Cultura

De Vico a Lenin: cómo la intelectualidad neoyorquina se desencantó del socialismo

Hemingway.jpg Producción ABC.

Debate publica ‘Hacia la estación de Finlandia’, una historia de las ideas marxistas que el influyente crítico y escritor Edmund Wilson hubo de rectificar cuando supo de las atrocidades hechas en nombre de la Revolución rusa

Edmund Wilson (Nueva Jersey, 1895; Nueva York, 1972), se le considera el descubridor de la ‘generación perdida’; el crítico literario que promovió las obras de autores como Dos Passos, Faulkner o Scott Fitzgerald, con quien le unía una gran amistad. Hemingway solía decir que Wilson era el único crítico del país al que respetaba. Era, como anota Aurelio Major en el prólogo de su ‘Obra selecta’, «uno de los miembros más distinguidos de lo que la taxonomía literaria denomina ‘intelectuales de Nueva York’», por pertenecer al club de los escritores progresistas radicales que se hicieron fuertes en los círculos intelectuales del momento.

Cultivó todo tipo de géneros: el cuento, la novela corta, el teatro, la poesía, la crítica

literaria, el ensayo y el estudio histórico; una bibliografía que siempre se alejó de lo académico. Su único interés residía en el lector, y con esa idea, la de alejarse del formalismo de los ensayos políticos, se embarcó en la redacción de una historia del marxismo que pudiera ser entendida en «términos humanos», sin entrar en esas disputas que pensadores y opinadores mantenían en el «pedante marco de la teoría».

A este empeño responde ‘Hacia la estación de Finlandia’, una de sus obras más relevantes y que la editorial rescata con un prólogo de Mario Vargas Llosa para recordarnos lo fácil que resulta idealizar los trastornos sociales que ocurren un país ajeno: «La enorme distancia que separa a Rusia de Occidente sin duda influyó aún más en la opinión de los socialistas y liberales norteamericanos, lo que los llevó a creer que la Revolución rusa iba a destruir un pasado opresivo, a deshacer una civilización basada en el comercio y a crear, según había vaticinado Trotski, la primera sociedad auténticamente humana. La verdad es que fuimos bastante ingenuos».

Este acto de contrición no lo escribió Wilson en la primera edición del libro, publicado en 1940 tras siete años de trabajo, sino en la introducción de la revisión que salió tres décadas después, cuando ya constató que la nueva Rusia había conservado «muchas características de la antigua Rusia: la censura, la policía secreta, el desorden originado por una burocracia incompetente y una autocracia todopoderosa y brutal».

«Tiranía odiosa»

En esta nota preliminar admitía que su libro daba por supuesto que la Revolución venía a representar «un importante paso adelante en el camino hacia el progreso», sin sospechar que la Unión Soviética pudiera convertirse «en una de las tiranías más odiosas que jamás existieron» ni que Stalin llegara a ser «el más cruel y amoral de todos los despóticos zares rusos». Wilson seguía escribiendo desde la facción progresista que nunca abandonó, pero pedía que su libro se leyera «como un relato fundamentalmente verídico de cuanto hicieron los revolucionarios para, en su opinión, lograr ‘un mundo mejor’».

Y en efecto así debe leerse una obra que, con sus correcciones para «rectificar una visión demasiado optimista», cuenta con rigor y claridad lo que fue de los primeros pensadores del socialismo hasta el cambio de orden ruso. Como apunta Vargas Llosa: «He vuelto a quedar maravillado con la elegancia de su prosa y su enorme cultura e inteligencia en este libro que relata la idea socialista y las locuras y gestas que engendró, desde que Michelet en una cita a pie de página descubre a Vico y se pone a aprender italiano, hasta la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa». Palabra de un Nobel.

Michelet, Saint-Simon, Fourier… y luego Marx, Engels, Bakunin y Lenin. Wilson hila con las ideas de los pensadores clásicos del socialismo un libro de ideas y a la vez una crónica que nada tiene que envidiar en técnica narrativa de los novelistas más curtidos. En las casi seiscientas páginas que conforman el volumen vemos que «los primeros años del siglo XIX fueron una época extremadamente confusa en la que todavía era posible tener ideas simples» o que Lenin, en el tren de camino a Finlandia, agarró a un supuesto delator del cuello y con una «naturalidad increíble lo tiró al andén».

Vieja historia

Wilson observa, tras analizar la lectura marxista de la Comuna de París, que la visión socialista de la historia es una perfecta creadora de mitos, o que el socialismo ‘científico’ de Marx y Engels conservaba parte de ese viejo socialismo ‘utópico’ que habían repudiado. Apunta también Wilson que Marx, por haberse formado en un país autoritario, «era absolutamente incapaz de imaginarse la democracia» y que difícilmente él y Engels, qué paradójico, «hubieran podido ver a Rusia como algo que no fuera un aterrorizador espectro; en su calidad de alemanes, siempre vivieron en perpetuo temor del zar».

El discurso triunfador de Lenin –«¡Lenin el socialdemócrata, Lenin el marxista, Lenin el dirigente de nuestra socialdemocracia militante, el Lenin que ya no existe!»–, concluye Wilson en las páginas finales de ‘Hacia la estación de Finlandia’, no consistía sino en contar con nuevas palabras la misma vieja historia.

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