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Con André Gide llegó el escándalo

André Gide
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Jaime G. MoraABC

DeBolsillo emprende la publicación de los diarios íntegros del premio Nobel, que exhibió públicamente su pedofilia

Pocos autores han tenido tanta relevancia en el plano intelectual como André Gide en la primera mitad del siglo pasado, ni en Francia ni fuera de ella. «Alguien lo llamó el contemporáneo capital, y eso fue en la gran época de los intelectuales, cuando París era un hervidero de figuras que irradiaban internacionalmente», explica el editor Ignacio Echevarría. El «más grande de los escritores menores» fue «venerado por unos, execrado por otros y, cambiando constantemente de piel, reclamado por todos». Premiado con el Nobel de Literatura en 1947, prohibido por el franquismo y por el Vaticano, hizo de su vida la esencia de su obra, y del escándalo una necesidad.

A su educación puritana respondió con una sexualidad exacerbada;

se declaró abiertamente homosexual y pedófilo. La «obsesión de la carne», en sus propias palabras. «Señor, ten piedad de mí. Siento que es demasiado tarde y que mis fuerzas han muerto. Ten piedad de mí y libérame de los tormentos de la carne», escribió en su diario. «Al final, solo dos cosas me han interesado apasionadamente: los muchachitos y el cristianismo». Desde este punto de vista, añade Echevarría a ABC, «la figura de Gide, y no solo su obra, está pendiente de ser enteramente reevaluada».

Sin duda, a esta revisión contribuirá la publicación de los diarios completos del autor francés, que con la supervisión del propio Echevarría y la traducción de Ignacio Vidal-Folch se publican en DeBolsillo de manera íntegra por vez primera en España. Es un ambicioso proyecto editorial que constará de cuatro volúmenes, con más de tres mil páginas, que corresponden a los distintos ciclos vitales de Gide. Los dos primeros, a la venta desde el 25 de marzo, comprenden su etapa de adolescencia y juventud (1887-1910) y la primera parte de su vida adulta (1911-1925), la que coincide con su consagración como escritor.

Autor de más de cincuenta libros –novelas, poesía, ensayos, libros de viaje, memorias, una autobiografía…–, en sus diarios, que comenzó a escribir a los 18 años de manera irregular y a imitación de Alain, Delacroix y Stendhal, Gide se propuso registrarse a sí mismo, y no tanto su vida. «Es una herramienta de autoexpresión, de clarificación personal, de autoconocimiento. Frente a la expresión artística, meditada y elaborada, el diario es un intento de expresión desinhibida, con el que ensaya una sinceridad radical, que no deja de ser utópica, como él mismo advierte», señala Echevarría.

En la primera parte de sus diarios consignó todos sus tormentos de adolescencia, su enamoramiento juvenil por su prima, con quien se casó, sin consumar el matrimonio, y también sus primeros devaneos con muchachos y chaperos, y sus visitas a las ‘casas de baños’. «Qué no daría yo por saber si otros, si la gente a la que quiero, han sufrido igual que yo la obsesión de la carne?», anotó en febrero de 1889. Sobre sus dudas éticas, el autor de ‘El inmoralista’ escribió tres años después: «Me agito en este dilema: la diferencia entre ser moral y ser sincero. La moral consiste en sustituir al ser natural (el hombre antiguo) por un ser artificial que se prefiere. Pero, entonces, ya no se es sincero».

«Al final, solo dos cosas me han interesado apasionadamente: los muchachitos y el cristianismo»

Los diarios del periodo 1911-1925 corresponden al ecuador de su vida, la época en la que escribió tres de sus obras más relevantes: ‘Corydon’, una apología de la homosexualidad y también de la pederastia; ‘Si la semilla no muere’, unas memorias de infancia y juventud, y ‘Los falsificadores de la moneda’, el primer libro que escribió sin tener en cuenta a Madeleine, su esposa. En realidad las concibió pensando en un amante adolescente. «Amo a Madeleine con toda mi alma — el amor que siento por Marc no le ha robado nada», anotó en junio de 1918. «No escribo estas memorias para defenderme –apuntaría después sobre ‘Si la semilla no muere’–. No tengo por qué defenderme, porque no se me acusa de nada. Las escribo antes de ser acusado. Las escribo para que se me acuse».

«El ‘Diario’ de Gide se convierte poco a poco en el hilo conductor de su obra, que él concibe como una especie de sinfonía, como una totalidad cuyas piezas abordan desde posiciones distintas unas problemáticas recurrentes. El ‘Diario’ es la argamasa de la obra entera de Gide, y termina siendo su obra mayor, la que refleja más enteramente su personalidad, su pensamiento, sus inquietudes». Otros títulos como ‘Viaje al Congo’ o ‘Regreso de la URSS’, donde renegó de la revolución para disgusto de la intelectualidad progresista, no son sino reportajes segregados de sus diarios.

Sobre el impacto que tuvieron las revelaciones de Gide, que en vida supervisó la publicación de parte de sus diarios, Echevarría valora el valor que tuvo para dar ese paso: «Si bien sus razones y argumentos resultan hoy anticuados, nadie puede discutirle a Gide la valentía con que reivindicó abiertamente la condición de homosexual, sin el sesgo trágico de Oscar Wilde (de quien tanto aprendió) ni el disimulo de Proust (con quien discutió a menudo sobre la cuestión)». «Anoche pasé una hora con Proust –señaló en 1921–. Lejos de negar su uranismo, se jacta de él. Y cuando le cuento algún detalle de mis memorias: «Puede usted contarlo todo, pero a condición de no decir nunca: Yo». Pero este consejo no me vale». Sin ser autor de ninguna «gran obra», puede decirse que el ‘Diario’ es «una especie de contra-Proust, una estrategia de construcción del presente, y no de recuperación del pasado».

«Anoche pasé una hora con Proust. Lejos de negar su uranismo, se jacta de él»

¿No es subversivo publicar ahora estos diarios, en esta época tan dada a rejuzgar moralmente las biografías de los escritores? «Sin duda, sin duda –responde Echevarría–. Es más: probablemente hoy sería difícil publicarlos sin el amparo que procura a Gide su estatuto de clásico indiscutible del siglo XX. Recientemente la editorial Gallimard, tan ligada a la trayectoria de Gide, se ha negado a seguir publicando a Gabriel Matzneff por pederasta. Aquí en España todavía dan que hablar los diarios de Gil de Biedma o de Joan Ferraté, que no cesan de provocar reacciones escandalizadas. Gide reivindica y defiende la pedofilia, y exhibe sin tapujos su comercio carnal con muchachitos. Sus diarios bien podrían dar lugar a un amplio debate sobre la cuestión, pese a que su contenido la trasciende ampliamente».

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