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La condena interminable al naval de Ferrol

La falta de encargos en Navantia deja sin empleo a unos dos mil trabajadores de la industria auxiliar. La ciudad vuelve a sumirse en una crisis mientras espera que en 2022 puedan empezar a construirse las fragatas F-110

Los buzos de trabajo vuelven a estar colgados de las rejas del astillero. Sin nadie que los vista, sólo los mueve el viento. Su presencia advierte desde hace unos meses de que una nueva crisis se avecina sobre la comarca de Ferrol. La instalación, ideada por artistas de la ciudad para apoyar la lucha de los obreros, se colocó por primera vez en el año 2010. Desde entonces se ha convertido en un símbolo que vuelve a la ciudad cuando la actividad naval se para. Cada prenda representa cientos de empleos desaparecidos.

El pasado 20 de mayo partía del muelle 12 de Navantia Ferrol, el buque de aprovisionamiento Stalwart encargado por la Marina Australiana. Por delante tenía 35 días de navegación para llegar a las antípodas. Su marcha ha dejado a las gradas huérfanas de nuevos barcos y amenaza con desmoronar todo el ecosistema empresarial creado alrededor del astillero.

Lois Anxo Ferreiro es una de las primeras víctimas. Calderero de profesión, 56 años, dos hijos. Está en el paro. «A esta edad está difícil el tema de la recolocación», lamenta. Trabajador de las empresas auxiliares que aportan la mayor parte de la mano de obra a la factoría naval pública, se ha tenido que acostumbrar a vivir en la incertidumbre. Empezó a frecuentar las instalaciones de Navantia en el año 2000. En aquel momento se construían las fragatas F-100 para la Armada española. Había sido una época relativamente buena para una ciudad desde la que es difícil ver el mar, pero que siempre se ha alimentado gracias a su ría. En sus orígenes, Ferrol nació como puerto pesquero, pero en el siglo XVIII, Felipe V impulsó en la zona un arsenal militar y construyó los astilleros. La urbe pasó entonces a controlar los intereses marítimos de España en el Atlántico Norte, amenazados por Inglaterra.

Cuando el último de los buques de la clase Álvaro Bazán, los F-100, abandonó la ría, comenzó un letargo en la construcción de barcos. Ferreiro vivió el concurso de acreedores de una de las empresas para la que trabajaba, pero pudo ir recolocándose en otras compañías al compás de los encargos que iban llegando al astillero, como el flotel para asistir a los empleados de las plataformas petrolíferas de la mexicana Pemex o los buques para la marina australiana.

Volver a cortar chapa

El goteo de nuevos barcos nunca fue suficiente para que las instalaciones de Navantia pudiesen volver a funcionar a pleno rendimiento. Ferreiro confía ahora en que en las gradas del centenario astillero ferrolano se pueda volver a cortar chapa. Pero habrá que esperar al menos un año.

El Gobierno español ha encargado a la empresa pública otras cinco nuevas fragatas, la ansiada serie F-110. Supondrán una inversión de 4.235 millones de euros y diez años de carga de trabajo para unos 1.200 trabajadores de plantilla y 2.100 de las auxiliares. «La gente de mi edad podemos volver a un sitio donde ya nos conocen y tenemos experiencia, pero que nos contraten en otro sitio es ya más complicado», indica con cierta esperanza Ferreiro.

Las cinco nuevas escoltas polivalentes de 145 metros de eslora y 18 de manga habían sido prometidas por el Gobierno de Rajoy para 2017. Pero se incumplió la palabra dada. Los problemas para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado las fueron retrasando y hasta finales de 2018, ya con Sánchez al frente del Ejecutivo, no se firmó la orden de ejecución.

En las instalaciones de Ferrol, el departamento de ingeniería «no da abasto», explica Emilio García Juanatey, presidente del comité de empresa del astillero. Durante estos meses se ultiman todos los detalles de diseño para poder acometer la obra. Mientras, miles de trabajadores tendrán que esperar con los brazos caídos, acogidos a ERTEs o sobreviviendo con ayudas de apenas 400 euros mensuales tras agotar el paro.

