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Jorge Herralde, un diario por correspondencia

Jorge Herralde
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Jaime G. MoraABC

Jordi Gracia reúne en ‘Los papeles de Herralde’ las cartas que el fundador de Anagrama envió a sus autores, agentes y periodistas

Irreverente, heterodoxo y visionario, también batallador, testarudo e inflexible cuando tocaba,Jorge Herraldese ha desempeñado durante cinco décadas como uno de los editores que mejor ha sabido interpretar el paladar de los lectores españoles. A su buen ojo le debemos la traducción de autores como Tom Wolfe, Hunter S. Thompson o Patricia Highsmith, y más tarde John Kennedy Toole, Nabokov o Richard Ford, por citar solo un puñado. Suyas fueron también las apuestas de firmas patrias como Rafael Chirbes, Marcos Giralt Torrente o el Javier Marías de ‘Corazón tan blanco’.

La lista de grandes autores que conforman el catálogo de Anagrama es interminable, pero de ellos ya se dio buena cuenta hace un par de años, a

propósito del cincuenta aniversario de la editorial. Igual que con la publicación de algunos libros de memorias, entre ellos ‘Por orden alfabético’ (2006) o ‘Un día en la vida de un editor’ (2019), se ha venido contando la trayectoria del último superviviente de aquella camarilla de editores conformada por Carlos Barral, Beatriz de Moura o Esther Tusquets.

Lo que nos ocupa ahora es la publicación de ‘Los papeles de Herralde’, esto es, de la fructífera correspondencia que el fundador de Anagrama mantuvo con autores, agentes y periodistas entre los años 1968 y 2000. El ensayista Jordi Gracia, a cargo de esta edición, explica a ABC que estas cartas «permiten seguir el día a día del oficio de editar libros desde la inmediatez de las decisiones, los descartes, las apuestas y hasta la euforia de este o aquel descubrimiento imprevisto tanto en novela como en ensayo y periodismo, que han sido siempre las tres patas de la editorial».

La selección, que Gracia califica como lo más parecido a un diario, concluye en el año 2000 porque las cartas fueron sustituidas por el correo electrónico y un revés informático destruyó buena parte de esa correspondencia. Las primeras cartas datan de 1968, cuando Herralde empieza a comunicar su propósito de fundar la editorial y optar por llamarla Anagrama tras constatar que el nombre de Crítica ya estaba registrado. Sus inicios vinieron marcados por las dificultades económicas y la lucha permanente contra la censura dada su inicial apuesta por los ensayos políticos.

«Esto parece confirmar la hipótesis de que para algún funcionario del Tribunal de Orden Público soy algo así como el Dillinger o el Lute de la edición»

«El acoso del franquismo y de la crisis conspiraron para hundir a esa y a otras editoriales valiosas del momento, sin conseguirlo», señala Gracia. Anagrama sumó hasta nueve secuestros, un récord que a punto estuvo de llevarla a la quiebra. Tres de ellos, consecutivos, fueron en plena transición a la democracia. «Esto parece confirmar la hipótesis de que para algún funcionario del Tribunal de Orden Público soy algo así como el Dillinger o el Lute de la edición –le escribió en 1976 a Miguel Ángel Aguilar–. Te agradecería si se pudiera apoyar desde ‘Cambio 16’ la pronta resolución del caso».

Tras declinar a finales de los setenta el fenómeno de los libros políticos, Herralde encontró una nueva vía a explorar con la nueva novela internacional. «Con su catálogo de los ochenta cuajó la persuasión entre los lectores de la revolución de la ficción, menos vistosa que la política pero más incisiva, profunda y persistente, tanto en el terreno nacional como en el internacional», dice Gracia. Ahí están los contactos para comprar los derechos de Wolfe –«En principio estoy interesado en casi toda su obra, como en el caso de Barthelme. ¿Llevan ustedes los derechos de Kurt Vonnegut Jr.? También estoy interesado en este autor»– y sus primeros bestsellers: «La colección Panorama de narrativas ha tenido un gran éxito, sobre todo ‘La conjura de los necios’ de John Kennedy Toole y los ‘Ripley’ de Patricia Highsmith».

Sergio Pitol, un nombre habitual en su correspondencia, le dice que «los libreros histéricos no paran de llamar» pidiéndole una tercera reimpresión de ‘La conjura’, «para mí, una novedad en el ‘métier’», y con Richard Ford, años después, celebrará la consagración «tanto por parte de los críticos como de los lectores» de dos de sus escritores favoritos: el propio autor de ‘El día de la independencia’ y Antonio Tabucchi con ‘Sostiene Pereira’.

Carta a Umbral

De Nabokov, un autor «favoritísimo», le explica a Herbert E. Lottman, de la ‘Publishers Weekly’, que tras dos años de negociaciones ha logrado comprar los derechos para publicar su obra: «Es cierto que Nabokov era conocido en España, pero de forma fragmentaria y a menudo mal traducido. Hemos firmado 16 contratos, es decir, que la empresa es considerable. Y nada segura desde el punto de vista comercial, por cierto, ya que hasta ahora solo dos libros suyos habían tenido éxito, ‘Lolita’ y ‘Ada’».

