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Sánchez pasa de utilizar el auge de Vox a promover su aislamiento

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Les puso en el centro de sus campañas para antagonizar con ellos y dividir a la derecha

El PSOE activa durante estos días la estrategia del aislamiento a Vox, la idea del cordón sanitario. La apelación al PP de que no pacte con Vox. Una demanda que parte de la base de que el PP y Vox ni son ni pueden ser lo mismo. Y eso es algo que no tiene nada que ver con lo que Pedro Sánchez ha venido expresando hasta la fecha, cuando jugaba el relato de la asimilación de ambos. El punto común de ambos enfoques es claro: Vox es el actor protagonista de las campañas del PSOE desde 2018.

A lo largo de estos años Pedro Sánchez ha utilizado a la formación de Santiago Abascal a conveniencia. En paralelo a los debates que en la izquierda y en su partido se desarrollaban sobre cómo actuar respecto a ellos. Pero mucho antes de que Vox fuera una sólida realidad en el tablero político español muchos españoles escucharon hablar por primera vez de él por boca de Pedro Sánchez. Era 14 de noviembre de 2017. En la encuesta del CIS más reciente, del mes anterior, ese partido no aparecía.

Como mucho había sido nombrado por algún encuestado en el apartado «otros partidos», para los que el CIS estimaba un 2,5% de voto. Pero ese día, durante una entrevista en televisión, Pedro Sánchez afirmó que «Ciudadanos es el Vox de la política española». Ciudadanos tenía por entonces 32 escaños en el Congreso, había firmado un pacto con el propio Sánchez apenas año y medio atrás y en ese CIS en el que Vox ni existía se le estimaba el 17,5% de los votos.

Vox era por entonces poco más que un rumor en la política española. Una escisión del PP que había fracasado en sus intentos por institucionalizar el proyecto. Pero el secretario general del PSOE consideró oportuno brindarle un titular y practicar el ejercicio de equiparación de todo lo que estuviera a la derecha del PSOE. Porque, para Sánchez, antes que Ciudadanos y Vox también fue ultraderecha Mariano Rajoy. «Usted legisla para la derecha más extrema. Es el presidente más retrógrado de la historia democrática española». Sesión de control al Gobierno, diciembre de 2014.

Rajoy era ultraderecha. Pero resulta que fue Rajoy quien habló a Sánchez de Vox, según afirmó él mismo en abril de 2019. Cuando hablaba con Rajoy «me hablaba de Vox, sabía que había algo ahí y que la derecha podía desmembrarse».

Fue precisamente en esa campaña electoral de las elecciones del 28 de abril donde mejor se ha visibilizado que Pedro Sánchez ha utilizado a los de Abascal a conveniencia, en función del momento. La ya icónica foto de Colón permitió a Pedro Sánchez hacer una campaña bien simple: futuro o pasado. El PSOE frente a una involución democrática en la que en ese momento le interesó presentarse como el adversario de «una misma derecha con tres siglas». Todo a la derecha del PSOE representaba una involución democrática. Sin matices. Una campaña en la que Pedro Sánchez se atribuyó la representación en exclusiva del sentido común.

Y hasta hoy ha vivido el PSOE de esa imagen. Si bien en la actual campaña madrileña la ha redibujado a voluntad para hablar del dúo de Colón y no molestar a Ciudadanos. Tarde. La fractura de la derecha en tres ha sido la base sobre la que Sánchez ha venido construyendo sus cimientos. Y en esa campaña del 28 de abril se observó el ejemplo más perfecto en la negociación de los debates electorales. Sánchez perdió ese pulso, pero enseñó sus cartas.

El PSOE planteó unas condiciones que señalaban la disponibilidad del presidente para participar en un debate con los partidos «que representen fuerzas políticas que presentan candidaturas en todas las provincias de nuestro país y que, según la encuesta preelectoral del CIS conocida esta semana, superan el 10% de intención de voto a nivel nacional». Es decir, unos criterios ajustados para incluir a Vox en el formato.

«Ni el PSOE ni Pedro Sánchez vetan a ningún candidato», justificaban entonces desde el Comité Electoral. De esta forma, el PSOE rechazaba el resto de formatos que estaban encima de la mesa. Ni el debate a cuatro con Casado, Rivera e Iglesias. Ni el cara a cara con el líder del PP que Sánchez había pedido a Mariano Rajoy en 2016.

Esa decisión no fue unánime en el PSOE y en su día generó debate. Con la vicesecretaria general, Adriana Lastra, mostrándose partidaria de no incluir a Vox en los debates. No querían legitimar a la formación de Abascal, y a su favor contaban con que por entonces su presencia institucional se reducía a una sola comunidad autónoma. Pero su inclusión encajaba mejor con el discurso de campaña de Sánchez, que consistía en pasear por España la foto de Colón. La Junta Electoral Central finalmente resolvió la situación asegurando que Vox no cumplía los criterios de representatividad y aceptando la reclamación de ERC, Coalición Canaria y PNV por incumplir el criterio de proporcionalidad.

El caso andaluz

Ese es el caso más paradigmático de cómo Sánchez ha normalizado a Vox cuando le ha convenido. El último fue hace apenas unos meses cuando la formación de Abascal se abstuvo en el decreto sobre los fondos europeo. «Quiero agradecer de manera muy expresa a los que han decidido ponerse a disposición de ayudar a su país», dijo ese día la vicepresidenta primera, Carmen Calvo. «Incluso el señor Abascal le da lecciones de responsabilidad y sentido de Estado», reprochaba Sánchez a Casado unos días después.

Pero la estrategia de utilizar a Vox ya había empezado antes. Y tiene su punto crucial en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018. El 16 de noviembre Vox publicaba su vídeo «Andalucía por España» en el que Santiago Abascal, acompañado por el torero Morante de la Puebla y un grupo de militantes, cabalgaba por una llanura con la música de ‘El señor de los anillos’. Y todo cambió. En el segundo debate electoral, no así en el primero, Susana Díaz, no paró de preguntar a Juanma Moreno y Juan Marín si pactarían con Vox.

Para desesperación de Teresa Rodríguez, que acusó a Díaz de «abrirle las puertas» a Vox: «No todo vale en campaña». En el CIS preelectoral la formación solo obtenía un escaño. Pero Sánchez construyó sobre ello sus incursiones en la campaña andaluza: «No dicen ‘no’ a pactar con Vox. Eso lo tienen que saber los andaluces antes de ir a votar». En aquella ocasión el juego no funcionó. Pero seguiría siendo el eje de acción de Sánchez hasta nuestros días.

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