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LA BATALLA CULTURAL: IMAGEN PROFUNDA

No es tan fácil como a-parece o se hace mostrar. En el análisis político, en todo el panorama internacional, se acepta la idea de que la izquierda ha ganado la batalla cultural…que, de hecho, la tenía ganada desde el principio. Sé lo que quieren decir con esto, pero hay matices que no están considerando…

Para empezar, y como en algunas otras ocasiones he mencionado, la batalla cultural es secundaria; la batalla que se está librando es más fundamental: la de hacerse con las riendas del discurso del “es”. En esa incesante y decadente manía del ser humano por hacerse por la verdad y hablar desde ella, tanto más insistente cuanto más caída sea esta humanidad (entiendo por “caída” la sustracción de todo límite posibilitante), hacerse con las reglas del discurso posibilita hacer el ser desde tu voluntad y parámetro. Dicho de otro modo, verdad será lo que el criterio convenga que es, pero ¿qué criterio mide y estipula el criterio mismo? Pues la regla del discurso, la que organiza y confiere ser o no ser, realidad o ficción.

En el mundo de las nuevas realidades cibernéticas, la robotización, la simulación y la estereotipación de la conducta y el pensamiento, el juego que se abre entre ambas dimensiones es complejo, y todo parece indicar que el movimiento consiste en extrapolar el poder del criterio que rige verdad en las ciencias naturales al ámbito de las ciencias humanas de inspiración marxista a través de la nueva normatividad de lo performativo, sirviéndose de las nuevas dimensiones mencionadas a medio ser entre lo real y lo ficticio.

Parecer y aparecer son los dos ejes en torno a los cuales se desarrolla la nueva conciencia performativa sobre lo real desde el delirante sueño del progreso ilimitado. Así pues, por un lado, ser es parecer: esto implica reafirmar identidades colectivizadas, estereotipos a fin de cuentas, ya sean nacionales, raciales, sexuales, de género…. Por otro lado, y simultáneamente, ser es también a-parecer, es decir, ser es existir para el otro, por lo que se sitúa lo común por encima del invididuo, o sea, socialismo en su vertiente fundamental, marxismo antropológico.

En ambos casos, lo que merma es la libertad, porque reduce la preeminencia ontológica del individuo que posibilitaría la realización de su ser en clave de dominio de sí y profundidad vocacional. Parecer y aparecer impiden un trato con el ser y la verdad en clave personalista, el cuidado de la experiencia propia como vida única e irrepetible, libertad para ser desde esa experiencia; y, frente a ello, se instauran modelos antropológicos materialistas que hacen del individuo una minúscula pieza en un engranaje mayor del que obtiene todo el sentido existencial, pues le precede, quedando así sujeto y bien definido en la masa  empoderada que los discursos socialistas llaman “pueblo”. Cualquier trato con la verdad en otros parámetros es entendido como fascismo, el anti-pueblo.

La batalla consiste en hacer de esto ciencia, pues es la batalla del discurso la que efectivamente se ha ganado en una pugna contra el personalismo de la cristiandad, el liberalismo y los planteamientos de la trascendencia. Si uno entiende la cultura como fenómeno de masas, sí, esa batalla la ha ganado la izquierda; pero de hecho se trataría de la cultura oficial, que sería la que de verdad es cultura porque se ajusta al discurso que así lo estipula; cualquier otra manifestación espiritual del hombre será contracultural. Sé que es complejo pero si examinamos en qué consiste el andamiaje conceptual de la nueva izquierda en esta batalla cultural, fácilmente se observa que básicamente es un delirio de mantras, eslóganes y pancartas. Oficialmente es victorioso, sin duda, a-parentemente lo es, pero la fuerza expresiva de esta victoria viene a mostrar que los mensajes no están realmente recapacitados, reflexionados, meditados con y desde el temple de ánimo sosegado que un asunto de tal índole merece… No hay un ápice de tensión intelectual, que es algo inherente en todo pensamiento auténtico, sino autocondescendencia, reafirmación repetida re-afirmación en lo “ya dicho” sobre “lo ya dado” como lo que sin duda “es”.  Llaman “pensar” a lo que meramente es “reproducir”, de modo que nuestra época agoniza porque le falta un enigma intelectual… y sin embargo, adolece de saturación de verdad y realidad, repetida por anancasmo tantas veces como exija la instauración de un presente absoluto desde el que medirlo todo, incluyendo los ciclos históricos pasados, como, de hecho, ya están haciendo (revisionismo).

