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Gay Talese: «Hoy no podría escribir ni una palabra en la prensa»

Representante por excelencia del ‘Nuevo Periodismo’, el célebre reportero reflexiona desde Nueva York sobre su incomodidad con la sociedad del siglo XXI: «Estoy desconectado de la corrección política»

«Que sea con Hendriks, ¿eh?», advierte Gay Talese cuando instruye al camarero cómo quiere su martini antes de la cena. «Sin hielo, sin hielo», le corta antes de que llegue la pregunta, desde un pequeño reservado del restaurante Isle of Capri, en el Upper East Side de Manhattan.

Talese es un habitual del local y una leyenda viva fuera de él. Fue artífice sin buscarlo del llamado ‘Nuevo Periodismo’, con Tom Wolfe, Joan Didion o Truman Capote, porque se fijaba en lo que otros despreciaban y escribía con la precisión de un orfebre. Algunos de sus artículos y libros son joyas a medio camino entre el periodismo y la literatura que se estudian en las universidades.

Acomodado en su mesa favorita, con el sombrero Panamá descansando en otra silla, tamborilea con sus dedos huesudos en la base de la copa de martini. Tiene la apariencia de un patricio venerable, un ‘dandy’ imposible de desaliñar. Es una noche sofocante en Nueva York, de esas en la que sobra hasta el reloj. Talese solo ha indultado al chaleco de un traje crema y no ha aflojado un punto la corbata roja con estrellas blancas. La pandemia tampoco ha trastocado sus planes: «No he dejado de ir a los restaurantes todo este tiempo. Mis amigos huyeron de la ciudad como de un nido de avispas. Ahora me llaman para quedar y me produce desprecio».

Pero Talese también es un animal acorralado. Por la tecnología -abre la chaqueta ribeteada para enseñar un forro donde no hay rastro de teléfono móvil-, por la edad -cumple 90 años el próximo febrero- y por los tiempos.

«Me siento muy fuera de lugar, muy fuera del siglo XXI», reconoce. «Me quedé en la mitad del siglo XX». Talese, un verso libre, lenguaraz, inconformista, inclinado a llevar la contraria, rompe los platos por donde va en el clima identitario que domina a las élites culturales de la costa Este. Se ha metido en escándalos y su último libro, ‘El voyeur del motel’ (2016), fue cuestionado.

-Señor Talese, gracias por acceder a esta entrevista.

-Pero no entiendo el motivo, no soy noticia. No acabo de publicar un libro. ¿Cuál es el interés?

-El interés es usted.

-Ah, bueno, pregunte entonces.

Pero no permite que eso ocurra, porque las preguntas siempre vienen primero de él. De forma irremediable, Talese arranca cualquier conversación con una ametralladora de interpelaciones sobre la vida personal del que tiene enfrente. Deformación profesional de un tiburón de historias, que mira siempre al otro lado de lo noticiable, que se interesa por los personajes secundarios, por las tramas desconocidas. Como cuando la conversación llega al tenis, uno de las aficiones favoritas de Talese. «Jugaba de forma regular hasta hace cuatro años, pero me destrocé el hombro», dice el periodista en la semana en la que Rafael Nadal se entregaba en Roland Garros para caer con Novak Djokovic en una semifinal histórica. Talese se entusiasma con el tenista español: «En lo mío, quiero ser como él, demostrar que puedo salir ahí y pegar bolas».

¿Nadal tiene mujer?, pregunta de manera intempestiva.

-Sí…

-¿Desde hace mucho?

-Sí, lleva muchos años con su pareja, es de su mismo pueblo.

-¿Tienen niños?

-No.

-¿Pero están casados?

-Sí, se casaron hace un par de años.

-¿Pero qué tipo de mujer es? ¿Es como la de Federer, que cada vez tiene más niños y le sigue en todo el circuito?

-Ella va a los grandes torneos. Es una persona muy discreta.

-Ah…

La discreción de Mery Perelló ilumina los ojos de Talese, pendiente siempre del que está en el plano oscuro. «Los periodistas siempre están en búsqueda de gente noticiosa, relevante. Pueden ser atletas, políticos, actores. Quieren figuras públicas. Yo quiero figuras privadas», explica.

