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José Soto Chica: “A un político le gusta la historia porque es un arma ideológica brutal”

José Soto
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David Barreira Elespanol

Con una narración vibrante y un exquisito manejo de las fuentes antiguas, José Soto Chica (Granada, 1971) se ha convertido en uno de los historiadores españoles más atractivos de la actualidad. Lo confirma el éxito de sus dos últimas obras, editadas ambas por Desperta Ferro: Imperios y bárbaros. La guerra en la Edad Oscura y Los visigodos. Hijos de un dios furioso. La novedosa forma de estudiar la génesis del pueblo bárbaro que saqueó Roma, el proceso de creación del Reino de Toledo y cómo influyó en la Hispania medieval lo convirtieron en uno de los grandes libros de 2020.

Soto Chica, exmilitar que perdió la vista y una pierna durante unas maniobras con explosivos y luego se doctoró en Historia, ha seguido sumergido en el mundo de los visigodos. Pero su destreza todoterreno y grandes cualidades en la empresa de reconstruir el pasado brindan ahora una grata sorpresa: acaba de ser galardonado con el Premio Edhasa Narrativas Históricas por El dios que habita la espada, una novela ambientada en el siglo VI, durante el reinado de Leovigildo. Es prácticamente una anomalía: un historiador consagrado ganando un premio literario de ficción. Las claves, en esta charla con EL ESPAÑOL:

¿Es más difícil escribir ensayo o novela?

Son dos géneros muy diferentes. El ensayo me gusta mucho, me encuentro muy cómodo porque es profesión de historiador, tiene una metodología y mucho encanto: trata de acerca la historia al lector de una manera rigurosa, y donde tú puedes interrogar a la historia y ofrecer unos resultados. Cuando hago ensayo siempre intento que el lector sea consciente de todo el proceso: desde la pregunta inicial que me hago ante un problema histórico hasta cómo la resuelves.

Pero cuando haces ficción puedes dotar de carne y sangre a la historia, puedes convertirla en algo vivo, tangible, darle personalidad. Y eso también es muy divertido. Una vez que conoces muy bien un mundo, te das cuenta de que te falta algo como historiador: hay un montón de datos e información sobre la mesa, pero no hay vida. La ficción te permite introducirla.

¿Cuál es su receta para saltar de la historia pura y dura a la novela?

Buscar las sensaciones. Cuando escribo novela quiero que el lector se sienta dentro de una batalla del siglo VI, en ese ambiente lleno de intrigas, pero también de solemnidad del palacio regio, que conozca una Hispania que le va a dejar un poco sorprendido en la que pacta el bisonte y el caballo salvaje… Dar ese salto, esa pirueta desde la crónica a casi la película.

Pocos historiadores logran esto de forma exitosa…

En el mundo académico español nunca se ha entendido que la novela histórica es una herramienta maravillosa para enseñar historia. Tenemos un mundo académico muy serio, muy ñoño. Lo discuto mucho con mis compañeros en la universidad o los congresos: no estamos haciendo nuestro trabajo, no estamos dándole curso a nuestra labor social, estamos demasiado encerrados en nuestras revistas de impacto o publicaciones que solo leemos nosotros. Y ya no solo novela histórica: incluso algunos desconfían del ensayo. Es una pena porque eso es dejar morir a la historia.

Portada de 'El dios que habita la espada'.

 

¿Dónde coloca usted el límite que no debe cruzarse entre ficción e historia en una novela?

Es muy difícil responder a esto. Uno puede hacer ficción histórica y no estar haciendo novela por la sencilla razón de que no dota de una personalidad evolutiva a los personajes. La novela te obliga a que ese Leovigildo que tú recreas tiene que tener un crecimiento personal, matices, grises, tiene que ser un ser vivo, no solo una figura que acomete determinadas empresas o realiza determinados hechos.

En un sentido más estricto de precisión histórica, ¿el novelista ha de mantenerse completamente fiel a los hechos conocidos?

Sí. Soy historiador que lee novela histórica y si hay algo que me desagrada es enmascarar, falsificar, disfrazar… Me da mucha rabia cuando en una novela ambientada en época de la República romana, de Julio César, leo que un personaje es antiesclavista y amante de la paz. Eso no era un romano del siglo I a.C. Tienes una obligación con tu lector de que le estás trasladando a un mundo y eso significa formas de pensar, no solo de vestir o de ver una ciudad. No soporto una novela de ambientación histórica en la que tienes unos decorados pero la gente actúa, se comporta, piensa, quiere, odia, como un señor o señora del siglo XXI. Si haces novela histórica tienes la obligación de ser fiel a los hechos y a las mentalidades.

¿Qué le permite hacer la novela, en este caso con el mundo de los visigodos, que no puede realizar en un ensayo?

