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«La gente gritaba pidiendo ayuda, pero los gritos se fueron apagando»

Tres días después de la tromba de agua que arrasó Alemania y Bélgica, los vecinos de las localidades más afectadas buscan a sus familiares desaparecidos

La ciudad de Insul, una población de 475 habitantes en el distrito de Ahrweiler, está justo al lado de Schuld, el epicentro del desastre de las inundaciones. Cuando en la tarde del jueves comenzó a rugir el agua, Petra se acercó al puente para ver con sus propios ojos el nivel de la crecida. No se molestó en arreglarse mucho. Total, se trataba de ir y volver en un momento. Ni siquiera se prestó al gesto de coquetería habitual antes de salir de casa, esa fugaz revisión ante el espejo en la que solía también ponerse el anillo que heredó de su madre, de gran valor sentimental y sin el que no cruzaba la puerta. Ahora sabe que no volverá a ver ese anillo. Ni todo lo demás.

Todavía no había llegado al puente cuando la corriente arrancó de cuajo la estructura. Quedó atrapada, junto con otros vecinos, en la parte alta del pueblo. A medida que subía el nivel del agua decidieron refugiarse en el desván de una granja que les abrió sus puertas, en lo que sería el tercer piso de la vivienda. De allí pasaron al tejado. «Esa noche estaba segura de que íbamos a morir –relata ahora– ya no se escuchaba a las vacas, era evidente que se habían ahogado o que se las había llevado el agua. Y cada poco se escuchaba el crujido de algún muro que caía. Era cuestión de tiempo que nos tocase a nosotros».

Petra no llevaba encima su teléfono móvil cuando salió de casa. Otros vecinos sí, pero sus intentos de comunicación eran vanos porque la crecida se había llevado por delante los repetidores de telefonía y no tenían cobertura. Pasaron toda la noche sin hacerse una idea de la magnitud del desastre y, al amanecer, desde el tejado, pudieron ver que Insul apenas existía ya. «No se puede llegar más lejos aquí, ni siquiera a pie. Hay peligro de muerte», informa este sábado un bombero. El Ahr, habitualmente un riachuelo acogedor, se ha convertido en un torrente embravecido, con cinco veces la anchura que de costumbre.

Las casas que no están directamente en la calle principal han sido parcial o totalmente destruidas. «Por todas partes hay un olor a arcilla que cubre las calles, mezclado con aceite que se ha filtrado de los tanques en las bodegas», intenta describir Petra. Apenas queda huella del puente de piedra que unía Insul con Shuld. «Durante toda la noche, la gente en las casas, ahora derruidas o inhabitables, gritaba pidiendo ayuda. Muchos de los gritos se fueron apagando», revive a fogonazos las traumáticas horas de la crecida. Cuando se da cuenta de que las cámaras de televisión están grabando, se coloca un mechón rebelde y se avergüenza de su aspecto. La ropa que lleva puesta no es suya. No se ducha desde el jueves y no es capaz de levantar la mirada del suelo, de manera que cuesta entender lo que susurra: «Lo he perdido todo, mi ropa, todos los recuerdos, toda mi vida».

«No queda nada. Estamos ahora otra vez como al final de la Segunda Guerra Mundial», se lamenta Gerhard, de 78 años y vecino de Schuld, epicento del desastre

Petra es consciente, a pesar de todo, de que su caso es uno de los afortunados. La cifra de muertos sigue creciendo. En Insul, a cada número le sigue un nombre con sus apellidos, sus familiares y sus consecuencias. La historia de devastación de esta aldea se repite en toda Renania del Norte- Westfalia y Renania Palatinado. Las casas se han derrumbado, los puentes han sido arrasados y el suministro de energía y la red de telefonía aún no están restablecidos. Las tareas de rescate continúan, los supervivientes que perdieron sus casas peregrinan de alojamiento en alojamiento, recibidos por vecinos o en busca de la ayuda estatal, que tarde en llegar debido al corte sistemático de carreteras y puentes. Quienes todavía conservan sus viviendas las revisan en busca de objetos todavía utilizables y los políticos comienzan a aparecer por los pueblos para examinar los daños.

El Ministerio de finanzas ha anunciado que el gabinete de ministros del próximo miércoles aprobará la cuantía de las primeras ayudas. El banco de desarrollo de Renania del Norte-Westfalia, NRW.Bank, tiene ya disponibles préstamos con intereses al 0,01 por ciento. Para los particulares se aplica un programa de rehabilitación de edificios y para las empresas un préstamo universal de hasta 2 millones de euros. Los supervivientes hablan de estos asuntos entre ellos, tratando de evitar todavía las conversaciones sobre los vecinos muertos o desaparecidos. Se trata de un recurso psicológico, más que económico, pero en cuanto se apaga la tertulia monetaria, vuelven a mirar los escombros y a enfrascarse en los recuerdos del pueblo que quieren reconstruir y devolver a la vida de antes. Es una ilusión, pero ellos todavía no lo saben.

