Bienestar

Por qué sientes que ahora disfrutas menos de las cosas y cómo resolverlo

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Una entendería que las matemáticas, la historia o la sintaxis sean temas que tengamos que aprender, no nacemos con los conocimientos de estas materias. Lo que suena raro es que tengamos que aprender a disfrutar de la vida. Pareciera que esta capacidad para sentir placer hacia la vida tuviera que estar en nuestra propia naturaleza. E igual lo está o, mejor dicho, lo estaba. Como lo estaban otra serie de capacidades saludables para nuestro cuerpo y mente que nos hemos encargado de maleducar. Porque a lo largo de nuestra vida la educación en algunos valores nos aleja del placer, del bienestar, dirigiéndonos a la exigencia y a la presión, y capando esas habilidades innatas de tal manera que nos lleva a perder la capacidad de estar a una sola cosa o de perder la capacidad de disfrutar.

Sí, nuestra biología salvaje es más sabia que aquella biología que vamos educando, canalizando, a la que presionamos, reconducimos, acotamos. Nacemos con la capacidad de fluir, de diferenciar la sensación de hambre de la de saciedad, tenemos la capacidad de estar atentos a una sola cosa, reconocemos de pequeños cuándo nuestro cuerpo emite señales de estar cansados. Pero nuestro ritmo de vida, las exigencias, las obsesiones o la competitividad, terminamos engañando y reconfigurando a nuestro cerebro para que no sepa disfrutar, ni fluir, para que tenga una mente multitarea o para que coma cuando no tiene hambre o que sufra sin comer cuando sí la tiene. Y lo mismo ocurre con nuestra capacidad de disfrute. Valores como la culpa, las comparaciones, el materialismo, la exigencia o el perfeccionismo bloquean nuestra capacidad de degustar, olfatear, disfrutar, apreciar, agradecer, prestar atención o aceptar. Nos hemos reconvertido en seres infelices, apresurados, ansiosos, quejicas, malhumorados. Paseamos por la vida sin vivir. Y cuando la vida nos regala pequeños momentos de placer durante el día casi nos entra la culpa por disfrutarlos.

Me declaro una “disfrutona” empedernida. Es una pena que el diccionario no recoja el término disfrutón o disfrutona. Pero se entiende que una persona disfrutona es aquella que tiene como filosofía de vida el disfrute de los momentos que la vida le regala. Una persona que hace por prestar atención a la belleza de la vida y que agradece lo que tiene alrededor. Ojo, no es hedonismo. El hedonismo, concepto filosófico, entiende como único propósito en la vida la búsqueda de placer. Así a priori no parezca un mal planteamiento de vida. Pero no es real, porque el hedonismo huye del dolor y del sufrimiento. Y el dolor y el sufrimiento, así como otras emociones que nos hacen sentir incómodos, forman parte de la vida como lo forma el disfrute.

Para mí, la diferencia entre ser disfrutona y ser hedonista es que los disfrutones aceptamos la vida con sus emociones, dejamos que la vida fluya, no nos enredamos con la tragedia o el drama y sobre todo nos focalizamos en valorar qué ocurre bonito a nuestro alrededor a pesar de los malos momentos con los que sí o sí nos tocará lidiar y convivir en nuestras vidas. No buscamos intencionadamente el placer como bien supremo, y tampoco evitamos nada. Realmente, la idea de buscar suele alejar de ti lo que buscas. La vida hay que dejarla estar, dejarla reposar. Los disfrutones simplemente tratamos de poner los sentidos para empaparnos de aquello que la vida nos regala a diario. Se trata más que de una búsqueda, de un saber estar consciente y orientado hacia el disfrute.

Los momentos de pandemia, con sus noticias diarias sobre enfermedad, muerte y destrucción de todo, de empelo, de relaciones, de proyectos, de sueños, tampoco han ayudado mucho a focalizarnos en lo bueno. Porque llevamos más de un año focalizándonos en ser responsables, en estar pendientes de las olas, de las restricciones, en controlar nuestros impulsos naturales fruto de nuestra antigua normalidad. Hemos puesto freno hasta a la fantasía. Hemos dejado de fantasear con una escapada, con unas vacaciones, con abrazar a los nuestros, con celebrar una barbacoa con los amigos. Y la atención no da para más. Estamos demasiado entrenados en este momento en contenernos, en no venirnos muy arriba porque cuando lo hacemos el virus nos manda otra vez al subsuelo.

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