Ciencia

El misterio de Corrochano: la desconocida misión secreta del primer piloto herido en la Guerra Civil

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Israel Viana – ABC

Tan solo encontramos una noticia en la prensa española de este importante piloto español que combatió en Marruecos y se incorporó al Ejército republicano en 1936, jugando un papel muy importante en los últimos meses de la contienda en 1939

Apenas encontramos tres o cuatro veces el nombre de José Corrochano en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España (BNE), citado en la larga lista de ascensos de pilotos antes de que estallara la Guerra Civil. Todos se encuentran en publicaciones de aviación, como el ‘Boletín oficial de la Dirección General de Aeronáutica Civil’ y la revista ‘Aérea’. En la de ABC y ‘La Vanguardia’, nada. Poco se sabe de este capitán que, en marzo de 1939, trasladó a varios emisarios republicanos hasta Burgos para una reunión de «alto secreto» con mandos franquistas para negociar la rendición y que, después, evitó que el general José Miaja fuese capturado en un vuelo «in extremis» hasta el exilio de Orán (Argelia).

[Las dos vidas del anarquista que a punto estuvo de matar a Franco cuatro días antes de la Guerra Civil]

Corrochano nació en el municipio toledano de Talavera de la Reina en 1901, en una familia acomodada con un padre afiliado al Partido Liberal. En 1923, dos años después de presentarse a las oposiciones del Cuerpo de Correos y Telégrafos, fue movilizado para combatir en Rif, aquella guerra en la que se había producido poco antes la mayor catástrofe de la historia del Ejército español, Annual, con más de diez mil soldados muertos. Muchos de ellos descuartizados con saña por las hordas indígenas de Abd El-Krim, sobre las que el escritor Ramón J. Sender recordaba cómo sus mujeres iban a la retaguardia torturando y rematando a los heridos.

En ese escenario infernal fue donde se formó nuestro protagonista como soldado de complemento de Ingenieros y donde solicitó ingresar como voluntario en la Aeronáutica Militar. Para ello tuvo que realizar un curso en Los Alcázares (Murcia) de ametrallador de bombardero y, en 1925, fue destinado de nuevo a África. La página web ‘Guerra en Madrid’, donde se ofrece un detallado perfil del piloto, habla de una hoja de servicios con numerosas operaciones de bombardeo y ametrallamiento. Un días después del desembarco de Alhucemas, cuentan, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en la desembocadura del río Kert tras recibir su avión más de veinte impactos de bala.

Su primer combate en la Guerra Civil

Después de casi tres años participando en acciones militares como ametrallador en Marruecos, Corrochano quiso formarse como piloto en el aeródromo de Alcalá de Henares. Tras aprobar sus prácticas en julio de 1928, fue destinado al aeródromo de Getafe, donde permaneció hasta la proclamación de la Segunda República. Inmediatamente después tomó la decisión de abandonar el Ejército e ingresar en la aviación civil, pero no le permitieron desligarse de la Aviación Militar hasta 1934.

Ese año empezó a hacer fotografías aéreas para el Ministerio de Hacienda, dentro de un proyecto relacionado con el catastro. Un trabajo que simultaneó con el de piloto de pruebas en Cuatro Vientos hasta que estalló la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, y se incorporó al grupo 31 de Getafe en el bando republicano. No había pasado ni una semana y ya se encontraba combatiendo a los franquistas en el frente de Somosierra, en los primeros enfrentamientos aéreos que se produjeron en el conflicto.

Es aquí donde se produce, por así decirlo, su pico de popularidad antes de volver a caer en el anonimato hasta su misión de «alto secreto» en los meses finales de la Guerra Civil. Fue el día 26 de julio a raíz de un importante combate con tres Breguet XIX franquistas. «Un piloto civil, herido en la acción de Somosierra», rezaba el titular del diario ‘Ahora’. «A las 8 de la mañana voló un caza —relataba—, nuestro único avión allí a esa hora era. Entró sierra adentro, volvió a aparecer y, después de dar al mando el informe de sus observaciones, se dispuso a continuar hasta Guadarrama. De pronto, aparecieron cuatro aviones rebeldes que, cogiendo en medio a nuestro aparato, le tirotearon furiosamente. Nuestro aviador, con suprema seguridad y serenidad, sorteó los embates y arrojó metralla sobre el enemigo, que huyó por la sierra. Media hora después, el avión leal aterrizó en un vuelo majestuoso sin el menor desperfecto. En cambio, Corrochano recibió un balazo en el muslo derecho del que fue asistido en el hospital. La herida fue superficial y, aunque sangró mucho, el valiente piloto almorzó tranquilamente y charló animadamente con los médicos y oficiales».