Siendo esto así, realmente la batalla cultural en el fondo no la está ganando la izquierda, aunque lo parezca y así aparezca; porque si bien la izquierda ha logrado hacerse con el poder de la imagen, la derecha está puliendo el logro de la profundidad, que por cierto le faltaba durante los años 90. Además, la derecha se está volviendo compleja, existe una heterogeneidad en el seno de su discurso desconocido en tiempos pasados, mientras que en la izquierda, al revés, se ha simplificado al homogeneizarse.

En conclusión, se están invirtiendo los roles de la cultura y la contracultura. La victoria a-parente de unos es la victoria de fondo de otros. No os quepa duda que pronto veremos una nueva saga de artistas, pensadores y poetas marginales que serán anti-sistema porque no siguen la línea discursiva de los vencedores performativos de la nueva izquierda. Y no olviden: ellos siempre son los que abren mundo justo porque en vez de reproducir, dicen.

Sin embargo, como os contaba, la contienda es de dimensiones colosales. Esto es un asunto internacional, la izquierda está batallando (literalmente batallando) para hacerse con las riendas del discurso. Prestad atención cómo en todas partes se apela a la ciencia para legitimar el enfoque de sus políticas… Es importante lograr que éstas tengan el status “científico”…Se trata de extrapolar tal status, hasta hoy vigente en las ciencias naturales, al ámbito de las ciencias sociales (economía, sociología, publicidad) y  humanas (historia, pensamiento, arte…). El puente para hacerlo es evidente: un virus (biología, medicina) que condiciona la vida social y hace necesario que el gobierno lo regule todo, pues la circunstancia justifica esta intromisión. Ni que decir tiene que hoy es el virus, mañana será el género o el calentamiento global.

De hecho, ya se habla de “negacionistas” en todos estos ámbitos, no sólo en el sanitario.  Es la construcción de un nuevo Leviatán, un aparato de captura que extiende sus dominios desde nuestros genes hasta las estrellas, algo así como un transhumanismo sideral.

La consecución del carácter científico de un discurso político y económico es el mayor logro para cualquier grupo de interés público porque poseerlo dejaría fuera toda alternativa, toda discrepancia. Lo científico se instaura como verdad definitiva. El propio Marx ya lo sabía y todo su materialismo histórico está ideado en esa dirección… Décadas después Foucault lo llamó “voluntad de saber”: quien se hace con el discurso científico, se hace con las reglas del discurso en sí mismas, las cuales estipulan qué es realidad, qué es posible, qué merece la pena de ser considerado y qué es/hay… Quien se hace con el discurso, se hace con el poder. Lo que queda fuera del discurso carece de verdad, de interés, de ser..Lo que no se adapta a la nueva normatividad (ahora científicamente constatada) se convierte en ridículo, no es digno ni de consideración…Es mera opinión, pseudociencia, ignorancia.

¿No véis cómo tratan en todas partes de despojar de racionalidad, capacidad analítica y crítica a quienes proponen enfoques distintos? “Negacionistas”, dicen.  Recuerdo cómo hace meses, Echenique se auto-agenció en el Congreso ser la continuación del espíritu ilustrado y científico, arrojando cualquier otro enfoque a las tinieblas de la ignorancia, superstición, dogma y fanatismo…a la irrealidad, el fascismo perenne. Ellos son LA verdad. Literalmente la están proclamando o fundando… el tema es más serio y grave de lo que parece.

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