Bienestar

Ni te imaginas la losa que te quitas de encima cuando perdonas

El sociobiólogo Daniel Lumera aporta las claves de la dimensión terapéutica del perdón frente a la creencia popular, que relaciona este concepto con la religión y el pecado

¿Recuerdas la última vez que alguien te traicionó, te mintió, te hizo daño o te ofendió? (abrimos este paréntesis para que puedas pensar en ello antes de seguir leyendo). Y una vez que se ha dibujado en tu mente ese momento o esa circunstancia, ¿sientes que has perdonado a esa persona? No con un perdón superficial, sino con uno de verdad, de esos que alivian, calman y reconfortan. Responder a esta pregunta es más difícil de lo que parece pues, tal como explica Daniel Lumera, sociobiólogo y fundador de la Escuela Internacional del Perdón, el acto de perdonar se suele relacionar con la religión o con el pecado y no con una dimensión terapéutica, tal como defiende basándose en avales científicos. «A nivel biológico y mental el perdón actúa en zonas del cerebro que permiten desarrollar la empatía y la búsqueda de recursos para la resolución de problemas. Es una habilidad social pero también es un elemento de salud y una inversión en calidad de vida a medio y a largo plazo», precisa.

Pero además el experto asegura que ese frecuente vínculo entre el perdón y la religión no es la única interpretación errónea que se hace sobre este concepto. Estas son, según explica, algunas de las más frecuentes y que más contribuyen a alejarlo de su dimensión terapéutica:

Perdonar no es «no reaccionar»

Algunas personas creen que perdonar es mostrarse indiferente o impasible ante ese dolor o ese daño. Pero, tal como aclara Lumera, perdonar significa actuar libre de odio, de resentimiento y de rabia, es decir, actuar desde un estado de claridad, conciencia y lucidez.

Perdonar no es olvidar

El verdadero perdón implica que esa persona recuerde claramente lo que ha acontecido, pero que, tal como matiza Lumera, sea capaz de vaciar ese recuerdo o ese contenido del dolor que le causó y pueda así recibir las enseñanzas que le trajo.

Perdonar no es justificar

No tenemos que justificar los actos de esa persona que nos hizo daño para perdonarla, pues de lo que se trata es de entender y comprender la raíz de la violencia, la angustia y la rabia que llevó a esa persona a hacernos daño. «Muchas veces esos comportamientos tienen su origen en la ausencia de algo o de alguien», comenta Lumera.

Perdonar no es un signo de debilidad

La capacidad de perdonar no es algo que esté conectado a la debilidad sino a la valentía. De hecho, es un acto de coraje. «Si la palabra coraje proviene del latín ‘cor habeo’ este acto de perdón implica que se tiene corazón, es decir, se piensa, se siente y se actúa a través del corazón», argumenta.

«El perdón es un proceso de liberación, integración y comprensión que permite transformar la vida en un don»

Pero entonces, ¿qué es realmente perdonar? Para introducirnos en su significado Daniel Lumera hace una breve referencia a su etimología. Así, la palabra perdonar proviene del latín, es decir sus componentes léxicos son el prefijo ‘per’ (‘con intensidad’ o ‘por completo’) y la palabra ‘donare’, que significa dádiva, donativo o don, lo que llevaría a pensar, según comenta el experto, que perdonar sería «dar por completo».

Ese «dar por completo» sería, por tanto, lo que convierte al perdón es un proceso de liberaciónintegración comprensión para «transformar la vida en un don». «Esto tiene un gran impacto sobre la salud porque ayuda a liberarse de emociones y pensamientos tóxicos que impactan sobre las hormonas conectadas al estrés, a los procesos de inflamación e incluso al envejecimiento», destaca Lumera. De hecho, uno de los beneficios que aporta el perdón es que permite regular la dieta emocional, desplazando pensamientos llenos de resentimiento, rabia, odio, frustración, culpa o ansiedad y abrazando emociones como la empatía, la gratitud, la gentileza, el amor o la felicidad. «Permite que la mente se enfoque en los nutrientes emocionales de la prosperidad y en la salud y no en las mecánicas de compensación tóxicas que funcionan de la mano de la traición o del abandono», aclara.

Las cuatro fases del perdón

Algo que conviene aclarar, sin embargo, es que perdonar no es un acto puntual, ni espontáneo, es decir, uno no se levanta por la mañana y decide que ya ha perdonado a alguien, sino que requiere un proceso que se divide, tal como define Lumera, en cuatro fases: acusación, responsabilidad, gratitud y amor.

La primera fase, la de la acusación, puede resultar algo paradójica pero, como aclara Lumera, si una persona quiere perdonar tiene que saber acusar y sacar hacia afuera la rabia, el odio o el resentimiento hacia la persona que le ha hecho daño (este acto puede ser frente a ella o no necesariamente frente a ella). «Para liberarnos de ellas primero tenemos que tomar contactos con nuestras sombras», propone.

Después viene la fase de la responsabilidad , que implica la necesidad de asumir el control y el poder sobre nuestra vida. Esto significa comprender que es uno mismo el que genera emociones tóxicas y que en realidad es posible liberarse de y puedes liberarte de ellas porque sí que tenemos poder sobre lo que pensamos. «Es una elección», insiste Lumera.

La tercera fase es la gratitud. Este momento no solo sirve para reconocer lo que ya tenemos en nuestro día a día y en nuestra cotidianidad y que a veces no valoramos, sino también para ser conscientes de que sentir gratitud frente a un dolor implica que somos capaces de ver que hemos desarrollado virtudes y capacidades que desconocía. «Es el momento en el que reconozco que lo que ha pasado ha tenido un rol importante en mi vida», aclara.

La última fase del perdón es el amor, pero no como sentimiento, sino como un estado de consciencia que trae salud a nuestro sistema cognitivo y perceptivo.

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