Los encontró en los trabajadores anónimos del puente Verrazzano, que une Brooklyn y Staten Island, y que sacó a la luz en su libro ‘El puente’ (1964); o en los mafiosos de la familia Bonanno de ‘Honrarás a tu padre’ (1971); o en las decenas de perfiles de personajes neoyorquinos que retrató en sus años en ‘The New York Times’. También incluso cuando el protagonista tenía más nombre que nadie: la revista ‘Esquire’ le encargó un perfil de Frank Sinatra y Talese le persiguió durante meses sin poder hablar con él. Pero pergeñó un artículo de todo lo que está detrás del personaje -‘Frank Sinatra tiene un resfriado’ (1966)- considerado el mejor perfil de la historia del periodismo.

Anuncia que está trabajando en un nuevo libro, que llevará por título ‘Bartleby and Me’, una referencia a ‘Bartleby, el escribiente’, un relato de Herman Melville con un protagonista sombrío, extraño. Será una colección de personajes anómalos con los que Talese se ha cruzado en su rastreo de la vida neoyorquina, entre famosos en Elaine’s y poderosos en Club 21, pero con el interés puesto ni en los unos ni en lo otros. Aparecerán desde un escritor de obituarios hasta un médico que prefirió dinamitar su propia casa -con él dentro- antes que darle la mitad a la mujer de la que se había divorciado.

«Escribo como un sastre», ha dicho alguna vez Talese, que trabaja de forma religiosa cinco horas al día. Lo hace en el sótano de su casa, rodeado de cajas con documentos y notas de sus proyectos. Escribe a mano en cuadernos de hojas amarillas, que corrige y retoca hasta la extenuación. «Escribo y escribo hasta que creo que he acabado una frase, o hasta que creo que esa frase ha acabado conmigo»; ha explicado en alguna ocasión. Después, las teclea en su ordenador. En los últimos días se pelea por redactar la escena en la que conoció al doble de Sinatra. Ha acabado tres páginas en cinco días. «Lo que yo escribo quiero que sea más que claro, transparente. Que sea tan perfecto y tan fluido que parezca fácil. Lo más difícil es que algo parezca fácil», dice.

-Quiero preguntarle algo sobre la prensa…

-Oh, no me saques eso, no me hagas hablar de la prensa…

-Como están las cosas con el discurso identitario… ¿podría trabajar en ‘The New York Times’ igual que lo hizo al comienzo de su carrera?

-No me aguantarían ni cinco minutos. ¿Estás loco? No podría escribir ni una palabra. No me publicarían.

-¿Está equivocado usted? ¿Está equivocada la prensa convencional de hoy?

-Estoy tan desconectado de esta corrección política, tan desconectado de todo eso.

-Se ha metido en líos en los últimos años por decir algunas cosas…

-Sin duda, y en más me habría metido si hubiera tenido más oportunidades de trabajo.

-¿Se controla, se autocensura alguna vez?

-No, nunca.

Mientras Talese sigue con sus zapatos ingleses de suela dura clavados en el mismo lugar, el periodismo se ha movido lejos de él. Cuenta que hace un año dijo en un programa de la cadena MSNBC que Trump era el hombre más famoso del mundo. «También lo fue Muhammad Ali, en los dos casos es verdad. No me volvieron a invitar».

Talese venía marcado por un par de incidentes anteriores. En la gala de la Biblioteca de Nueva York de 2017 le preguntaron por una reciente acusación de agresión sexual contra el actor Kevin Spacey. Respondió que los acusadores deberían «aguantarse de vez en cuando» por cosas que pasaron hace muchos años. Pero para entonces ya había muchas acusaciones similares contra Spacey y su declaración causó revuelo, con el caso de Harvey Weinstein muy fresco. «Yo no lo sabía», dice sobre las multiples acusaciones contra Spacey. «Fui un estúpido, no digo que no tenga culpa, tenía que haberlo sabido», reconoce ahora, pero critica al periodista que se limitó a sacar la cita de su comentario sin proporcionarle un contexto más completo. «Yo nunca he buscado hacer eso con una fuente», asegura. Aquello le costó, además del escarnio público, que no volvieran a llamarle para los seminarios que solía dar en la Universidad de Yale.