Estaba enfrascado de lleno en los visigodos. Los libros de historia tienen una doble vertiente: lo que el público ve escrito y luego hay un fondo que son años y años de investigación. Llegas a conocer muy bien una época, unos hechos. En ese contexto sabes que Leovigildo y Gosvinta tenían una relación tormentosa porque continuamente vemos en las fuentes revueltas y conjuras en las que se apunta a la mano de la reina. Vemos que Leovigildo es un hombre terrible en muchos aspectos, como refleja esa frase de Gregorio de Tours de “no dejó vivo a ningún enemigo capaz de orinar contra la pared”.

Pero las crónicas de la época no te dan más. Tienes un armazón, un esquema, y tu imaginación quiere rellenarlo, dotarlo de carne y sangre. Para mí fue muy fácil porque ya tenía la información. Esta novela empecé a escribirla a primeros de julio y sabía que era la ‘continuación’ del ensayo, como mi necesidad de contar esa apasionante historia humana de ese Leovigildo, esa Gosvinta, ese Hermenegildo, ese Recaredo, que había detrás de la gran historia. No puedo saber más pero quiero imaginar más.

Hemos pasado de los “hijos de un dios furioso”, Guton, a “el dios que habita la espada”. ¿Qué se puede avanzar sobre el título? ¿A qué hace referencia?

También es Guton. Los godos creían, como otros muchos pueblos de su época, que su dios se encarnaba en la espada que el guerrero clavaba en tierra. Luego eso pasó a la Edad Media. Pensemos en la imagen de ese caballero medieval que está orando delante de su espada: pues eso es una cristianización de esa vieja costumbre goda. La novela se llama así porque cuando Leovigildo llega a Hispania como rey, en 568-569, era el caos y la batalla, una tierra ensangrentada donde cada pueblo le hacía la guerra a los demás. Es una historia de espada, pero también la de un sueño: el de Leovigildo por armar un reino poderoso con un solo rey, con una sola ley y, en el caso de Recaredo al final, con una sola fe. Organizar el caos, todo empieza así.

Cuando hablábamos por Los visigodos me dijo que el caso de Leovigildo “nos enseña que el hombre en sí, como ser particular e individual, puede cambiar el destino de un reino”. ¿Cómo se refleja esto en la novela?

A través de todos los personajes. Leovigildo es un hombre con un sueño y una ambición poderosa. Lo sacrifica todo en aras de eso y triunfa en lo político —es un gran rey, un magnífico general—, pero es un fracasado en su vida personal: destruye su familia, manipula a sus hijos, en beneficio de sus ambiciones es capaz de dejarlos desarmados moralmente hablando… Me interesó esa historia de un éxito en lo público y un fracaso en lo emocional.

Pero también se trasluce esa capacidad de un ser humano de cambiar el rumbo de la historia en Hermenegildo, que es un hombre atormentado que odia a su padre; y en la de Recaredo, que es capaz de dejar ese rencor atrás y construir a partir del legado de su padre. Se va viendo en todos los personajes: cómo sus decisiones no solo los marcaron a ellos, sino que marcaron la historia de Hispania y del mundo. Lo curioso de Leovigildo es que toda la política del Mediterráneo giró en torno a él y su reina.

Leovigildo y Recaredo, pintados por Juan de Barroeta y Dióscoro Puebla respectivamente.

 

¿Lo más difícil ha sido meterse en la psicología de Leovigildo?

Estoy contento por tratar de penetrar en la mente de Leovigildo, pero también en la relación de Hermenegildo y Recaredo, dos hermanos que terminan yendo a la guerra civil, y cómo se va emponzoñando hasta terminar en asesinato. Qué puede ocurrir en la mente de un ser humano para que termines matando a alguien a quien has amado en tu infancia.

Una de las cosas que aprendí en de Bosnia es que el francotirador, el asesino o el genocida no es un enfermo, es un tipo normal y corriente que ha llegado a eso a partir de una serie de circunstancias. Enfrente de nuestro cuartel teníamos a un señor que había montado en su casa una pizzería para sobrevivir. Era un hombre cariñoso con su hijo, dulce con su mujer, amable y simpático. Pero hacía la guerra como francotirador el fin de semana y sabías que cuando cogía el autobús el viernes se iba a matar a un niño que corría detrás de una pelota o a una mujer que estaba haciendo la cola del pan.

Qué duro.

Eso siempre me ha impactado mucho y está en la novela. Leovigildo no es un maniático o está enfermo: es un hombre cabal, pero su ambición le lleva a ordenar el asesinato de familias enteras. A Recaredo las fuentes lo definen como una persona generosa y amable, pero no le tembló el pulso a la hora de ejecutar a su hermano.

Para muchos españoles, el término visigodo evocará simplemente a la manida lista de reyes. ¿Por qué se conoce tan poco y mal esta época de la historia de España?

