Bienestar

¿Qué pasa cuando no te apetece hacer nada? Consecuencias emocionales de la inactividad

S. Gonzalez / J. Mato

La psicóloga Silvia González y el psicólogo Jesús Matos explican por qué los pensamientos negativos afloran cuando nos dejamos llevar por la pasividad y no hacemos actividades placenteras

La mente es como una casa que recibe invitados. Alguno de esos invitados serán desagradables y otros serán apreciados y amigables invitados. Pero sí, todos ellos están invitados diariamente a venir a nuestra casa. Cuando vienen los invitados desagradables, son molestos, hacen ruido y hacen que hagamos las cosas con más desgana. Cuando entran los invitados agradables las emociones que les acompañan serán motivantes y nos apetecerá que sigan apareciendo en nuestra vida.

Cuando estamos inactivos cerramos la puerta a esos invitados agradables que traen regalos a nuestra casa y prestamos atención a esos invitados molestos y desagradables. Cuando estamos activos, por el contrario, los invitados se mezclan y podemos prestar atención a ambos, e incluso, los desmanes que los invitados negativos hagan, quedan solapados por los regalos de los invitados agradables. El día tiene 24 horas. Cuantas más horas pasamos haciendo cosas placenteras y saludables, nuestra realidad personal será más saludable y placentera y nos sentiremos mejor.

Se podría decir que nuestro estado de ánimo es el resultado de una imaginaria balanza, donde se sopesa la cantidad y la calidad de eventos positivos y negativos. Si queremos subir el estado de ánimo, debemos, por tanto, incrementar la entrada de lo positivo.

Además, existe una relación causal y directa entre el número de actividades agradables que realizamos y la calidad de nuestro estado de ánimo. Esta relación es tan evidente como para notar los efectos día a día. Habitualmente, los días más felices de la semana, para la mayoría de las personas, son aquellos en que más actividades placenteras se realizan: los fines de semana. Normalmente, los sábados y los domingos se suelen dedicar a los deportes, a estar con los amigos, a leer, a ir al cine, a salir, y a un sinfín de actividades que provocan que el estado de ánimo sea alto. Este fenómeno es aún más visible durante las vacaciones.

Cuando dejamos de hacer actividades tenemos más tiempo para pensar en aquello desagradable que estemos teniendo en la cabeza, por lo que los pensamientos desagradables estarán envolviendo toda nuestra atención.

Además, esas actividades que dejamos de hacer pueden pasar a ser ocupadas por otras personas, por lo que nos sentiremos desplazados y menos eficaces. Lo que sucede al aislarnos es que dejamos de recibir el refuerzo social y la compañía de los demás.

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