Un año antes, en una charla en la Universidad de Boston, le preguntaron qué mujeres periodistas le habían influido. «Ninguna», contestó él. «Pero es que en ese momento yo contesté sobre quiénes me influyeron en mi etapa formativa, cuando tenía 17 o 18 años», explica ahora. «Y yo quería ser un periodista deportivo. No estaba interesado en ser un poeta. No pensaba ser el próximo Marcel Proust».

Talese tuvo que aclarar después que a él le gustaban muchas periodistas contemporáneas y citó a varias, como Katie RoipheNora Ephron o Larissa MacFarquhar. Eso no aplacó las críticas. Sobre todo cuando, poco después, se conoció otro episodio de ese mismo día. En el auditorio y en la recepción que se celebró después estaba Nikole Hannah-Jones, estrella -entonces emergente- del periodismo estadounidense y creadora algunos años después del ‘1619 Project’, una serie de trabajos periodísticos que reformulan la historia de EE.UU. desde el punto de vista de la esclavitud de la población negra y sus consecuencias (1619 es el año en el que llegaron los primeros esclavos africanos al territorio del actual EE.UU.).

Hannah-Jones, una de las voces más influyentes en los medios sobre discriminación racial, había sido contratada hacía poco tiempo por ‘The New York Times’. Talese, en su estilo inquisitivo habitual, le preguntó si era de la plantilla del periódico y cómo había conseguido el trabajo. «Se ofendió», cuenta Talese. «Como si yo le hubiera preguntado por cómo una mujer negra como ella había conseguido el trabajo. No, no, no. Luego dijo que yo le había dicho algo de que si se iba a hacer las uñas. Gilipolleces».

-¿Hay racismo en EE.UU.?

-Por supuesto, EE.UU. es un país racista, no estamos en posición de predicar a nadie. Y no hemos ayudado a ningún otro país desde el plan Marshall.

-¿También aquí en Nueva York?

-La diferencia entre el racismo en el Sur y en sitios como este es que en el Sur son honestos sobre ello.

-Los demócratas, que dominan las élites de esta ciudad, hablan sin embargo todo el tiempo de ello.

-Los demócratas son unos mierdas y lo digo yo que soy demócrata. He vivido en esta ciudad desde 1956, en el mismo jodido edificio, a una manzana de aquí. La ciudad no ha cambiado. Es racista. En esta zona no ha vivido gente negra en todos estos años. Y ahora nos ponemos a hablar de racismo, racismo, racismo… Gilipolleces. Lo que pasa es que la gente blanca no quiere renunciar a nada.

-Hay inquisidores listos para cualquiera que se mueva un centímetro…

-Torquemada está vivo y coleando. La cultura de la cancelación trata de controlar cualquier expresión que nos recuerde lo racistas que somos, lo injustos que somos y lo que nos importa mantener el ‘statu quo’. Hay una especie de juego en el lenguaje, que nos domina sin nosotros saberlo y que deja las cosas como están.

-¿Cómo se puede avanzar frente al racismo?

-Yo empezaría por dos cosas: eliminar los colegios privados y recuperar el servicio militar obligatorio. Solo con eso se avanzaría mucho, pero los jodidos blancos no lo harán. Después está el racismo urbanista, que domina Nueva York y el resto de ciudades: no quieren gente pobre en sus barrios. Las élites de aquí dicen: «Yo te organizo un acto recaudatorio para Barack Obama en los Hamptons, e invito a un montón de jugadores de baloncesto y actores negros. Pero, por el amor de Dios, que esa gente no viva junto a nuestra casa en la calle 61». Cada día ponemos a una persona negra en la portada de ‘The New York Times’, le damos un papel protagonista en una película o le otorgamos un Pulitzer. Sacrificamos eso a cambio de que no vivan con nosotros, los mantenemos a distancia. Ocurre lo mismo con otras minorías o con los transgénero. Nosotros, el ‘establishment’ blanco en el poder, queremos pasar por justos e igualitarios. Pero lo que hacemos es que no cambie el ‘statu quo’, mantener el estado de privilegio.

-Describe una sociedad hipócrita…

-Es rampante, la hipocresía es rampante. Da igual Joe Biden, Kamala Harris o Donald Trump, ninguno busca esos cambios. Al menos en China no pretenden ser una democracia.

-¿Por qué estas cuestiones identitarias se llevan tanto oxígeno en el debate público?

