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La ‘baraka’ se desinfla para Sánchez

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La salida de Iglesias y la crisis de Podemos comprometen al Gobierno y añaden incertidumbre al futuro de la coalición. Los fallos de estrategia forzarán a Sánchez a dar un nuevo enfoque electoral al PSOE, que ha visto acentuado su desgaste

Si los resultados electorales de Madrid confirman una cómoda gobernabilidad de la derecha, Pedro Sánchez se verá necesariamente abocado a modificar su estrategia de legislatura y a improvisar nuevos enfoques para su propia legislatura. Sánchez, y no Ángel Gabilondo, será el principal damnificado si el PSOE obtiene, como prevén los sondeos, su peor resultado histórico en esta autonomía. Y aun obrando el milagro demoscópico de que la izquierda llegase a gobernar Madrid, en el PSOE se ha instalado la percepción de que es imprescindible preparar un cambio de fase política… De que el sanchismo está en un punto de inflexión de marcado desgaste.

Las alianzas de Sánchez con sus socios parlamentarios, la propia coalición de gobierno con un Podemos

en declive de liderazgo, los errores de gestión de la pandemia, la utilización de La Moncloa como una agencia oficial de propaganda, y la caducidad de los eslóganes de aquel ‘gobierno bonito’ con el que llegó a La Moncloa tras la moción de censura en 2018, han empezado a fallar consecutivamente. Por primera vez desde que regresó a la secretaría general del partido, hay indicios claros de que Sánchez se desgasta y su credibilidad se debilita, y de que su discurso para radicalizar al ciudadano como recurso para superar sus fases de crisis no surte el efecto de antes. La fábrica de ideas se agota, y en La Moncloa se impone el reciclaje mental.

El fiasco de las mociones ha reforzado al PP

Meses atrás, Sánchez inició discretamente un acercamiento a Ciudadanos. A Inés Arrimadas le interesaba huir de la toxicidad que le producía ser una subalterna del PP que empezaba a sobrar en la escena política; y a Sánchez le interesaba una alternativa para salvar, cuando fuera necesario, los chantajes del independentismo catalán, y conservar con éxito la ‘aritmética variable’ de su mayoría parlamentaria. La pandemia forzó a Sánchez a poner los huevos en distintas cestas. Era un movimiento ‘win-win’ con criterio de oportunidad. Todo ese proceso minuciosamente diseñado desembocó hace poco más de un mes en la fallida operación para arrebatar al PP su poder autonómico en Murcia, Castilla y León y, sobre todo, Madrid convertida en la pieza esencial y simbólica de Sánchez: él sería quien recuperaría Madrid para la izquierda 26 años después.

Gestionado directamente desde La Moncloa, ese proceso fue un fiasco demostrativo de que la infalibilidad política atribuida a Sánchez, y la aparente solidez estratégica de sus gurús y asesores, no son tales. Lejos de debilitar al PP, esa operación lo ha reforzado y está fulminando a Ciudadanos. Justo lo contrario del efecto deseado. Pero en clave interna socialista, el fracaso también está dañando esa pretendida capacidad omnímoda de Sánchez, al punto de que ahora empiezan a discutirse algunas de sus decisiones tácticas incluso dentro del PSOE.

Estrategia dubitativa con repercusión nacional

En segundo lugar, a Sánchez empieza a fallarle la potencia de fuego de su estrategia. Le ha fallado la eficacia de sus terminales mediáticas para controlar la campaña madrileña imponiendo un orden del día que la derecha le ha arrebatado. El efecto deseado de fragmentar a la sociedad en bloques ideológicos y emocionales en permanente tensión se está frustrando con la eliminación de Cs de la ecuación. Con tres partidos a la derecha del PSOE, no hay opción alguna de gobierno para el PP. Con dos en cambio, PP y Vox, la proporcionalidad de la Ley D’Hondt altera el panorama. Y hoy hay quien empieza a hacer cábalas: si esos partidos sumaran en unas generales un 45% de los votos, tendrían prácticamente garantizados los 176 escaños necesarios para una investidura.

Unas hipotéticas elecciones generales están aún lejos. Pero una catástrofe de la izquierda el 4-M amenaza con convertir en imprevisible cualquier pronóstico en un país que se está acostumbrando a los manotazos virulentos en el tablero político y a las sorpresas. De hecho, diputados de distintas bancadas y partidos se atreven a elucubrar sobre las consecuencias del golpe electoral que Sánchez pueda sufrir en Madrid, y que maneje la opción de convocar elecciones generales en otoño o en primavera. Antes, en cualquier caso, de que el desgaste por la gestión de la recesión económica sea irreversible, y quede abocado a un final de legislatura similar al vivido por Rodríguez Zapatero entre 2010 y 2011. Más aún, en el PSOE empieza a ser común el diagnóstico de que buena parte de culpa del suicidio asistido de Cs es de Sánchez y de un serio error de cálculo.

El PSOE no recupera votos de Podemos

A Sánchez también le ha empezado a fallar su teoría de que ‘normalizar’ o ‘resocializar’ a Podemos con cargos institucionales dentro de un gobierno de coalición terminaría con la progresiva absorción del electorado de Pablo Iglesias. Si la coalición no tenía solo por objeto alcanzar La Moncloa, sino desactivar a Iglesias y recuperar al votante más radical fugado años atrás, Sánchez solo está logrando el primer objetivo. En los comicios de Galicia, del País Vasco, de Cataluña, y ahora en Madrid, esta teoría se está viendo desmontada porque el electorado más extremo retorna a la abstención, y no al PSOE. Además, Madrid puede acelerar los tiempos para resolver la incógnita de qué momento de la legislatura elegirá Podemos para romper su alianza con el PSOE y reorientar su estrategia o refundarse, con o sin Iglesias al frente.

Sin vacunas y con plan oculto para Europa

En cuarto lugar, le falla la ‘chaqueta presidencial’. Sus técnicas de propaganda dejan de ser creíbles. Ha vencido la recuperación del desgaste de la pandemia a dos factores, la vacunación y los 143.000 millones de euros de fondos europeos, pero los tiempos no se están cumpliendo. Apenas se ha vacunado totalmente a un 9% de los españoles cinco meses después de llegar la primera dosis a España, y Europa exige reformas fiscales, laborales y en pensiones contrarias a su ‘gobierno de progreso’. De ahí el oscurantismo al respecto.

Estigmatizar a la derecha ya no funciona

Y le ha empezado a fallar la técnica electoral: los cordones sanitarios contra la derecha, y el azuzamiento del voto del miedo a un supuesto fascismo solo ha conseguido rearmar un sentimiento de pertenencia desacomplejada a la derecha de una parte sustancial de la sociedad. Lejos de disgregarla más aún aprovechando el cainismo de la derecha, la está rearmando poco a poco con sus errores. Si a ese factor se añade que el PSOE está sumido en una profunda crisis de liderazgo en un caladero de votos crucial como Andalucía, y que en Madrid el partido está llamado a una renovación absoluta, y que en Cataluña parece irrelevante en la conformación del nuevo Gobierno, las dificultades se le multiplican a Sánchez. Aquella ‘baraka’ de Zapatero –la suerte de un estado de gracia permanente-, reencarnada en Sánchez desde 2018, se empieza a desvanecer. Sus gurús empiezan un proceso de reinvención.

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