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José Luis Ábalos, el ministro que optó por seguir como fontanero

Contrapeso del aparato socialista a la ‘factoría Redondo’, muñidor de la moción de censura que convirtió a Sánchez en presidente, concibió su labor ministerial como un instrumento para mantener el control territorial sobre las federaciones del PSOE

Uno de los últimos nombramientos firmados por José Luis Ábalos (Torrente, Valencia, 1959) al frente de su ministerio ha sido el del dirigente socialista de Silla Francesc Romeu como consejero de Puertos del Estado. Fue en una resolución del pasado 17 de mayo, cuando Ábalos, con la cabeza ya en otras cosas, acreditó su inveterada querencia por premiar la fidelidad de los que ha venido teniendo por suyos durante los tiempos de plomo, que para el aún secretario de Organización del PSOE se hicieron muy largos. No pocos de sus enemigos íntimos en Ferraz -que los tiene- expresaron entonces cierta comprensión sobre la idoneidad de Romeu para el cargo: «Al menos es abogado y ocupó un escaño en el Congreso;

no como Koldo…».Ábalos deja un balance poco relevante como titular de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, propio del que concibió desde el minuto uno su poder institucional como una herramienta dirigida a hegemonizar territorialmente el partido (en realidad, de imponer el rodillo sanchista), al estilo de lo que intentó en su época José Blanco con el zapaterismo invocando, nada menos, que la figura de un socialista realmente genuino: Indalecio Prieto.

Las difíciles circunstancias familiares por las que atraviesa convierten en verosímil la idea lanzada por su entorno de que, más que ser destituido, Ábalos ha decidido marcharse. Pero, previa a esa presunta voluntad más que plausible, lo cierto es que su figura ha ido experimentando una transformación descomunal hasta quedar sepultada por una montaña de estereotipos capaces de opacar sus innegables cualidades de fontanero político: resucitador real del Sánchez defenestrado -al que diseñó su tour de reconquista de la secretaría general-, negociador principal de la primera moción de censura que cristalizó en la historia de España y cancerbero del aparato socialista frente a la factoría Redondo, al que siempre dispensó un trato displicente. Son solo algunos de sus casos de éxito que, inevitablemente, contrastan con episodios de indudable torpeza política movidas por una lealtad sin filtros a quien decidió servir como vasallo a cambio de abandonar el ostracismo para gozar, después de tanto años, de una etapa de esplendor público con la que ni siquiera soñaba.

Una noche en la ópera

A Koldo García Izaguirre, su hombre de confianza, Ábalos no solo lo nombró con dudosa motivación consejero en Renfe: también le cedió como vivienda su modesto apartamento en el centro de Madrid adquirido en su época de diputado en el Parlamento. La instrucción de Moncloa de que debía reunirse en Barajas con la ministra de Maduro Delcy Rodríguez le sorprendió asistiendo a una ópera en el Teatro Real de Madrid: no dudó en marcharse -acompañado por el inevitable Koldo- camino del aeropuerto sin presenciar el último acto de la representación. Después, se enmarañó en una serie de explicaciones imposibles que acabaron empeorándolo todo.

A partir del llamado Delcygate, el hoy ministro cesado prohibió a su equipo replicar a lo que consideraba «ataques personales» de algunos medios de comunicación. Así quiso zafarse de la polvareda levantada por el fin de semana que pasó en Canarias con su familia en plena crisis migratoria en el archipiélago. Poco antes, Ábalos se quejaba del acoso recibido, por él y su familia, a las puertas de su residencia ministerial. Demasiado desgaste; demasiadas torpezas para alguien que, en el principio de los tiempos, quería ser, más que otra cosa, ministro del Interior. El colofón, junto a su desahogo respecto a las funciones del Tribunal de Cuentas, ha sido su significada defensa de los indultos para los sediciosos del ‘procés’ sin reparar en que su imagen, y sobre todo su talante, no encajan precisamente en esta suerte de sanchismo 2.0 estrenado ayer.

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