muestra

tenga lugar, hasta el 25 de abril, en la céntrica Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid, un edificio de Antonio Palacios, el gran arquitecto de Madrid, que le ha venido como anillo al dedo a la obra de Pérez Villalta. «Desde el principio he estado muy a gusto en este espacio», advierte. Lo primero que hizo fue pedir los planos del edificio. «Curiosamente, dice, este espacio está hecho exactamente con la misma división armónica que como yo trabajo mis cuadros».

El montaje de la muestra semeja una basílica
El montaje de la muestra semeja una basílica – SALA ALCALÁ 31/GUILLERMO GUMIEL

Planteada como una retrospectiva (no al uso) de sus más de cinco décadas de trabajo y comisariada por Óscar Alonso Molina, está concebida como un juego de laberintos. El recorrido comienza, precisamente, con un autorretrato dentro de un laberinto. El centenar de piezas expuestas -todas muy emblemáticas de su carrera, desde los años 70 hasta piezas recientes inéditas-, cedidas por destacadas instituciones y colecciones privadas, se basan en la idea del laberinto. Y, para rizar el rizo, están dispuestas en una estructura laberíntica, con espacios intrincados, complejos, creada en la planta ideada por Palacios. El espacio, aparte de laberíntico, es también místico, espiritual: evoca una basílica, con un templete bramantino en la nave central y una especie de icono bizantino en lo alto (‘Faz’, de 1995), con dos naves laterales y pequeñas capillas donde lucen espléndidas las piezas. Le interesa mucho la arquitectura actual: «Está haciendo cosas sorprendentemente bellas. Me gustan los japoneses Sou Fujimoto, Tadao Ando… La arquitectura y cierto diseño están en un buen momento. Eso sí, algunos arquitectos estrella ‘me revientan’». No da nombres.

¿Por qué esa obsesión por los laberintos? «Así funciona mi cabeza. No tengo un pensamiento lineal: una cosa me lleva a otra y esta a otra… No he seguido nunca una trayectoria recta». Algunos lo llaman ‘eclecticismo’, aunque a él no le gusta esa palabra, porque tiene connotaciones peyorativas. Alejado de modas y enemigo de etiquetas y encasillamientos («es terrible»), su trabajo bebe de muchísimas fuentes: desde el Barroco y el Manierismo, hasta el pop y la metafísica, pasando por el kitsch, la psicodelia y la imaginería popular, Duchamp, Dalí o Walt Disney. Siempre ha andado en buena compañía: le interesan Barnett Newman, Oteiza y Gio Ponti, pero también Bramante, Palladio, Antonello da Messina, Giotto, Pontormo, Bronzino, Miguel Ángel, Rafael, Poussin, Chardin… «Son artistas a los que estoy mirando continuamente. Siempre estoy mirando cosas. Me considero un amante del arte antes que un artista. Me llena cualquier arte». Curioso impenitente, aboga por «no poner vallas a la imaginación. El mundo es muy interesante».

Obras de Pérez Villalta en la exposición
Obras de Pérez Villalta en la exposición – SALA ALCALÁ 31/GUILLERMO GUMIEL

¿Cómo vivió el confinamiento? ¿Le visitaron las musas o andaban de cuarentena? «Hay aquí en la exposición un cuadro muy significativo para mí, que además me gusta mucho. Se llama ‘La excavación’. He pasado todo el confinamiento en Tarifa, solo, con una sensación de soledad muy grande. Me dediqué de lleno a ese cuadro. Es más oscuro de lo habitual en mí, reflejo de esa sensación de soledad. Pero, como no tenía otra cosa que hacer, ha sido una época de mucho trabajo». Pérez Villalta no quería acabar como Goya, retratando el dolor, el terror, el miedo… «La mía ha sido una lucha constante para no caer en las partes oscuras». Buscador incansable de la belleza y el placer, cree que lo que nunca tiene que ser el arte es aburrido. «El arte te tiene que elevar. Creo que es como una endorfina de la vida», dice. La belleza, añade, «se puede hallar en cualquier sitio, hasta en un bazar chino». A Pérez Villalta le tachan, despectivamente, de ‘artista kitsch’. «No me molesta. Lo que me molesta es la gente que cree que el kitsch es feo, de mal gusto. También puede ser bello».

