Cultura

Corsarios españoles a la «caza» de ingleses en Gibraltar: esa verdad que humilla a la Royal Navy

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Israel Viana

Nadie se acuerda ya de estos marineros particulares que combatieron como irregulares al servicio del Imperio Español, como Miguel Villalba, que con su barco de apenas tres cañones consiguió capturar 16 buques enemigos y hacer 293 prisioneros

Las hazañas de los grandes corsarios españoles, llevadas a cabo en una época en la que los marinos británicos literalmente barrían cualquier oposición en el mar, han quedado literalmente enterradas en el olvido. Tal y como apunta Agustín Rodríguez González en su artículo «Los desconocidos corsarios del estrecho» (Revista General de Marina, 2014), «hay un tópico que insiste en que los españoles han destacado poco como corsarios, siendo más bien las víctimas de otros pueblos, supuestamente, más audaces y marineros. Esta afirmación, sin embargo, es inexacta».

Es cierto que Carlos I y Felipe II fueron muy reticentes a usarlos para sus guerras, al considerarlos poco dignos y anárquicos, ya que escapaban a su control directo para ejercer el monopolio

 de la violencia por parte exclusiva del Estado. Pero en el siglo XVIII volvieron a brillar, especialmente en la famosa Guerra del Asiento entre 1739 y 1748, donde estos consiguieron apresar más embarcaciones al enemigo británico que las que este nos hizo, a pesar de su apabullante superioridad en número. «España puede presumir de haber tenido también grandes corsarios, de igual y hasta mayor mérito que los de otros países, hasta el punto de que, en muchas ocasiones, operaron en aguas muy peligrosas y disputadas por el enemigo», añade este miembro de la Real Academia de la Historia.

A finales de este mismo siglo, entre 1799 y 1801, se produjeron importantes batallas como la de San Vicente o el último triunfo militar de Napoleón Bonaparte en Egipto, en Abukir, antes de regresar a Francia. En esta época, una de las principales zonas de operaciones de los corsarios españoles fue el estrecho de Gibraltar, que estaba constantemente surcado por escuadras inglesas, las cuales patrullaban con sus unidades de vigilancia, fragatas, corbetas y bergantines, capaces por sí solas de aplastar cualquier acción de nuestros temidos marinos.

«Dos horas de caza»

Un buen ejemplo es la noticia publicada por la «Gaceta de Madrid», el 15 de octubre de 1799: «Antes de ayer entró el corsario español San Francisco Javier, alias “El Poderoso”, en la bahía de Algeciras, conduciendo al corsario inglés apresado el Delfín, con los 30 hombres que componen su tripulación. Por el relato de los captores y capturados, se sabe que el citado corsario español tomó al abordaje al enemigo después de dos horas de caza y combate, de cuya acción resultaron un muerto y seis heridos por parte de los enemigos. Incluso el capitán británico fue herido de gravedad, mientras que de los nuestros solo se produjeron cuatro heridos de poca consideración».

Pocos días después, la «Gaceta de Madrid» se hacía eco de otra hazaña de El Poderoso: «Antes de ayer entró el corsario español en Algeciras, conduciendo otra fragata inglesa forrada en cobre, armada en corso y mercancía que había sido apresada con 23 hombres. Se sabe que el citado corsario español rindió al enemigo después de una hora de combate, de cuya acción no resultó desgracia alguna. Este combate se produjo frente a la isla de Tarifa, a dos leguas de nuestra costa. Dicha fragata trae carga de pimienta, hoja de lata, plomo, ron, azúcar, aceite de ballena, loza de pedernal, litargirio y jengibre, procedente del puerto de Falmouth [Jamaica]».

La presa, efectivamente, valió la pena, puesto que el precio de esos productos era alto. Un botín al que se sumaron, pocos días después, los «dos bergantines ingleses, el Atlas Stoole y La Bretaña, cargados de arenques y otros efectos, que fueron apresados por el místico corsario español llamado Gibraltar, alias “El Valeroso”». España se estaba acostumbrando a «birlarle» barcos a los ingleses, aunque nunca hayamos escuchado hablar de estos y otros marinos que colmaban las páginas de los periódicos españoles de la época.

293 prisioneros

Otro ejemplo fue Miguel Villalba, que con su barco de apenas tres cañones y 43 tripulantes, consiguió apresar en algo más de dos años de campaña, en las mismas aguas de Gibraltar, nada menos que 16 buques enemigos, con un total de 95 cañones y 293 prisioneros. Entre ellos estaba el bergantín HMS Paisley, que no era precisamente un pacífico y mal armado mercante, sino un gran buque de la Royal Navy, más potente y poderoso, con 58 marinos a bordo. «Decididos al abordaje, pese a su inferioridad numérica en hombres, los españoles fracasaron la primera vez. Volvieron a intentarlo y fracasaron de nuevo, muriendo uno de sus hombres y resultando heridos tres, pero a la tercera consiguieron el éxito, tomando la cubierta enemiga y consiguiendo su rendición», cuenta Rodríguez.

No podemos olvidar aquí que, pese a la confusión que generan ambos términos, los corsarios no eran lo mismo que los piratas. Este último era un simple ladrón del mar que atacaba indistintamente a cualquier buque, preferiblemente los menos defendidos y con un botín más abundante y de mayor valor. Los segundos, sin embargo, eran capitanes o armadores particulares que, previo permiso formal de su rey y con un fuerte control de sus actividades por parte del gobierno, se lanzaban a la guerra solo con el enemigo oficial. En nuestro caso eran los ingleses en ese momento, y el objetivo era perjudicar su comercio. Por sus presas debían pagar generosos impuestos e, incluso, debían responder ante los tribunales si alguna de sus acciones era considerada ilegal.

Que no fueran piratas, no impedía que sus objetivos fueran, igualmente, económicos. Es decir, obtener beneficios con sus presas y lograr un ascenso social que jamás alcanzarían por otros medios, ya que procedían de un origen humilde. Bajo estas premisas actuaron otros importantes corsarios españoles hoy olvidados, como los de la Armada de Dunquerque, en el Flandes español, durante el siglo XVII. Estos utilizaron por primera vez la fragata moderna de vela y operaron en el Cantábrico, el Caribe y el Mediterráneo contra ingleses, franceses, holandeses, berberiscos y hasta turcos, consiguiendo demoledores éxitos.

Los últimos corsarios

Explica Rodríguez también en su reciente libro, «Corsarios españoles» (Edaf, 2020), que los últimos desaparecieron definitivamente con el final del Imperio español en el siglo XIX. Y no por decadencia o por falta de éxitos, sino por el crecimiento y desarrollo de los estados, que no quisieron permitir que elementos tan importantes de guerra estuvieran en manos de particulares.

A principios de dicho siglo, todavía se podían leer en los periódicos abundantes hazañas de estos. «El corsario español San Francisco de Paula, alias “El Restaurador”, rindió al abordaje a la polacra [embarcación de cruz] inglesa Mary, después de un combate reñidísimo», informaba de nuevo la «Gaceta de Madrid» el 22 de abril de 1800, desde Málaga. Pero posteriormente, se convirtieron en buques civiles armados para la guerra, pero con el mando y la tripulación regulares.

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