Los afectos de Herralde con sus autores han sido «mutantes y múltiples», indica Gracia, que ha rescatado esta correspondencia del archivo del editor: «Nunca lo perdió por autores como Álvaro Pombo y Carmen Martín Gaite, ni desde luego por Highsmith, Wolfe, Kapuscinski o Bukowski, tan vivo hoy todavía como autor y que en el momento más complicado pudo llegar a salvar a la editorial».

«Me siento muy honrado por haber pensado en mí como posible editor de ‘Usos amorosos de la postguerra española’», le escribió a Martín Gaite en 1986. Un par de años después la relación era más estrecha: «Querida Carmiña: […] Aunque, como sabes, mi preocupación como editor, es decir, como ‘go-between’, son los autores, este interés aumenta en casos como el tuyo en el que se une la gran calidad de los textos con la amistad personal». «En Los Ángeles, borrachera –de rigor– en casa de Bukowski: muy cordial, ninguna pose, mucho humor», le relató al mexicano Carlos Monsiváis.

«Con Carmen Balcells, todo anduvo en un tira y afloja crónico que nunca llegó a crisis irreversibles pero vivió momentos de altísima tensión»

Las disputas y roces con los autores que se terminaron marchando tienen menos presencia en esta edición. En el caso de Javier Marías, una de las fugas más sonadas, solo se incluye una carta porque el autor ha impedido que se publicaran más. En ella Herralde se muestra «dolido» por la actitud «injusta, gravísima e inadmisible» de Marías. También abandonaron el catálogo de Anagrama autores como Vila-Matas o Martínez de Pisón.

Paul Auster, que contrató con Planeta las ediciones de bolsillo, le explicó así su decisión: «Como comprenderás, me resultó muy difícil renunciar a una suma tan elevada de dinero. Estoy a punto de cumplir 65 años, no sé cuántos libros más seré capaz de escribir y el dinero me proporciona cierta tranquilidad con respecto a garantizar el futuro para Siri y Sophie cuando yo ya no sea capaz de ganar tanto como he ganado en el pasado».

La edición de ‘Los papeles de Herralde’ está organizada en cinco periodos temporales debidamente explicados y contextualizados por Gracia, y se incluyen también cartas a agentes editoriales. «Con la más importante durante mucho tiempo, Carmen Balcells, todo anduvo en un tira y afloja crónico que nunca llegó a crisis irreversibles pero vivió momentos de altísima tensión», afirma Gracia. Esta carta de 1986 es un ejemplo: «En cuanto a que me sientes reticente y desconfiado, creo que se trata de una impresión subjetiva tuya, pero que no se corresponde con la realidad. Otra cosa es que reaccione ‘en legítima defensa’, por así decir, ante determinadas cláusulas no comentadas ni pactadas, ni en absoluto habituales nacional o internacionalmente».

La interlocución de Herralde con el mundo de la prensa fue también continua, y muchas veces combativa, convencido como estaba de que su responsabilidad era subirse al ring para defender a sus autores de «críticas discutibles o silencios injustificados». Si a Umbral le agradeció que le gustaran los libros de Terry Southern o Wolfe, al crítico Rafael Conte le afeó que desde su «Púlpito de Pope» despachara su actividad editorial con la frase «Anagrama apuesta por la literatura light». Acto seguido le recordaba que en solo dos años y medio había publicado a autores como Pisón, Tomeo o Goytisolo: «Parece que quien sostenga que Anagrama apuesta por la literatura light, en realidad se desliza peligrosamente a la crítica ultralight».

Hay también reflexiones sobre qué debe hacer un editor ante «libros poco conseguidos» de autores en los que cree: ¿es mejor dejarlos irse a otra editorial o «publicarlos arrastrando un posible fracaso y las enseñanzas pertinentes»? ¿Y cómo se rechaza un libro? De manera diplomática, como con Trapiello: «Lamento de veras no poder publicar tu libro por varias razones ajenas a su calidad e interés». O por la vía directa, como con Masoliver: «Con más tijera y menos autocomplacencia pienso que el libro quedaría (aún) mejor».

«Lamento de veras no poder publicar tu libro por varias razones ajenas a su calidad e interés»

En estas páginas están, por supuesto, sus opiniones sobre autores que destacaban en otros países. «Houellebecq es el escritor francés más interesante (además de incorrecto e insolente, claro está) que ha surgido en años», le confió a Barnes. A Villoro, en 1998, le avanzó que Bolaño estaba terminando una novela «extraordinaria»: ‘Los detectives salvajes’.

Si no hay más cartas, aparte de por el apagón informático, es porque Herralde trataba también con sus autores en las ferias a las que acudía, en encuentros, comidas y llamadas telefónicas. «Te reitero y amplío algunos de los comentarios telefónicos –le escribió a un joven Giralt Torrente–: Tu novela [‘París’] revela un escritor de considerable talento y madurez, un paso adelante respecto al libro de cuentos muy considerable».

Ya han pasado cuatro años desde su retirada, cuando vendió la editorial al grupo Feltrinelli y le pasó la dirección literaria a Silvia Sesé, pero a sus 85 años aún le gusta ir todos los días a las oficinas de Anagrama, donde sigue enviado sus notas, notitas, papeles y papelitos a colaboradores, autores y amigos.

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