Cuando le pedimos que eche la vista atrás a sus cinco décadas de carrera, advierte que son más: “Mi primera obra la hice a los 15 o 16 años». Tiene 72. El año pasado publicó «Espejo de la memoria», una autobiografía. ¿Por qué esa necesidad de desnudar su alma? «Tardé mucho tiempo en escribirlo, unos ocho años. Lo hice porque voy perdiendo la memoria. Me dije: ‘Antes de que se me vaya del todo, voy a escribirlo’. Me di cuenta de que tengo mucha más memoria de la infancia; a partir de los años 90 la cosa empieza a ser más confusa». ¿Y qué balance hace de su vida y de su carrera? «Saco una cosa en claro. En este momento, que físicamente estoy un poco más estropeado, vivo una época muy clara mentalmente. Es algo muy parecido a la felicidad. Tengo esa sensación desde hace varios años y me resulta muy plena. Al recorrer esta exposición, he pensado: ‘Hay que ver la cantidad de cosas que he pintado y tan complicadas’».

Obras de Pérez Villalta en la exposición
Obras de Pérez Villalta en la exposición – SALA ALCALÁ 31//GUILLERMO GUMIEL

En 2013 donó un millar de obras (pinturas, acuarelas y dibujos) al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) de Sevilla. Algunas están presentes en la muestra. ¿No se planteó crear una fundación o un museo? «Pues el problema es que no soy rico. Pero no se crea que ha salido muy bien esa donación». ¿Qué ha pasado? «Tengo muchas tensiones. Doné las obras bajo unas condiciones, que no se han respetado. Yo tenía muchas obras en mi casa, que me gustaba verlas, y ahora están en los almacenes. No las doné para que las metieran en un almacén». ¿Se ha arrepentido? «En cierto modo, sí. Tendría que haber sido de otra manera». ¿Cuesta mucho a los artistas ser ricos en España? Pérez Villalta ha vendido mucha obra y está bien cotizado. «Depende, si te dedicas de manera comercial, te puedes hacer rico. Pero necesitas entrar en una especie de tinglado económico que a mí no me interesaba lo más mínimo», comenta.

Dice Pérez Villalta que «cuando el poder dirige el arte es terrible. El poder ha utilizado cualquier cosa para su exaltación. Para mí ha sido siempre negativo, incluso a veces terriblemente negativo, porque desprecia el arte de una manera absoluta. Y no hablo solo de poder político, también económico». ¿Y el arte cómo se lleva con la política? «Estoy absolutamente en contra de la penetración de las ideologías en el arte, sea la que sea. Y soy consciente de que decir esto hoy es políticamente incorrecto. Toda la vida he defendido la libertad de pensamiento absoluta en el arte. Hay un lema que vi en un cuadro: “Ninguna verdad es totalmente verdadera“». ¿Y cómo lleva la censura del arte en las redes sociales? «Me da risa, a veces raya en lo ridículo».

Panorámica de la sala, con las obras de Pérez Villalta
Panorámica de la sala, con las obras de Pérez Villalta – SALA ALCALÁ 31/GUILLERMO GUMIEL

En la exposición cuelgan obras destacadas como «Político largo o Melancolía» (1981), del Reina Sofía. Aún aguarda una gran retrospectiva en ese museo. ¿Es una asignatura pendiente? «Puede que sí. Desconfío mucho de ese mundo que yo llamo la modernidad dogmática. Nuestros principales museos están dirigidos por esa corriente universal, gente que no admite lo que no sea eso. El MoMA, el Reina Sofía… Hay bastantes cuadros míos en este museo y están en los almacenes muertos de risa. Hasta hace poco estaba colgado ‘Escena. Personajes a la salida de un concierto de rock’, pero creo que lo han quitado. Es que al director del Reina Sofía no le gusta la pintura».

Lleva una vida eremita en Tarifa, en la casa de sus abuelos, llena de recuerdos: «Necesito muy poco para vivir. No tengo pretensiones de riqueza. He vendido mucho a lo largo de mi vida. Mis únicos vicios son los libros de arte, objetos bellos pero muy baratos… No me gustan los restaurantes de lujo, me gusta cocinar. Mi vida es muy sencilla. Lo que más me divierte es entregarme a mi trabajo». Tiene muchos proyectos pictóricos en cartera, pero hay uno que le hace especial ilusión: un encargo para la isla de las Palomas en Tarifa. «Fue zona militar y ha pasado al Ayuntamiento. Es un lugar maravilloso, muy especial. Quiero hacer algo mágico, misterioso… Voy a empezar a trabajar en el proyecto, pero tengo una enorme desconfianza de que se haga».

¿Cree que saldremos mejores dela pandemia? «Quienes han gestionado la pandemia han estado verdaderamente despistados desde el principio. Ha sido una especie de caos. No sé si saldremos mejores de ésta, pero un poquito más civilizados, puede. A mi edad, lo que quiero es salir ya».

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