Cultura

El libro perdido que Brines recuperó justo antes de morir

El manuscrito de ‘Dios hecho viento’, el primer poemario que escribió el autor, cuando aún era un adolescente, y que sigue inédito, forma parte del legado ‘in memoriam’ que acaba de recibir el Instituto Cervantes

La escena es la siguiente. Francisco Brines afronta las últimas semanas de su vida retirado en su casa de Oliva, intuyendo el final inminente y el principio de nada. Es mayo de 2021, apenas faltan unos días para que los Reyes se acerquen allí para entregarle el premio Cervantes, sellando así su trayectoria. La misma luz que ilumina sus poemas inunda su mítico patio. Sentada a su lado, Àngels Gregori recita unos versos. Por ejemplo, estos: «Era el mundo sombrío de lo quieto / moraba en su silencio. / El Dios estaba solo, / calladamente bello. / Subía tristemente por su reino desierto, / se gozaba en las cumbres creyéndolas su sueño». El anciano escucha atentamente, se emociona, asiente y

niega. Evalúa. Lo que suena es la música de su primer libro, escrito entre 1947 y 1949, cuando era un adolescente. Es una obra que creía perdida para siempre, y rescatada del olvido por pura casualidad.

«Yo le leía los poemas y él iba diciendo: ‘Este sí vale, este no’… No se acordaba, no los había vuelto a leer desde que tenía diecisiete años», explica Gregori al otro lado del teléfono. El manuscrito en cuestión se llama ‘Dios hecho viento’, y él lo había pergeñado para presentarlo al premio Ínsula, bajo el lema ‘Viento a la espera’, según figura en uno de los documentos descubiertos. El chaval atravesaba entonces una profunda crisis religiosa, y se enfrentaba una y otra vez al abismo de la fe». «Todo el libro refleja eso, muestra al poeta ante la existencia o inexistencia de Dios», afirma la investigadora.

Una estrofa de ‘El Dios estaba solo’, uno de los poemas del libro inédito ‘Dios hecho viento’, de Francisco Brines – ABC

Si hoy tenemos aún estas páginas (son sesenta y nueve poemas, en total) es porque su madre guardaba celosamente sus papeles, sin preguntarle, y porque Gregori, que además de poeta es directora de la Fundación Francisco Brines, se los encontró en una caja de mudanza, cuando el literato se mudó de su piso de la calle María Auxiliadora, en Madrid, para regresar a su hogar, al lado del mar. Ella estaba preparando la exposición que ahora podemos ver en la Universidad de Alcalá de Henares y que lleva por título ‘Francisco Brines: la certidumbre de la poesía’.

«Nos encontramos de todo. Había correspondencia con amigos, con José Olivio Jiménez, con Vicente Aleixandre, con Luis Cernuda. Y mucho material inédito. Había esbozos de poemas que luego corrigió, y luego unas prosas maravillosas dedicadas a diferentes ciudades, como Cuenca. Era todo de cuando tenía entre quince y veinte años… La última caja que vi tenía setenta y nueve poemas que tenía cierta unidad», relata la investigadora.

Lo que más le interesa a ella es que ahí está el germen de toda su poesía. «Se ve que son los primeros versos de alguien, pero ahí ya apunta todas las líneas temáticas de su obra», asevera. Para muestra, esta curiosidad, que dista de ser simple coincidencia: el poema que abre este libro se titula ‘El poema perdido y hallado en el bosque’, un frase que nos lleva irremediablemente a uno de los poemas de su último libro publicado, ‘El niño perdido y hallado (en Elca)’. En el final, claro, estaba el principio. «Es increíble comprobar que alguien escribe algo con diecisiete años y cincuenta años más tarde se mantiene fiel a la misma poética, al ritmo, al tono, a los temas».

Cuando le enseñó el libro a Brines este se sorprendió, y fue dando su opinión de cada uno de los poemas. Estaba contento y le preguntó varias veces a Gregori si debía publicarlo. «Yo no lo sé, la verdad, porque son versos juveniles. Pero ves la calidad y… Es que un poema regular de Brines es un buen poema para la media de la población», responde entre risas.

De momento, lo que sí sabemos es el manuscrito de ‘Dios hecho viento’ ha pasado a formar parte del legado ‘in memoriam’ que acaba de recibir el Instituto Cervantes y que se guardará en la caja de seguridad nº 1.018 de la Caja de las Letras. De allí pasará a la nueva Biblioteca Patrimonial del organismo, ubicada en Alcalá de Henares.

En fin, se repite mucho eso de que antes de morirnos vemos pasar nuestra biografía por delante, a cámara rápida. Nadie sabe nada, pero al menos en este caso tenemos la certeza de que Brines, durante un rato, vio a ese adolescente que agarró una pluma y fundó un mundo nuevo. Un mundo que luego se llenó de naranjos y de rosas y salitre. Un mundo para amar mucho y sufrir poco. No hay forma mejor de decirle adiós a la vida.

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