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La inteligencia francesa alertó a la marroquí de que Gali se encontraba en España

París demuestra sus buenas relaciones con Rabat, y el aislamiento al que quieren someter al Gobierno de Argel

Desde su independencia en 1956, la relación de Marruecos con Francia ha sido privilegiada en todos los terrenos. París, por su parte, corresponde con una relación estrecha, en las antípodas de los traumas que quedaron tras su ruptura con Argelia. El terrorismo de origen argelino ha pesado siempre en el imaginario francés, primero el del Frente de Liberación Nacional y luego el de los yihadistas del FIS y sus ramificaciones, aún radiactivas en muchas ciudades francesas.

En 1956, un mes después del acuerdo suscrito con Francia, Marruecos también declaró su independencia de España, pero las relaciones entre los dos vecinos han sido tan estrechas como tensas y enrevesadas, por la cuestión de Ceuta y Melilla y sobre todo por el

 Sahara Occidental. Ese apoyo francés se ha manifestado siempre en el campo político, económico y militar. Y por supuesto, en el de la inteligencia. Un apoyo que París no ha dudado en ofrecer a Rabat durante esta crisis entre el reino alauí y Madrid desde la llegada de Brahim Gali. Fuentes consultadas por ABC revelan que fue la inteligencia francesa la que advirtió a Rabat que Brahim Gali se encontraba internado en un hospital español.

La noticia la publicó en exclusiva ‘Jeune Afrique’, que citaba fuentes del hospital en Logroño; pero fueron los servicios de inteligencia franceses los que pusieron esos datos en manos de ‘Jeune Afrique’. La publicación es un medio de referencia para el África francófona y se edita en París en edición digital y como mensual desde el año pasado. «Sólo después de tener esa información llamaron a Logroño para corroborar que estaba allí», explican las fuentes consultadas por ABC.

La revelación revela no solo las excelentes relaciones entre París y Rabat, sino también el momento crítico que atraviesan las del régimen marroquí con el de Argelia. Las peores, quizá, desde la llamada Guerra de las Arenas de octubre de 1963, poco tiempo después de que los dos países del Magreb lograran su independencia. Nadie cree que el conflicto llegue a desembocar en una guerra abierta entre dos de los ejércitos más poderosos del continente africano, por el elevado coste humano y económico que supondría, pero es revelador del nivel de enfrentamiento diplomático y mediático entre Rabat y Argel.

El episodio de 1963 fue en realidad un conjunto de escaramuzas con pocas víctimas, nacidas de la reivindicación marroquí sobre una pequeña porción de territorio argelino. El incidente –resuelto con rapidez con la mediación internacional– fue el detonante de un largo trayecto de desencuentros entre Rabat y Argel, que siguieron caminos muy distintos. En el plano político, Marruecos asentó su fórmula de monarquía absoluta, ilustrada y moderna, con un envoltorio de partidos políticos que rinden vasallaje al rey. Argelia, por el contrario, estableció un camino de república laica de corte presidencialista y autoritario, tutelada por la casta militar surgida de la revolución. Rabat se alineó con Occidente, Argel con el bloque soviético. Marruecos definió una doctrina militar basada en los planteamientos de la norteamericana –ejército profesional, móvil y moderno–, mientras Argelia imponía el modelo moscovita, fundamentado en el argumento de la superioridad aplastante en armamento.

Desde la salida de España del Sahara Occidental, la nueva manzana de la discordia entre los dos rivales magrebíes ha sido y sigue siendo el Frente Polisario, un movimiento revolucionario de raíces marxistas y nacionalistas, hecho a imagen y semejanza del argelino que se levantó en su día contra la metrópoli francesa. Tras su expulsión del Sahara, la dirección del partido y centenares de miles de refugiados recibieron el apoyo de Argelia, que les ofreció cobijo en una de las regiones más inhóspitas del planeta, Tinduf, en el desierto de piedras (la ‘hamada’).

La hostilidad entre Argelia –que utiliza la carta saharaui como moneda de presión– y Marruecos cobró una nueva dimensión en noviembre del año pasado, cuando Rabat dio dos golpes maestros. El primero fue el incidente de Guerguerat, cuando el ejército marroquí intervino en ese punto fronterizo de la zona tampón –creada a lo largo del Muro de separación levantado por Rabat– como respuesta a un ataque del Polisario que no dejó víctimas. El segundo, el reconocimiento por parte de la Administración Trump de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, un paso audaz en favor de Rabat que Biden no da muestras de querer revertir.

El posicionamiento de Estados Unidos en favor de Marruecos ha ido acompañada de otros éxitos de la diplomacia marroquí. Varios países africanos han abierto consulado en el Sahara, respaldando así la tesis marroquíes, que reivindican la antigua provincia española como territorio ‘histórico’. El precio a pagar por Rabat a Washington fue el reestablecimiento de relaciones diplomáticas con Israel, un tema tabú para los argelinos, que han visto en ese paso otra bofetada política.

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