Ciencia

La convulsa historia del James Webb, el telescopio espacial que se esbozó en una servilleta de la NASA

Tras un retraso de más de una década, múltiples recortes en el presupuesto e incluso una pandemia, el observatorio espacial será lanzado el próximo otoño

En 1996, seis años del lanzamiento del telescopio espacial Hubble, la NASA ya pensaba en la «próxima gran misión más allá», incluso antes de que el mítico observatorio empezara a revelar increíbles instantáneas cósmicas. Aquel día, los ingenieros, Pierre Bely Peter Stockman, garabatearon sobre una servilleta -que se conserva entre los archivos del Goddard Space Flight Center de la agencia espacial estadounidense- un modelo en el que ya se podía ver un enorme panel solar y un espejo desplegable. Eran los inicios del futuro telescopio espacial James Webb (que al principio fue bautizado como Telescopio Espacial de Nueva Generación), en el que la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Agencia Espacial Canadiense (CSA)

llevan trabajando desde entonces. Ahora, 25 años después de aquel dibujo apresurado, tras múltiples retrasos, recortes de presupuesto, cambios de diseño e incluso una pandemia, el James Webb es una realidad. Todo está listo para que, si se cumple el calendario, el más potente de los observatorios espaciales creados hasta la fecha por la tecnología humana se lance al espacio el próximo otoño. Él será el encargado de llevarnos muy atrás en el tiempo, hasta el momento en el que surgieron las primeras galaxias. De una servilleta a las primeras estrellas.

El telescopio, ya construido y a falta de las últimas pruebas finales, descansa ahora en las instalaciones de Redondo Beach (California). Una de las cosas más impactantes de su estructura es el enorme parasol, que será el escudo que aísle sus ‘ojos’ de la cegadora e intensa energía del Sol. Porque algunos de sus componentes tienen que estar a temperaturas de -210 grados Celsius para funcionar correctamente. Creado con un material parecido al que utilizan las mantas térmicas y de un tamaño de una cancha de tenis, tiene cinco capas que se enviarán plegadas en el cohete Ariane 5 (de construcción europea) en una ventana que va desde el 31 de octubre a principios de diciembre. «Al final tuvo que ser el doble de grande que el de la servilleta, porque si no actuaría como una especie de vela y los vientos solares harían girar al telescopio de forma descontrolada», explica a ABC la astrofísica Macarena García Marín, investigadora de la ESA y científica del instrumento MIRI, uno de los cuatro que viajarán a bordo del observatorio espacial. También plegados viajarán sus 18 espejos recubiertos de oro, que una vez extendidos, crearán un ‘superespejo’ de 6,5 metros.

 

«Es un proyecto demasiado modesto»

Pero, hasta llegar a este punto, el proyecto sufrió toda clase de altibajos. En un primer momento, se planteó una misión en la que se invertiría medio millones de dólares y que sería lanzada en 2007, una suerte de telescopio ‘low cost’. Pero Dan Goldin, admnistrador de la NASA durante casi todos los noventa, pensó que sería «demasiado modesto», y que su espejo, la principal herramienta para poder ver mejor y más lejos, debería de llegar a los ocho metros de diámetro en vez de los cuatro pensados originalmente (el Hubble tiene 2,5 metros). Siguieron años aún más convulsos: hasta 16 retrasos en la fecha de lanzamiento, incluidos una crisis en 2011 que amenazó con acabar con la misión («la comunidad científica se agrupó para pedir que continuara el proyecto, y al final salió para delante», recuerda García Marín, quien lleva involucrada en el James Webb desde que comenzara su doctorado, allá por 2003) y, recientemente, una pandemia, que obligó a posponer muchas de las pruebas previstas y la última fecha de lanzamiento, propuesta para marzo de este año.

Porque no solo la financiación ha sido responsable de la demora. También las características propias del observatorio. El James Webb -que debe su nombre no a un astrónomo, sino a uno de los principales impulsores del programa Apolo- orbitará a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, tres veces más lejos que el Hubble -que está a unos 600 kilómetros-, lo que impide que misiones de astronautas puedan ir a repararlo, como ocurrió con su antecesor. «Se está hablando de posibles misiones robóticas, pero lo cierto es que el diseño no está pensado para ello», explica la astrofísica. Todo debe funcionar a la perfección desde el primer momento, por lo que las pruebas han sido tremendamente exhaustivas. Como otros instrumentos espaciales, se actualizará cada cierto tiempo con cambios en el software, pero si hay algún daño físico, será casi misión imposible repararlo. En previsión, muchos componentes se encuentran por duplicado para que, en el peor de los casos, el telescopio pueda seguir operando, trabajo que al menos desarrollará durante cinco años, extensibles a diez. «Aunque pensamos que podría funcionar más allá de una década», puntualiza García Marín.

La clave de su vida radica en el combustible: al tener una órbita muy amplia, se tendrán que llevar a cabo correcciones en la trayectoria, un ‘impulso’ que devuelva al observatorio a su sitio. Una vez se termine, el telescopio saldrá de la órbita y se perderá en el Sistema Solar. «Y así es como debe ser, es uno de los requisitos para no aumentar la basura espacial que ya existe en nuestra órbita». Pero hasta que ese momento llegue, James Webb nos enviará imágenes de algo que nunca hemos visto: la luz de las primeras galaxias. Y no solo eso, pues también será capaz de divisar exoplanetas potencialmente habitables. Pero, para García Marín, el papel del James Webb en la historia no estará definido hasta que termine su misión, posiblemente en la década de 2040: «Lo más increíble va a ser lo que no nos estamos esperando».

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