Cultura

El marino vasco despreciado y olvidado que pudo salvar a la Armada española en el desastre de Trafalgar

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César Cervera

Mazarredo había parado muchos golpes en el pasado de la Royal Navy y, a diferencia de Gravina, él sí tenía la autoridad moral y el prestigio para desobedecer las disposiciones de Villeneuve

En vísperas del desastre en Trafalgar, Federico Gravina, máxima autoridad de la Armada española en la batalla, y otros altos mandos como Churruca o Cisneros mantuvieron fuertes discusiones con los mandos franceses sobre la estrategia que había que seguir contra la Royal Navy. Finalmente se impuso el criterio galo y el combate del 21 de octubre de 1805 devino en una cruel derrota para España, donde perecieron los frutos de una de las mejores generaciones de marinos de nuestra historia, incluido el propio Gravina, quien murió meses después tras perder un brazo en el lance.

Aún hoy se debate sobre la responsabilidad que tuvo el teniente general en la derrota, no porque se dude de su capacidad de sacrificio o su talento, sino porque España acudió a la batalla sin su mejor marino, José de Mazarredo, superior de Gravina en campañas anteriores, que fue retirado de la primera línea por presiones de Napoleón e intrigas de la Corte. Si Mazarredo hubiera podido o no salvar a la Armada en Trafalgar entra en el territorio de la historia ficción, pero resulta una duda como poco razonable dado las victorias contra los ingleses, casi desconocidas, que el vasco atesoró en fechas anteriores a las derrotas de Cabo San Vicente y Trafalgar.

Guerrero desde la tierna edad

José de Mazarredo Salazar, nacido en marzo de 1745, sentó plaza en la Compañía de Guardias Marinas a punto de cumplir 14 años. En esta cantera de marinos ilustrados se curtió en la lucha contra los corsarios del Mediterráneo y se distinguió como un superdotado de la navegación cuando, estando de guardia en el chambequín Andaluz, impidió con su pericia que el barco se estrellase contra las rocas cerca de las salinas de La Mata (Alicante). Salvó así la vida a 300 personas y catapultó su nombre a las altas estancias de la Armada.

Navegante, militar y, en la línea de su generación, también científico. En paralelo a su ascenso en la Marina, el vasco desarrolló sus investigaciones en torno a la posibilidad de obtener la longitud terrestre por la distancia de la Luna a una estrella. Junto a Ruiz de Apodaca y Lángara obtuvieron por resultado una diferencia de dos grados al oeste con respecto a la tradicional estimada.

Retrato del marino español Federico Gravina

A nivel militar se dio a conocer durante la fracasada expedición española de Argel en 1775. Ese año el general O’Reilly orquestó un desembarco en costas argelinas que dejó 20.000 soldados varados en la playa a merced del acoso de 12.000 jinetes enemigos desde ambos flancos. Como ayudante del mayor general de la escuadra, Mazarredo jugó un papel fundamental en la operación de reembarque de los soldados abandonados. Se dice que cuando subió Mazarredo a bordo del navío insignia el Velasco, el Conde de O’Reilly, que se encontraba allí, lo abrazó y le dijo:

«Amigo Mazarredo: la rueda de la fortuna no hila siempre seda; pero para usted será este día tan memorable que difícilmente podrá ceder a otro que usted se hiciere del mayor honor en su carrera».

Desde sus distintos puestos intentó reorganizar la Marina, aumentar la disciplina en sus tripulaciones e introducir un régimen de señales para la comunicación entre buques

Carlos III hizo al marino vasco como recompensa por sus buenos servicios alférez de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, con el ascenso a capitán de fragata (1776), y, pocos meses después, a capitán de navío, cuando contaba solo treinta y un años de edad. Desde sus distintos puestos intentó reorganizar la Marina, aumentar la disciplina en sus tripulaciones e introducir un régimen de señales para la comunicación entre buques. Sus innovaciones se pudieron ver en la práctica durante la enésima guerra entre España y Gran Bretaña del siglo XIX, en esta ocasión debido al apoyo español a las 13 Colonias, germen de lo que serían los EE.UU.

El declive de la Armada

Durante el bloqueo naval de Gibraltar en 1779, el marino vasco lanzó una atrevida maniobra para atacar a la altura de las Azores un importante convoy inglés de setenta y tres velas que intentaba desviar la atención hacia Las Indias españolas. Mazarredo apresó cincuenta y cinco velas y tres fragatas que pasaron a servir a la Armada española. En estas mismas aguas, tomó parte de la inconcluso batalla del Cabo Espartel (1782) que enfrentó a 46 navíos de línea españoles contra 34 navíos de línea ingleses.