«Yo sé que si mi tía estuviera viva habría hecho lo posible por contactar. Las autoridades alemanas no me saben decir, pero en el corazón ya me he despedido de ella», afirma María Rosa Lescano

Solo algunos, como Gerhard, de 78 años, que recorre lo que hace solo unos días era su pueblo, son capaces de entender lo que está pasando. «No queda nada. Esto no volverá a ser como era. Nosotros, desde luego, no lo veremos. Estamos ahora otra vez como al final de la Segunda Guerra Mundial», va rumiando mientras informa sobre los datos que ha ido recabando. «El Rurtalsperre se ha desbordado. El embalse de Urft, aguas arriba del embalse de Rur, también se ha desbordado», va haciendo cuentas del desastre. La población de Schuld apenas asciende a 700 habitantes, es un pueblo en el que todos se conocen. Por eso Gerhard, cuando le preguntan por las víctimas mortales, no da cifras, sino un rosario de nombres y parentescos entre los que no acierta a diferenciar muertos de desaparecidos. «Los de esta casa son un matrimonio y estaban vivos el viernes de madrugada, porque su prima habló con ellos, pero ahora no se sabe dónde paran», continúa con su tétrica guía a través de las ruinas. «No se sabe si se los llevó una lancha de rescate o qué ha pasado con ellos, pero digo yo que si los rescataron habrían dado señales de vida de alguna manera», asegura.

Desesperación infinita

La desesperación de los familiares es infinita. Cientos de víctimas de las inundaciones, solo en estos distritos, siguen desaparecidas. En las redes sociales se han formado grupos de búsqueda y se publican fotografías de parientes que no aparecen. «Desaparecido: Gerhard Hübner (60) de Ahrweiler (Renania-Palatinado). Último contacto: miércoles por la noche. Buscado por: Christina Drothen (36 años, ama de casa)», reza uno de los anuncios junto a la foto en la que se ve cómo Gerhard se afanaba en preparar una barbacoa el fin de semana pasado. «Vi a Gerhard por última vez en su casa de Ahrweiler. Lo hemos echado de menos desde el desastre. No podemos salir de aquí y no sabemos si su casa sigue en pie», afirma un familia a través de las redes sociales.

«Mi abuelo vive en Bad Neuenahr en Weststrasse. Hablé con él por teléfono alrededor de las 10 de la noche del jueves. Quería irse a la cama con normalidad y no se sentía amenazado por el agua. Pero ahora toda la casa está llena de barro y no se puede llegar a nadie allí. Traté de llamarlo todo el día, una y otra vez. El cuerpo de bomberos tampoco sabe dónde está», pide ayuda Sandy Zimmermann, de 32 años y que trata de encontrar a Karl-Heinz Zimmermann, de 93.

«Julia vivía en un apartamento en el sótano en Bad Neuenahr-Ahrweiler, a solo 60 u 80 metros del Ahr. El jueves por la noche nos llamó alrededor de la una de la mañana para decir que se había refugiado con un vecino en el primer piso. Todavía pude escuchar al vecino gritar: “¡Viene el agua! ¡El agua está llegando! Entonces la llamada telefónica se interrumpió. No hemos sabido nada de ella desde entonces y no sabemos si la casa sigue en pie», dice Andrea Dillenburger, que busca a su hermana Julia, de 39 años y residente de Bad Neuenahr-Ahrweiler, en Renania-Palatinado. Antes de desaparecer, Julia contó por teléfono a su hermana, entre lágrimas, que estaba viendo pasar cuerpos arrastrados por la corriente, que algunos vecinos gritaban pidiendo ayuda sin que nadie pudiese acudir, que parecía el fin del mundo, que no se explicaban de dónde llegaba tanta agua…

Aida, de 74 años y originaria de Ecuador, vivía en Bad Neuenahr-Ahrweiler con su esposo Klaus desde 2005. A diario hablaba por teléfono con su sobrina María Rosa Lescano, que no sabe nada de ella desde el diluvio. «Yo sé que si mi tía estuviera viva habría hecho lo posible por contactar. Las autoridades alemanas no me saben decir y yo no entiendo bien la lengua, pero en el corazón ya me he despedido de ella», admite, y entiende que los llaman desaparecidos porque no se atreven a decir muertos.

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