-Yo creo que enterrado en este fenómeno, en la cultura de la cancelación, en la corrección política o como lo quieras llamar, hay un enorme sentimiento colectivo de culpa sobre la incapacidad, sobre la desesperanza de una sociedad que defiende la igualdad, que aspira a la igualdad, pero que sabe que no quiere pagar el precio por ella.

-¿Cómo ha sido el tratamiento de Trump por parte de la prensa?

-Han estado obsesionados con Trump, era bueno para el negocio. Y lo van a tratar de rescatar. Ahora esos periodistas vagos no saben qué hacer, no tienen imaginación.

-¿Es optimista con el futuro de EE.UU. y en su democracia?

-Claro que lo soy. Soy un jodido hijo de inmigrante italiano. No vengo de Princeton, ni de Harvard, ni salgo de una piscina de los Hamptons. Soy una persona de una minoría que se identifica con las minorías.

Talese nació no muy lejos de aquí, en Ocean City (New Jersey). Su padre emigró desde un pueblo de Calabria y montó una sastrería -de ahí la referencia a su forma de escribir-, en un lugar y una época donde los niños italianos se llevaban tortas por serlo. Su padre daba pespuntes y su madre trataba con los clientes, mientras sus tíos en Italia pegaban tiros a los americanos en el ejército desordenado de Mussolini. Empezó a mandar crónicas para estar en el equipo de béisbol del instituto y logró ir a la universidad gracias a un contacto de su padre. Después solo quiso contar historias, algo que ha hecho durante siete décadas.

Ahora despotrica de los medios, pero cada mañana se desayuna el ‘Times‘. Y devora la ‘New Yorker’ de cabo a rabo. «Pero no leo ‘Vanity Fair’, ni ‘Esquire’, ni ‘The Atlantic’, ni ‘Harper’s’», dice sobre otras grandes revistas estadounidenses.

-¿Por qué?

-No encuentro ninguna voz opositora con la que me identifique. Cuando yo era joven, estaban Norman Mailer, William Buckley, James Baldwin, Gore Vidal, Hannah Arendt…

-¿Y gente como Andrew Sullivan (un autor británico que ha dejado los grandes medios convencionales para tener su propia ‘newsletter’ de pago)?

-No, eso es menor. Yo me refiero a cosas como las que hacían ‘The Village Voice’, o ‘Esquire’, que desafiaban la metodología y el pensamiento convencional en política, asuntos sociales, música o arte. Había una sensación de poder revolucionario. Ahora nadie quiere ser vilipendiado por decir lo que no se debe.

-Pero ahora muchos jóvenes se creen revolucionarios…

Nada de eso, son puritanos.

Talese no lo es: ni en su incorrección política, ni en su vida sexual. «Fui un marido adúltero», reconoce. «Pero no me interesaba tanto el sexo con otra gente, como las historias que se conocen después en la cama, la conversación de almohada. Es lo mejor de ser infiel. Ahí se entra en la vida privada y son historias gloriosas, intensas».

Todo eso tendrá espacio en otro libro que tiene acordado con su editorial: la historia del matrimonio con su mujer, Nan, con la que lleva casado desde 1959, y que tiene aparcado mientras acaba ‘Bartley and Me’.

Serán sus primeras publicaciones desde ‘El motel del voyeur’, un libro en el que retrata a un propietario de un motel de Colorado que espiaba a sus clientes. ‘The Washington Post’ atacó la obra porque descubrió que el protagonista no fue dueño del motel durante unos años. Cuando Talese se enteró, renegó del libro, pero poco después cambió de opinión, porque la revelación del periódico no afectó a la historia principal.

«Estoy tan orgulloso de ese libro como del resto de mi trabajo», dice ahora Talese, que defiende que el artículo del Post «se ocupa de cosas que no son relevantes para el libro» y que no oscurece su legado periodístico.

Ahora le preocupa otra cosa: sus proyectos actuales. «Me podría dar un ataque al corazón dentro de dos horas. Y no quiero dejar estos jodidos libros a medias», dice antes de calarse el Panamá, despedirse a gritos de la propietaria del restaurante y desaparecer en una calle oscura. «Si me muero esta medianoche, creo que habré tenido una vida muy honesta. Y, como periodista, eso es jodidamente difícil».

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