Han tenido mala fama a lo largo del siglo XX. Antes había una fascinación por ellos. ¿Por qué vuelve? Primero porque son la primera Hispania. España deriva de Hispania y, como reino, lo crean los godos. En cierta manera, la historia de España es una nostalgia por algo que se perdió, esa “ruina Spaniae” que aparece en la Crónica mozárabe en el año 754, que determina nuestra Edad Media. El reino de Asturias, Castilla, León, los condados catalanes, el reino de Navarra, Aragón… todos sueñan con reconstruir algo que en su imaginario colectivo había existido.

A eso hay que sumarle que nuestros códigos legislativos hasta 1833 tenían como base las leyes godas y nuestra concepción de la política: si miramos a los comuneros de Castilla en el siglo XVI son muy godos. San Isidoro, en el canon 75 de IV Concilio de Toledo, fija una idea de poder que es muy moderna, en la que el rey está sometido a la ley, su obligación es servir al pueblo. Te lo pone así, literal: “Para la salud del pueblo y de la patria”. Y los nobles y obispos, en caso de que se convierta en un tirano, se arrogan el derecho de deponerlo. El feudalismo que todos tenemos en la cabeza, fuera de Cataluña por influencia franca, nunca tuvo influencia en Hispania precisamente por esa idea de servicio al pueblo del monarca, de tener en cuenta la opinión de los demás.

¿Por qué este debate sobre la primera España resulta tan polémico?

Los españoles hemos hecho de nuestra historia un campo de batalla ideológico. Es algo digno de estudio y ha ocurrido a partir de la manipulación de la historia que se hizo por parte del franquismo —se quiso proyectar una España eterna, ya en época de Viriato—; y luego lo contrario: como reacción a eso, la izquierda ha hecho de la historia de su propio país algo aborrecible. Si Benito Pérez Galdós, que era un hombre de profundas convicciones izquierdistas, levantara la cabeza se quedaría horrorizado. Es patético por ambos lados… No hay nada que le guste más a un político que la historia porque es un arma ideológica brutal. Esa ha sido la desgracia de los godos: como son la base, es lo primero que se quiere controlar.

José Soto Chica.

 

Y eso a pesar de que fueron una de las civilizaciones más avanzadas de la Europa del momento, si no la que más.

En la novela eso está muy presente. Estamos en una Hispania permanentemente en guerra, dividida, pero donde la presencia de la cultura grecorromana no solo es que estuviese viva, sino vigorosa. Los nobles visigodos leían a Julio César y los obispos tenían bibliotecas enciclopédicas, y escribían enciclopedias como Isidoro. En el libro, Valtario, el héroe, hace un viaje a Austracia, el norte de lo que hoy es Francia, a la corte del rey. Y muestro ese contraste entre el mundo hispano, todavía muy romano, y el del norte de la Galia, donde la cultura romana ha quedado como los restos de un pasado desvaído, crepuscular…

Sobre otro término peliagudo como el de Reconquista, ¿cuál es su opinión? Algunos especialistas apuntan que la supuesta recuperación de territorios perdidos fue una construcción ideológica posterior y habría que hablar de “conquista”.

Cuando los musulmanes conquistan el reino visigodo de Toledo, la legitimidad de Al-Ándalus la toman directamente de ese reino. La gente no se levantó siendo súbdita del rey de Toledo y al día siguientes lo era del califa de Damasco. Ahí hubo una transición. Siempre pongo el ejemplo de la Crónica mozárabe porque es el único documento contemporáneo. Cuando se quiere aludir al gobernador, se dice que “sube al trono de Hispania”. Si cogemos una moneda de 713 acuñada en Al-Ándalus, va a venir por un lado el símbolo de Hispania, la estrella de ocho puntas; y por otro la famosa proclamación de la fe y el año en curso del califa. La legitimidad del reino visigodo no solo fue para los cristianos, también para Al-Ándalus.

Es decir: propaganda, pero muy antigua.

En el testamento de Alfonso II el Casto, escrito en 814, viene ya esa idea de reconquista. En otro documento fascinante, una lista de reyes godos que llega justo hasta Carlomagno escrita en la Narbonense, el cronista pone “en espera de que las batallas que libramos con los sarracenos nos permitan reconquistar nuestra patria”.

Los astures se arrogaron esa legitimidad, se consideraron herederos directos. En el Oviedo de 800 habríamos encontrado una recreación a escala de Toledo. Para ellos el reino visigodo se convirtió en una especie de pasado dorado, de ensoñación. Es propaganda, ideología, pero tan antigua que no podemos separarla de nuestra propia historia. ¿Término Reconquista-conquista? Creo que es un debate plenamente ideologizado y moderno. No se está hablando de historia.

 

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