El primer piloto herido

En ‘El Liberal’ se daban más detalles: «Al llegar a las líneas enemigas, le salieron al encuentro tres aparatos enemigos. Contra ellos libró una verdadera lucha, agujereando las alas de dos. El tercero, sin embargo, voló por debajo del intrépido Corrochano y, haciéndole un nutrido fuego de ametralladora, le hirió en una pierna. A pesar de ello, buscó un lugar en las inmediaciones para aterrizar y, después de planear por los alrededores de Buitrago de Lozoya, tomó tierra en unos sembrados sin que el avión sufriera el más pequeño desperfecto. Esta valentía e intrepidez es el comentario entre los combatientes de este sector, que elogian la actuación de este pundonoroso aviador».

‘El Sol’, por último, recogía las declaraciones de nuestro protagonista a la entrada al hospital, llenas de «serenidad y fortaleza», en las que saludaba con el puño en alto a otros combatientes: «Ánimo, compañeros. ¡La victoria es nuestra! ¡Qué desgracia he tenido! Pero no es hada». Por su parte, el libro ‘La aviación en la guerra española’ (Ministerio de Defensa, 2000) asegura que Corrochano fue el primer piloto herido en combate durante la contienda española.

Poco después de aquello fue ascendido a teniente y, a partir de entonces, es muy difícil seguirle el rastro. ‘Guerra en Madrid’ asegura que primero fue trasladado al frente norte y, después, fue nombrado jefe de la Escuadrilla de Transportes y Enlaces del Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de la República, con la misión de trasladar a los principales mandos del Ejército republicano en sus viajes por España. En concreto, él mismo se convirtió en el piloto personal del general Miaja, con quien entabló una relación de amistad muy especial en el mismo momento que se supo que algunos de sus escoltas habían planeado su secuestro y entrega a Franco.

Misión de «alto secreto»

Un mes antes de que el actor Fernando Fernández de Córdoba leyera el último parte de la Guerra Civil, el 1 de abril de 1939 —«cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos»—, a Corrochano le ordenaron que participara en la mencionada misión de «alto secreto». Una de las operaciones más delicadas del conflicto, que nuestro piloto tendría que realizar con la más absoluta discreción, no tanto por el peligro que podría entrañar sino por su importancia.

Se puso en marcha en la madrugada del 5 al 6 de marzo de 1939, cuando el general Manuel Matallana recibió la llamada del coronel Segismundo Casado para comunicarle que se había sublevado contra su propio presidente, Juan Negrín, que sólo contaba ya con el apoyo de soviéticos y comunistas. La conjura llevaba gestándose un mes, en medio de la ruptura insalvable que sufría el bando republicano con dos facciones bien diferenciadas. Una apostaba por la paz y el armisticio con Franco y , encabezada por Azaña, y otra liderada por Negrín, nombrado presidente ese mismo mes, que era partidaria de continuar con la guerra.

Poco después de la llamada, tres aviones partían hacia Francia con Negrín y su equipo. Casado tomaba entonces el poder y continuaba con sus planes de negociar el final de la guerra. La población había contemplado horrorizada, en los últimos meses, cómo los republicanos se mataban entre sí. La cifra de muertos resultante nunca ha estado clara. Hay historiadores que hablan de 2.000 y otros de 20.000. Por eso el coronel llevaba un mes manteniendo conversaciones con delegados franquistas, aunque sin mucho éxito.

Dos reuniones secretas

«El coronel Casado comunicó el 12 de marzo al Gobierno de Franco que él mismo y el general Matallana querían acudir a Burgos a negociar los términos de la paz, partiendo de las llamadas Concesiones del Generalísimo. Pero al día siguiente llegó la respuesta de Franco, en la que decía que no estaba dispuesto a que acudieran allí los mandos superiores enemigos», explicaba hace dos años el director de Guadarramistas Historia, Angel Sánchez Crespo, en un reportaje publicado en la revista ‘Clío’. Accedió, eso sí, a que se celebraran dos reuniones entre otros representantes republicanos y franquistas.

A Corrochano le ordenaron que pilotara el avión con estos emisarios —el teniente coronel Antonio Garijo y el mayor Leopoldo Ortega— y tres miembros de la quinta columna hasta el aeródromo burgalés del Gamonal, donde sería recibido por la delegación franquista. Los madrileños supieron entonces que se estaban celebrando negociaciones secretas de paz, pero no conocían los detalles. Dos periódicos parisinos, ‘Le Peuple’ y ‘L’ Action Francaise’, sí que publicaron algunos detalles, como que el «célebre piloto Corrochano» había sido el encargado de trasladar a los emisarios de la República hasta Burgos.

