Cultura

De la India al Vaticano: la increíble vida de Ganda, el rinoceronte más famoso de la historia

Jesús Marchamalo narra en ‘El rinoceronte del Rey’ la fascinación ejercida por el animal en toda Europa tras su llegada a Lisboa en 1515

Ocurrió el 20 de mayo de 1515. Hasta entonces nadie pensaba que pudiera existir tal bicho. Que era un mito, una leyenda, un cuento. Algo demasiado disparatado como para ser real, igual que el ornitorrinco. O tan antiguo como los dragones, que fueron a morir a los libros. Pero aquel día la multitud que se agolpaba en el puerto de Lisboa descubrió que la vida puede ser extraordinaria, todavía. De un barco venido de muy lejos (entonces muy lejos era otro planeta, casi) bajó Ganda, un espectacular rinoceronte indio. Era un ser imponente, fortísimo, que había sobrevivido a una travesía de cuatro meses, encadenado y sin ver la luz del sol. Era, también, el primero de su especie

que pisaba Europa desde la caída del Imperio Romano. Y el más famoso de la historia por mérito propio y ajeno.

Con ese acontecimiento comienza lo nuevo de Jesús Marchamalo, ‘El rinoceronte del Rey’ (Nórdica), un relato ilustrado por Antonio Santos que, de alguna manera, logra trazar las coordenadas de un mundo que crecía a base de aventuras insólitas. «Es una historia tan bonita que parece inventada. Tiene algo de fabuloso, en el sentido más literal de la palabra. Es que había gente que pensaba que los rinocerontes no existían», asevera el autor en conversación con ABC.

El animal en cuestión fue un regalo del sultán de Ahmedabad, Muzaffar Shah, al rey Manuel I de Portugal, quien tenía una Casa de Fieras en su palacio, y que era un gran curioso de la zoología. Allí Ganda se convirtió en una estrella internacional, literalmente. «Pronto atrajo la atención de las distintas cortes europeas. Mercaderes y artistas se acercaron a verlo para hacer descripciones del prodigio, que se extendieron por todo el continente», explica Marchamalo.

Durero, por ejemplo, nunca llegó a verlo, pero sí tuvo noticia de él gracias a la carta de un mercader moravio, y decidió pintarlo. También hizo un grabado, del que se vendieron unas cinco mil copias antes de la muerte del artista. Hasta bien entrado el siglo XX, los libros de ciencias naturales en Alemania utilizaban el rinoceronte de Durero cuando hablaban del rinoceronte indio. Era su representación canónica, claro. Aparecía en enciclopedias, compendios y tratados varios. Y eso a pesar de que era una imagen bastante fantasiosa: tenía un cuerno de más, escamas en las patas y un esqueleto como de ala de murciélago en el costado. Nadie se molestó en comprobar la realidad.

Ganda, por cierto, tenía fama de animal fiero. Quizás por eso llegaron a organizar con él un espectáculo digno de Hollywood, o por lo menos del Coliseo: una batalla con un elefante en plena Praça do Comércio, en el centro de Lisboa, a la que acudieron miles de espectadores. El ruido de la muchedumbre espantó a las fieras, que corrieron despavoridas. El elefante aplastó las vallas del cerco y causó el caos en la ciudad. En fin, todo muy cinematográfico.

Con el tiempo, la fama de Ganda llegó hasta el Vaticano, pues Manuel I decidió enviárselo como regalo al Papa León X, para que le apoyara en su expansión por Oriente. Desafortunadamente, la nave en la que viajaba naufragó a pocas millas de la costa de Génova, y el rinoceronte, que viajaba atado, murió ahogado. El Sumo Pontífice lo conoció ya disecado, y Rafael de Urbino lo inmortalizó en uno de los frescos de las Logias del Vaticano. Pasaron los años, muchos, pero la fascinación por Ganda no se esfumó. En 2013, uno de los grabados originales de Durero se vendió por 866.500 dólares, el precio más alto jamás pagado por un grabado.

«El rinoceronte es un animal casi irreal. Si no fuera porque tenemos la certeza de que existe… Yo creo que es absolutamente extraño, insólito, formidable», remata Marchamalo.

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