«Hay unas dos mil personas fuera que han empezado a salir progresivamente desde hace año y medio, y eso significa sufrir una merma económica importantísima», explica Marcelino Amado, representante del sindicato CIG en Navantia Ferrol. «Está siendo muy difícil aguantar este tiempo sin actividad», corrobora Óscar Gómez, gerente del Clúster del Naval gallego, Aclunaga, que agrupa a la mayor parte de las compañías de un sector que factura 800 millones de euros anuales y emplea a unas 6.000 personas. «No sólo hay una importante pérdida de empleo, sino que muchas empresas están cerrando», indica Gómez. Las cifras de paro en una ciudad que a menudo se coloca en los primeros puestos de España vuelven a ser alarmantes. «Ya hemos sobrepasado ese valor del 24 por ciento que significa que mucha gente tendrá que emigrar», apunta Gómez. La historia se repite.

Una década en crisis

Cuando a finales de 2010 la última fragata F-100, bautizada como Cristóbal Colón, abandonó la ría, el naval ferrolano empezó a sumirse en una profunda crisis. Muchos operarios tuvieron que buscar trabajo fuera dejando a la zona sin mano de obra experimentada. «Cuando queramos retomar la actividad va a ser casi imposible», lamenta nuevamente el gerente de Aclunaga. Como el parón era previsible, desde hace meses la plantilla, las empresas auxiliares o la Xunta de Galicia piden al Gobierno de España que contrate un barco puente, de pequeño tamaño, para mantener la actividad. Pero el encargo ya ha sido desechado. «Reclamábamos el barco Galicia para mantener un mínimo de plantillas, un mínimo, no la cantidad necesaria para la nueva construcción. Así cuando llegasen las fragatas tendríamos a esas compañías más o menos con gente y que podrían empezar a trabajar ya», explica Amado.

En los muelles de Navantia están atracados actualmente tres gaseros que necesitan una puesta a punto. Las reparaciones son la principal actividad prevista para el próximo año, pero no absorben una gran cantidad de mano de obra. Según explican fuentes de la empresa pública, cada buque emplea a unos 500 trabajadores. «Durante este año, una parte de la plantilla directa va a quedar en subactividad, los soldadores están sin hacer nada», ejemplifica García Juanatey. Los sindicatos reclaman que se aproveche este periodo para ofrecerles una formación que les permita reciclarse de cara a los nuevos tiempos que se avecinan. «En el futuro va a haber poca gente que suelde, en Navantia van a soldar los robots», añade.

«En el futuro va a haber poca gente que suelde, en Navantia van a soldar los robots»

De forma paralela a la construcción de las fragatas F-110 la empresa pública ha previsto adaptar el astillero a la cuarta revolución industrial en la que la mano de obra humana está siendo paulatinamente sustituida por máquinas. Los buques serán los primeros en contar con un gemelo digital, una réplica del barco en 3D, que funcionará como avatar desde el que se puede visualizar el estado y condiciones de la nave a miles de millas de distancia.

La nueva serie de fragatas deberá servir para modernizar una factoría centenaria, que lleva años esperando por un nuevo dique. Por el momento no hay un compromiso firme de que vaya a ejecutarse. El sindicalista Marcelino Amado, de 56 años de edad, se acuerda de la construcción de la actual en la que trabajó su padre. Él tenía unos seis años entonces y, una década después, entró como aprendiz de electricista en el astillero. La generación anterior de ferrolanos, hoy ya jubilados, empezó incluso más joven a trabajar, a los 14 años. Entonces no sólo se construían barcos militares en las gradas ferrolanas.

