Cultura

El encendido ánimo de Zubiaurre

Se intuye en la recuperación por parte del Teatro Real de «Don Fernando, el emplazado», la ilusión por construir una obra orgullosa, también por prestigiar un género que el medio y la propia sociedad de la época aceptaron a regañadientes si lo avalaba un autor español

Hará poco más de una década, la Orquesta de Euskadi rescató de la ignorancia a Valentín de Zubiaurre con un disco dedicado a sus obras orquestales, El registro se incluyó en la «colección de compositores vascos», otro hito actualmente abandonado y que permitió llamar la atención sobre músicas y autores que se habían convertido en vestigios de su tiempo. En él se reúnen la «Sinfonía en mi», plagada de ciencia y resignado desarrollo; los entrañables «Ecos de Oiz» para violonchelo y orquesta, donde la tierra natal de Garay y sus montes proporcionan a la obra una humana sinceridad; y los preludios de las óperas «Ledia» y «Don Fernando, el emplazado». Zubiaurre pudo

alardear de una muy sólida preparación musical, orientada hacia la música religiosa como responsable de la Real Capilla de Madrid y con tanteos en otros géneros con los que se da cuenta de la inestable historia musical del XIX, particularmente en relación con la ópera de autores españoles.

El fracaso del Sexenio Democrático tras la salida de Isabel II llevó a Galdós a escribir sobre una crónica disparatada para educar a los niños en la barbarie y la imbecilidad. Pensar en ello y descubrir que a punto está, en 1869, de convocarse el concurso nacional de ópera, que Zubiaurre ganará con «Fernando, el emplazado», significa engrandecer el mérito de quienes creyeron en un país con posibilidades. Hoy, el título es considerado una referencia en el primer deambular de la ópera española, asunto sobre el que se ha gastado abundante literatura y no tantas posibilidades de certificación. Por eso, la recuperación de «Don Fernando, el emplazado», que acaba de proponer el Teatro Real en versión de concierto, es un gesto contra la desmemoria, todavía sin normalizar en una institución que apela al servicio público, pero que es suficientemente elocuente como para que engrandezca sus méritos tras el reconocimiento como «mejor teatro de ópera». La edición moderna de la obra es trabajo de Francesco Izzo a través de proyectos de investigación promovidos por el Instituto Complutense de Ciencias Musicales (ICCMU) que dirige Álvaro Torrente.

«Don Fernando, el emplazado» parte de la convención a través de un catálogo de escenas, romanzas, concertantes y coros de escasa penetración en la caracterización de los personajes y escenas. El margen de maniobra es estrecho porque el libreto de Riccardo Castelvecchio y Ernesto Palermi enhebra los sucesos con rigidez, más preocupado por la estructura que por la habilidad narrativa. El estereotipo concluye en una especie de daguerrotipo acartonado sobre el asesinato de los hermanos Carvajal por orden de Fernando IV de Castilla, quien usurpó el reino a su madre doña María, enviada al destierro. La escrupulosidad moral es evidente y lleva al rey a morir arrepentido tras recibir el perdón del aniquilado y santífico don Pedro. Pero hay que guiarse por la interpretación y concluir que todo ello queda en un segundo plano cuando suena el formidable agudo con el que este cierra la ópera y con el que José Bros remató una actuación en la que volvió a demostrar que el mérito se construye con capacitación, seguridad y compromiso.

El personaje es vital para la obra. Fue encarnado en el estreno por el mítico Tamberlick y se presenta en escena con la rutinaria romanza «A confortami un Angelo». Luego se encuentra con Estella en un sólido dúo cuya fuerza fue remarcada por la soprano Miren Urbieta-Vega. Su actuación fue menos regular, con la voz muy afilada y desabrida al principio, aunque encontrando una posición más cómoda, imponiéndose sin perder volumen ni fuerza. El dúo inicial suscitó los primeros aplausos que luego se repitieron en el terceto del acto segundo ante el encuentro de don Pedro y Estella. Las voces, muy particularmente la de Bros y Urbieta-Vega (también la de los partiquinos Cristina Faus y Gerardo Bullon) demuestran la importancia de los intérpretes en la ópera de Zubiaurre, tanto en la parte solista como en el coro, que asume un protagonismo muy elocuente al encarnar diversos personajes.

El coro titular del Teatro Real cantó enmascarado y con suficiencia. Hubo desajustes en las entradas; mucho ruido, poca finura en el acompañamiento, escasa tensión dramática y demasiada trivialidad en el foso bajo la dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra, quien creció hacia una mejor posición a partir del gran terceto del segundo acto, prólogo a un primer gran final de la obra. Argumentalmente, el último acto es una secuela anecdótica del anterior y sirve para poner el tema en orden. Entonces, el rey Fernando se humaniza y Damián del Castillo lo significó rematando una actuación agotadora que afrontó con honradez y convicción. Sin duda, el papel necesita a un barítono armado, con autoridad, voz, que muestre carácter en el final del acto primero y en la romanza de apertura del segundo, en el dúo con Estella y en la brillante escena de cierre. Porque hay una sensación de grandeza en el desarrollo conclusivo de la obra, allí donde el estilo se vuelve más personal y auténtico, y donde la reflexión sobre el potencial que encierra «Fernando, el emplazado» es inevitable. Se intuye aquí la ilusión por construir una obra orgullosa, también por prestigiar un género que el medio y la propia sociedad de la época aceptaron a regañadientes si lo avalaba un autor español, a pesar de que la obra fuera tan internacional en su factura y se adaptara al italiano para su reposición en el Teatro Real. El tema es contradictorio y apenas resuelto, sobre todo si se observa el éxito que la interpretación de esta ópera de Zubiaurre acaba de suscitar.

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