Ciencia

Los seres que resucitaron desde el Pleistoceno

La vuelta a la vida de minúsculos animales congelados decenas de miles de años sugiere que algo similar pudo ocurrir en Marte

En su laboratorio de Pushchino (Rusia), Stas Malavin observó al microscopio cómo unos rotíferos, unos animales diminutos y muy simples, se alimentaban de bacterias y detritus para seguidamente comenzar a reproducirse. Un comportamiento usual en estas criaturas, que se conducían como cualquier otras de su misma especie. Lo extraordinario es que no nacieron hace una o dos semanas, que es hasta donde llega normalmente su esperanza de vida, sino hace 24.000 años. El equipo de Malavin las trajo a la vida tras recuperar una muestra de hielo del permafrost siberiano, donde habían permanecido congeladas desde el Pleistoceno. Lo dio a conocer la revista ‘Current Biology’ esta misma semana.

No es el primer animal multicelular que ‘resucita’ de épocas remotas. Investigadores

del mismo centro, el Instituto de Problemas Fisicoquímicos y Biológicos, anunciaron en 2018 el hallazgo en los mismos sedimentos de unos nematodos que habían pasado en estado latente aún más tiempo, hasta 42.000 años.

«Necesitaron media hora», dice Malavin sobre el ‘despertar’ de los rotíferos, una rapidez sorprendente después de esa eternidad en ‘stand-by’. Hasta donde se conoce, los nematodos, los rotíferos y los ultraresistentes tardígrados -también llamados osos de agua- son los animales más complejos capaces de entrar, en cualquier momento de su vida, en criptobiosis, un estado latente que consiste en la suspensión de los procesos metabólicos ante condiciones ambientales extremas. También pueden hacerlo musgos, líquenes, algas y seres unicelulares como los microbios. Pero si se aumenta el nivel de complejidad es imposible. Se ha intentado la resurrección de la mosca Drosophila tras ser congelada sin ningún éxito.

Lo que no está tan claro es qué sucede en ese proceso, si implica la parada completa del metabolismo o simplemente su disminución hasta un nivel irreconocible muy bajo. «La última opción suena más razonable y, obviamente, requiere una pequeña cantidad de energía, por lo que no puede durar para siempre. Si la primera fuera posible, entonces, asumiendo condiciones muy estables, la criptobiosis sí podría mantenerse indefinidamente», explica el investigador ruso.

El equipo observó hasta diez rotíferos en movimiento, todos iguales, llegados del frío. Pero no sabe exactamente cuántos había en su muestra y cuántos sobrevivieron. «Antes de que empiecen a moverse es casi imposible identificarlos, ni siquiera con el microscopio, ya que se encogen y se adhieren a partículas minerales y orgánicas», aclara Malavin. «Pudieron sobrevivir varios, quizás solo uno», añade. Sospechan que algunos de los ejemplares son descendientes de los recuperados inicialmente, ya que estos animales se reproducen en un proceso clonal conocido como partenogénesis, que no requiere espermatozoides.

Criogenización

José Pérez-Martín dirige el Instituto de Biología Funcional y Genómica del CSIC, en Salamanca. Allí trabaja con nematodos trangénicos C. elegans, que se conservan congelados en el primero de sus tres estadios larvarios, el más simple. Una vez descongelados son utilizados en distintos experimentos, por ejemplo para estudiar el envejecimiento. Hay un stock a -80º C que se recupera cuando conviene y otro a unos -100ºC en nitrógeno líquido, que no se utiliza. Algunos llevan así diez años.

«En la criptobiosis juegan dos elementos: la complejidad de los organismos, que no pueden tener más de un número definido de células (C. elegans y los tardígrados apenas tienen mil) y los cristales de hielo», apunta. «Las células de los seres vivos están formadas por agua y proteínas. Cuando se congelan, pueden aparecer cristales de hielo en su interior que rompan las estructuras. En la naturaleza hay animales que resuelven este problema acumulando solutos que bajan el punto de congelación del agua y no se forman cristales. Es el mismo mecanismo que utilizan las plantas que aguantan las heladas. En el laboratorio, cuando queremos congelar hongos, bacterias o C. elegans, los sumergimos en una solución con un 50% de glicerol», explica.

En cuanto a la complejidad, si no se puede espabilar a una mosca congelada, mucho menos a un mamífero. Y la idea de tener entre nosotros a un ser humano antiguo «es pura fantasía», asegura Pérez-Martín. «Lo del famoso Walt Disney congelado no tiene ningún sentido y los que se gastan un dineral en una criogenización deben saber que no sirve para nada», advierte. Los que sí podrían volver a la vida por causa del deshielo del permafrost son virus y bacterias que hayan permanecido miles de años latentes. ¿Podrían transmitir alguna enfermedad prehistórica? «No sabemos si pueden ser un peligro. Microorganismos hay millones y no todos son malignos. Es más probable que volvamos a sufrir otro Covid a que nos infecte un virus descongelado del permafrost», dice.

En otros mundos

La resurrección de estos organismos puede ser útil para estudiar la biología del pasado y sus diferencias con el presente. También sugiere algo muy interesante: la posibilidad de que haya ocurrido algo similar en otros mundos. «Si en Marte hay agua congelada y hubo vida en el pasado, algo que todavía no sabemos, es posible que el planeta albergue microorganismos», señala el investigador.

Que sobrevivan todos ya es otra historia. «Para congelarlos, nosotros metemos en un tubo de 2.000 litros millones de gusanos, y de ahí quizás recuperamos cien», comenta Pérez-Martín. «Pero da igual, porque como son hermafroditas, con que sobreviva uno es suficiente», señala. «Lo alucinante es que los ves moverse en dos o tres horas. Después, llevan una vida normal de 22 o 23 días, comen bacterias y se reproducen como si nada hubiera pasado». Ponen 300 huevos cada tres días, por lo que se multiplican con gran rapidez. La vida se abre paso incluso en las circunstancias más adversas.

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