Al otro lado de la ría, en el municipio de Fene, daba sus primeros pasos Astano, el astillero civil fundado en 1941. En la década de los 70 se botarían en sus instalaciones superpetroleros de más de 300 metros de eslora y 300.000 toneladas. Hasta 10.000 obreros acudían cada día a los talleres, y Ferrol era una de las ciudades más prósperas y modernas de toda Galicia. Hoy quedan tan sólo 80 empleados de plantilla directa en Navantia-Fene. El declive de Astano comenzó con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea y arrastró a toda Ferrolterra a una crisis de la que nunca más se ha recuperado.

Imposición europea

Europa exigía limitar la capacidad de construcción naval en el continente y demandaba a España el cierre de una factoría. El Gobierno de Felipe González sacrificó a Astano desatando la ira en la zona. Multitudinarias manifestaciones, quemas de neumáticos, cortes de carreteras o huelgas se sucedieron en una ciudad en la que una frase se convirtió en icónica. «Could you tell me why Astano non fai barcos?» (¿podría decirme por qué Astano no hace barcos?), pintó alguien en un muro. Nadie entendía una condena que duró 30 años. El veto a la construcción naval se mantuvo hasta el 1 de enero de 2015. Pero desde entonces ninguna nave nueva ha empezado su singladura desde Fene.

Los países asiáticos, primero Japón, luego Corea y ahora China, se hicieron los dueños del mercado civil y Navantia quedó relegada. La esperanza para las instalaciones está puesta en la eólica marina. Desde la autopista por la que se accede a Ferrol pueden contemplarse cuatro enormes estructuras metálicas amarillas que igualan en altura la emblemática grúa pórtico de Astano, de 74,5 metros de altura y que recientemente ha recuperado el color verde de sus orígenes. Son los denominados ‘jackets’ que sustentarán a los molinos de viento que Iberdrola prevé instalar en el parque de Saint-Brieuc en las costas de la Bretaña francesa. En total se fabricarán 62 unidades por valor de 350 millones de euros. Es el mayor encargo de estas estructuras acometido hasta la fecha, en un sector en el que Navantia ha logrado colocarse como líder europeo. «La eólica marina es muy importante, pero no es tan intensiva en necesidad de trabajadores como la construcción de barcos», explica Emilio García Juanatey. Frente a los 10.000 empleados de hace treinta años ahora trabajan apenas 600, entre plantilla directa y de las auxiliares.

Como en tantas otras ciudades de lo que se conoce como mundo occidental, el abandono de la actividad industrial ha pasado factura en la vida cotidiana. Emilio García Juanatey llegó para estudiar ingeniería a la Facultad ferrolana procedente de la localidad coruñesa de Carballo. «Entonces había unos 90.000 habitantes, ahora no llegamos a 70.000», explica.

La pérdida de población se deja ver en el urbanismo de una ciudad en la que se cree nacieron las típicas galerías de las casas gallegas. Inspirados por las construcciones de popa que se realizaban en los navíos del siglo XVIII, algunos arquitectos las adaptaron a los edificios terrestres para protegerlos de las inclemencias del tiempo. Muchas de ellas languidecen ahora ruinosas en un Ferrol que, sin embargo, conserva el encanto y la autenticidad que concede la decadencia.

Durante décadas, los intentos de diversificación económica y reindustrialización han fracasado. A la subactividad de sus factorías navales se sumó, además, el abandono paulatino de las instalaciones militares de la Marina. Hace tiempo que los ferrolanos se sienten abandonados por las administraciones que han presentado planes para la zona, que o bien fracasaron, o bien nunca llegaron a materializarse. «Se han olvidado de las comunicaciones de Ferrol durante años», lamenta Óscar Gómez, gerente de Aclunaga.

«Hace poco se anuló el único autobús que iba a Coruña los fines de semana», ejemplifica, para denunciar que es imposible intentar atraer población a la zona. A finales de abril, la Xunta de Galicia volvía a proponer un pacto de Estado para la recuperación y transformación de la comarca. Entre los trabajadores de Navantia la historia resuena en la memoria. «No se fue capaz nunca de diversificar, es una asignatura pendiente en esta comarca que hace que el naval siga siendo imprescindible», explica Marcelino Amado.

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