El segundo viaje se produjo dos días después, el 25 de marzo, y nuestro protagonista fue de nuevo el encargado de pilotar el Douglas DC-2 que los llevaría hasta allí en el más absoluto secreto. «Entre las 9 y las 12 horas del día de hoy, se espera la llegada de un avión rojo con emisarios autorizados para venir a nuestra zona y tomar tierra en el aeródromo de Gamonal. Se lo comunico a usted para que dé las órdenes oportunas al Servicio Antiaéreo a fin de que esté prevenido y no haga fuego sobre dicho aparato», comunicaba un telegrama del SIPM franquista, recogido por ‘Guerra en Madrid’.

Rendición sin garantías

«Ninguna de las reuniones que se mantuvieron consiguieron de Franco otra cosa que no fuese la rendición incondicional, sin recibir a cambio garantías suficientes de que se cumplieran sus famosas concesiones», añadía Sánchez Crespo. Paul Preston opinaba en su libro ‘El final de la guerra. La última puñalada a la República’ (Debate, 2014) que, «en sus tratos con Franco, Casado se comportó como si no tuviera nada con lo que negociar. Pareció olvidar el hecho de que Franco estaba obsesionado con Madrid, el símbolo mismo de la resistencia, donde había fracasado en 1936, y al año siguiente en el Jarama y Brunete». En el segundo encuentro, de hecho, el responsable del aeródromo apremió a Corrochano a que encendiese los motores a las 17.00, por orden de Franco, para despegar inmediatamente. Al parecer, se había cansado de negociar.

El Consejo de Defensa comprendió la situación y aceptó la rendición, ordenando a los gobernadores civiles que preparasen la evacuación. Cuatro días después, Franco ordenaba la ofensiva general en todos los frentes. Había dado por concluidas las negociaciones y sus tropas avanzaban por Extremadura sin encontrar resistencia alguna. Ocuparon rápidamente Almadén (Ciudad Real) y otras localidades de Toledo, hasta acabar con la última resistencia en la provincia de Alicante, en cuyos muelles había tenido lugar un intento desesperado de huida por parte de más de 150.000 partidarios de la República.

De los miembros del Consejo de Defensa, solo Besteiro permaneció en su despacho, donde fue detenido y murió el 27 de septiembre de 1940 en la cárcel de Carmona, Sevilla. El coronel Casado, junto a una docena de miembros de su Gobierno, se había trasladado a Valencia cuatro días antes, en un avión también pilotado por Corrochano en el momento en que el enemigo estaba a punto de llegar a Madrid. En un último intento por salvar el prestigio de su «traición», el último presidente republicano emitió un mensaje desde Radio Valencia en el que afirmaba que «no se puede dudar de la buena fe de los vencedores. Hemos obtenido una paz decente y honrosa, en las mejores condiciones posibles, sin efusión de sangre».

La huida de Miaja

Desde el puerto de Gandia, Casado huyó en un buque británico hacia Marsella. Se marchó después a Gran Bretaña, donde estuvo exiliado sin poder reunirse con su familia hasta 1951. Ese mismo año partió hacia Venezuela y, un año después, a Colombia, para regresar a España en 1961. Aquí fue juzgado y absuelto. Pero por su parte, el capitán Corrochano optó por permanecer en Valencia hasta la mañana del 28 de marzo de 1939, justo el día en el que las primeras tropas franquistas entraban en la capital.

Nuestro protagonista volvió a ponerse a los mandos de un avión, el Airspeed Envoy, en su última operación secreta: trasladar al exilio lo antes posible a Miaja, héroe de la defensa de Madrid y uno de los personajes más odiados por Franco, con el objetivo de salvarle la vida. El destino fue Orán (Argelia). El sobrino de Miaja relató en sus memorias que, a las 9.00 horas, Corrochano ya se encontraba en Rabasa, «muy nervioso», esperando al general y a su séquito. Finalmente fue el último en despegar a consecuencia del retraso de sus pasajeros. Desde ese momento, al piloto se le pierde el rastro, aunque la web ‘Madrid en Guerra’ asegura que los descendientes directos del piloto piensan que se entregó a las autoridades franquistas en 1940 y que pasó seis años en diferentes cárceles hasta que fue puesto en libertad en 1946. Falleció en Salamanca en 1975.

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