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Una semana de ‘libertad’ en Madrid: «Francia es otra realidad»

Cami y Elogie son sanitarias en Marsella y aprovechan, como miles de ciudadanos franceses, la apertura de la capital del país vecino

Su estilo las delata entre la hilera de personas que aguarda un viernes por la mañana para internarse en el Museo del Prado. Las ondas rubias de Cami se mecen sobre un fular de flores. El cabello liso y pulido de Elogie combina con su blusa de encaje y gabardina beis. Ambas jóvenes, de 30 y 29 años, son francesas y viven en la ciudad costera de Marsella donde, como en el resto del país galo, las restricciones sanitarias han borrado la vida de sus calles. «¿Qué hacemos allí? Nada», son tajantes. Un año después del estallido de la pandemia, la capital se ha convertido en el oasis particular de miles de franceses.

Los billetes de vuelo de

Cami y Elogie no fueron baratos. «Los compramos en el último minuto, porque allí todo cambia cada semana, y en cualquier momento podemos estar aún mas encerradas», explica Cami. En la misma cola a las puertas del Museo del Prado, una pareja parisina, Louis y Julia, describe la sensación que domina a sus compatriotas: «En Francia es insoportable». Sobran las preguntas. «¿Sabéis por qué estamos aquí? Allí está todo cerrado, bares, cines, teatros; todo. El toque de queda es a las seis de la tarde y así llevamos mucho tiempo». Aunque a la mayoría no les importa hablar, Cami y Elogie son las únicas que se prestan a compartir su día. No obstante, prefieren callar sus apellidos. En las últimas semanas, los franceses han sido señalados por viajar a Madrid en busca de una ciudad sin ley.

La oleada de turistas del país vecino arreció hace ya unos meses. El último y segundo confinamiento decretado por el presidente Emmanuel Macron terminó el pasado noviembre, pero el país continúa paralizado, con el ocio bajo candado y un estricto toque de queda. Según las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), 117.625 franceses visitaron España en el mes de enero (un 75 por ciento menos que en 2020). Y el 16,7 por ciento del total de viajeros que aterrizaron en la Comunidad de Madrid fueron franceses. Francia es el segundo país emisor de turistas en la región, solo por detrás de los estados americanos (excepto Estados Unidos).

En las terrazas madrileñas no es difícil dar con ellos. La mayoría son universitarios que estudian en la capital y aprovechan para invitar a sus amigos; de ahí la fama que se han granjeado como protagonistas de las decenas de fiestas ilegales que desmantela la Policía Municipal cada fin de semana. Pero no hay datos que lo corroboren. Pierre y Lucas, parisinos de 21 años, también se acercaron ayer al Museo del Prado. «Estaremos el fin de semana, vamos a hacer las típicas cosas de turistas», aseguran.

Cami y Elogie profesan el mismo perfil bajo. Dicen ser «mejores amigas» desde el colegio y compañeras de piso en Marsella. Conocieron Madrid hace dos años. En esta segunda ocasión se han alojado en un céntrico apartamento turístico para patear la urbe. Su enclave favorito es El Retiro y el jueves lo recorrieron sobre un patinete de alquiler. El avión de regreso despega hoy a las siete de la mañana y 72 horas antes pagaron 79 euros por cabeza para someterse a una PCR. Inmortalizaron el resultado negativo con una ‘selfie’.

Un descanso del virus

Su última jornada en la capital arrancó en el Museo del Prado. Tras guarecerse de la mañana grisácea entre las ‘poesías’ de Tiziano —la primera vez que se reúnen todas las piezas en una exposición—, el sol las recibió en la Casa de Campo. Comieron y bebieron cerveza en la terraza del Villa Verbena, uno de los restaurantes al pie del lago. «La comida estaba muy rica, pero han tardado mucho…», juzgan con una sonrisa. Sonríen mucho después de una semana de libertad. Al fondo, el Palacio Real sobresale entre el ‘skyline’ madrileño. «Justo ahí no hemos estado», dicen. No importa.

En su hogar, al sur de Francia, su rutina es sencilla: de casa al hospital, del hospital a casa. Sentadas sobre el césped que bordea el lago de la Casa de Campo, estas sanitarias disfrutan de un merecido descanso. Elogie trabaja en la dirección de un hospital privado y Cami es enfermera pediátrica en un centro concertado. «No he estado en primera línea, porque el virus no ha afectado a los niños. Pero ha sido complicado, hemos tenido que organizar los departamentos, cambiar los protocolos…», resume Cami. Ninguna se ha contagiado y la semana pasada recibieron la primera dosis de la vacuna de Pfizer.

La curva epidemiológica en Francia mostró los primeros indicios de mejoría a mediados de febrero, pero la virulencia de las nuevas cepas preocupa a las autoridades sanitarias. Cami y Elogie temen un tercer confinamiento que el palacio del Elíseo prefirió evitar en el último momento. «Francia es otra realidad… Cada semana es algo nuevo», lamenta Cami. En Marsella, un viernes cualquiera, la calle es territorio prohibido a partir de las seis de la tarde. En Madrid, a esa misma hora, las jóvenes escogieron los jardines del templo de Debod para disfrutar del atarceder.

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