En las cinco horas que duró el lance, Mazarredo dio prueba de gran valor y sangre fría, de modo que hasta los británicos elogiaron sus maniobras. Tras la paz con Inglaterra, sería ascendido a jefe de escuadra y destinado a dirigir las tres compañías de guardiamarinas, las El Ferrol, Cádiz y Cartagena, donde, en palabras del ilustrado Martín Fernández de Navarrete fomentó la ciencia en la Armada:

«Apenas hubo por entonces expediciones científicas, que no fuese a propuesta suya, o a conveniencia de sus informes, una de ellas la del año de 1791, de Churruca, a levantar las costas de las Antillas y Costa Firme»

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En la siguiente década, sin embargo, la fulgurante carrera de Marrazo se topó con intrigas políticas de todo tipo y dureza. Sus diferencias con el ministro de Marina Pedro Varela y Ulloa, que le acusó de no cuidar debidamente la escuadra del Mediterráneo, le obligaron a dimitir de sus cargos y le destinó a una responsabilidad menor en Ferrol, como quien esconde una piedra brillante en el barro. Además, se le prohibió pasar a la corte, haciéndole creer al Rey que el vasco estaba loco. No en vano, los cambios en el seno de la Marina se revelaron desacertados cuando nuevos combates contra Inglaterra derivaron en derrotas del calado del cabo San Vicente (1797). Viendo los toros desde la barrera, Mazarredo manifestó su opinión sobre el estado de la Armada:

«…es verdad evidente e innegable que hoy la Armada es sólo una sombra de fuerza muy inferior a la que aparenta, y que se acabaría de desvanecer a la primera campaña…»

¿De qué sirve a los ingleses tener fragatas ligeras?

Un grupo de oficiales veteranos no tardó en pedir audiencia a la Reina para recuperar a Mazarredo para la primera línea de combate y convencer a los reyes de que no tenía trastornado el juicio. Maria Luisa de Parma pidió a su marido que nombrara a Mazarredo comandante general de todas las fuerzas atlánticas, lo cual hizo el Rey, por cierto, con bastante rapidez dado que el mismo día que tomó el mando, el 8 de abril de 1797, John Jervis mantenía bloqueado Cádiz.

A pesar de lo descuidada que había quedado la Armada, Mazarredo, a bordo de su navío insignia el Concepción, consiguió organizar las defensas y reunir ciento treinta y seis embarcaciones en cuestión de dos meses. Con la ayuda del vasco, Cádiz rechazó sendos ataques de Nelson e incluso pudo romper el bloqueo naval, a lo cual los gaditanos cantaron:

«¿De qué sirve a los ingleses / tener fragatas ligeras / si saben que Mazarredo / tiene lanchas cañoneras?».

Combate de Trafalgar, óleo sobre lienzo de Justo Ruiz Luna (1889-90)

Representando los intereses españoles en París frente a Napoleón, se opuso a los planes del que, más pronto que tarde, iba a ser Emperador de los franceses, quien lo retuvo en París por largo tiempo y forzó su relevo ante el Gobierno español. El golpe de gracia a su carrera llegó cuando rehusó la Secretaría de Marina por el estado calamitoso y la escasez de medios que mostraba la Armada, a la vista de desastre que, con razón, se avecinaba.

Cuando en 1803 se creó el Almirantazgo, no se consideró oportuno llamar a Mazarredo de su retiro en Bilbao, a pesar de la opinión unánime de toda la Marina. De ahí que en la batalla de Trafalgar (1805) no estuviera presente y, por tanto, nada pudiera hacer para evitar la derrota auspiciada por Nelson y compañía sobre la flota franco española. En total, se perdieron diez navíos de los quince que componían la escuadra española, si bien peor fue el golpe para Francia, que perdió doce de dieciocho en toda la campaña.

Desterrado en el norte, con prohibición de visitar la corte, los Sitios Reales y el señorío de Vizcaya, las intrigas cortesanas malograron al mejor talento que las aguas españolas vieron en ese siglo. En su querido Bilbao le sorprendió el inicio de la Guerra de Independencia, donde se alineó con Napoleón a pesar de las diferencias que tuvo en el pasado con él. Mazarredo se desplazó a Bayona y aceptó de José I hacerse cargo de las Secretarías de Estado y del Despacho de Marina, así como de la Dirección General de la Armada.

Afrancesado y apestado por sus compañeros, nada salvó ya el prestigio de Mazarredo, ni siquiera cuando se desplazó a Ferrol en persona para evitar que los mandos franceses trasladaron once navíos, cuatro fragatas y algunos otros buques a Francia. Murió en 1812 debido a la gota que sufría desde hace años y al decaimiento moral de verse aislado por sus compañeros.

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