Ciencia

Nueva explicación, lejos del «porno», para las venus prehistóricas

David Torres Andreu
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Judith de Jorge

Un nuevo estudio dice que las enigmáticas figuritas obesas representaban un cuerpo idealizado en tiempos de escasez extrema por el cambio climático. Podrían haber sido entregadas de madres a hijas como amuleto.

Las enigmáticas venus talladas hace unos 30.000 años, las figuras humanas más antiguas, han intrigado y desconcertado a los científicos durante casi dos siglos. ¿A qué respondían sus impúdicas formas redondeadas, su obesidad extrema y sus atributos superlativos? Muy lejos del canon de belleza presente, en el que se impone la languidez, estas figuritas de senos y traseros rotundos, con marcados labios vaginales, han sido interpretadas como símbolos de fertilidad o belleza, e incluso una suerte de primitiva «pornografía». Cuando en 2009 arqueólogos alemanes presentaron la venus más antigua conocida, una pequeña escultura femenina de solo 6 cm hallada en la cueva de Hohle Fels en la región de Suabia, se habló de «una impactante sensación», visual. «La claridad de los atributos sexuales» del exvoto dejó «sin habla» a sus descubridores.

Richard Johnson, investigador de la Universidad de Colorado (EE.UU.), es el autor principal de un nuevo estudio que ofrece un punto de vista diferente sobre estos curiosos tótems, uno que contempla de otra manera el cuerpo de la mujer. Según explica en la revista «Obesity», lejos de ser una fantasía masculina, las venus responden a un ideal femenino sí, pero a uno relacionado con la escasez extrema de alimentos que el cambio climático de la Edad de Hielo provocó en Europa. De esta forma, no tienen que ver con el deseo carnal, sino con la maternidad y la supervivencia. Son una representación de lo deseable, ya que una mujer con una buena reserva de grasas tendría más probabilidades de dar a luz, alimentar y mantener con vida a una criatura. Incluso pudieron ser amuletos que se entregasen de madres a hijas con buenos deseos.

Más frío, más obesas

Los primeros humanos modernos entraron en Europa durante un período cálido hace unos 48.000 años. Conocidos como auriñacienses, cazaban renos, caballos y mamuts con lanzas con puntas de hueso. Se alimentaban de bayas, pescado, nueces y plantas. Pero entonces, como también ocurre ahora, el clima no permaneció estático.

A medida que las temperaturas bajaban y las capas de hielo avanzaban, algunos grupos de cazadores recolectores desaparecieron, otros se trasladaron al sur y otros buscaron refugio en los bosques. Los supervivientes intentaban cazar grandes piezas para alimentarse. Fue durante esos tiempos desesperados cuando aparecieron las venus obesas, «una época de estrés nutricional extremo, en la que no se esperaría encontrar obesidad en absoluto», señala Johnson. Las diminutas estatuas tenían entre 6 y 16 centímetros de largo y estaban hechas de piedra, marfil, cuerno u ocasionalmente arcilla. Algunas estaban enhebradas para usarlas como amuletos.

Los investigadores midieron la relación cintura-cadera y cintura-hombro de cuatro docenas de figurillas, prácticamente todas las conocidas que han sido publicadas. Algunas son bien conocidas, como la venus de Willendorf, y están ilustradas en muchos libros sobre historia del arte y prehistoria europea. El equipo descubrió que las halladas en los entornos más fríos, ya sea cerca de la capa de hielo continental en Europa Central, Rusia o cerca de los glaciares en los Alpes, eran las más obesas. «Especialmente en la anatomía relacionada con el almacenamiento de grasa (caderas, muslos, glúteos) necesarios para el éxito del embarazo y el parto», describe John Fox, profesor de antropología y coautor del estudio. Por el contrario, las proporciones corporales de las figuras eran menos pronunciadas a medida que aumentaba la distancia de los frentes de hielo.

La obesidad, según los investigadores, se convirtió en una condición deseable para las mujeres en edad reproductiva. «Suponía una ventaja para la madre y para el bebé. Al mismo tiempo, su supervivencia significaba la supervivencia del grupo a largo plazo», indica Fox. A su juicio, «es posible que se realizara un esfuerzo colectivo para proporcionar a la madre durante el embarazo alimentos ricos en nutrientes escasos que quizás no estaban disponibles para todos los individuos. Eso la habría ayudado a aumentar de peso».

Significado espiritual

Los autores también creen que las figurillas podían haber estado imbuidas de un significado espiritual o mágico. Muchas están gastadas y han sido recuperadas «en áreas femeninas de los asentamientos o cuevas sagradas», lo que podría significar que eran «reliquias heredadas de madre a hija de generación en generación». Las mujeres que ingresaban en la pubertad o en las primeras etapas del embarazo podrían haberlas recibido como un tótem poderoso con la esperanza de que una especie de magia simpática les hiciera parecerse a ellas, tener la masa corporal deseada y asegurar un parto y una crianza exitosos. Donde nuestros ojos ven algo casi pornográfico, en realidad podría haber un deseo de buena maternidad.

¿Ha habido acaso una lectura excesivamente masculina del Paleolítico? «Si bien gran parte de la arqueología de cualquier época ha estado dominada por puntos de vista masculinos, principalmente porque los arqueólogos han sido en su mayoría hombres desde el comienzo de la profesión en el siglo XIX, varios de los arqueólogos que excavaron las figurillas en las estepas rusas han sido mujeres. Sin embargo, pocos han intentado explicar la covarianza de los tamaños corporales en función de los climas rigurosos», explica Fox.

Estudios genéticos recientes, apoyados por los hallazgos de herramientas de piedra, muestran que estos grupos humanos migraron hacia el sur a través de España y cruzaron el Estrecho de Gibraltar hasta Marruecos, a medida que las condiciones climáticas empeoraron en el norte de Europa. Sin embargo, el investigador recuerda que la distribución de las figurillas femeninas disminuye considerablemente a medida que uno se desplaza hacia el sur, especialmente en nuestro lado de los Pirineos y Marruecos, donde las venus son contadas. Esto «apoya nuestra hipótesis de que las figurillas sirvieron como tótems mágicos para promover una mayor obesidad en los lugares con un clima extremo. El centro y sur de España tenían un clima menos severo y, por tanto, carecían de la urgencia de que las mujeres embarazadas aumentaran de peso», concluye.

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