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ENEMIGOS DE LA FILOSOFÍA

Lo más habitual es creer que uno tiene pensamiento propio, abierto, ajeno a todo atisbo de manipulación y por tanto que uno es un fiel defensor del ejercicio crítico y la filosofía frente a a todo tipo de dogmatismo. Desde esta postura, suele asumirse sin más que los principales enemigos de la filosofía lo representan las religiones, entendiéndolas como sistema de creencias poco reflexivas en torno a las cuales sólo cabe obediencia, militancia y adhesión ideológica. Este planteamiento bien podría considerarse sencillamente erróneo si no fuese porque de error no tiene nada, sino que es una falsedad intencionadamente propagada por quienes se han agenciado el papel de ser los mejoradores de la humanidad bajo el delirio del progreso.

Confrontar filosofía y religión no puede ser más mezquino, como también lo es confrontar ambas con la ciencia, y evidencia un pobre enfoque acerca del mundo humano y el pensamiento, reduciéndolo a un mero esquema lineal según estadios que van superándose permanentemente, de modo que la verdad es siempre la actual, la altura de los tiempos. El esquema progresivo del ser humano y la historia de sus producciones espirituales oculta un altivo desdén de superioridad y desvela una supina ignorancia de base por parte de quien lo defiende, que se empeña en no reconocer que, en lo esencial, los hombres seguimos sabiendo exactamente lo mismo que los pueblos antiguos en cuanto a los temas fundamentales que más nos atañen, como qué es la realidad, el sentido de la vida, la muerte, el amor, el bien, el mal o las emociones estéticas. A quien ama la filosofía como un pensar libre, esto le parece maravilloso.

Filosofía y religión son dos modos complementarios de abordar esos enigmas. Complementarios viene a indicar que no son excluyentes, ni uno es un escalafón superior al otro en una supuesta evolución unilineal de nuestro ser en el mundo. Ni la filosofía es un puro ejercicio de pensamiento abstracto ni la religión está exenta de razonamiento y tensión intelectual. Confrontar de entrada ambas es un planteamiento torticero y deliberado que pretende atraer al interlocutor hacia convicciones propias sin justificarlas ni argumentarlas ni analizarlas primero.

La filosofía nace de una actitud fundamental de nuestro ser en el mundo: el asombro. Sorprenderse de que haya mundo estimula un afán por meditarlo así como una actitud comedida que mantiene siempre abierto el discurso, es decir, prefiere mantenerse en el interrogante incluso cuando ofrece respuestas. En ese sentido, sí podría parecer que de entrada la religión difiere del espíritu del asombro propio de la filosofía, pero no olvidemos que en el seno de la tradición religiosa, se da y siempre se dio un intenso y fecundo debate que es filosóficamente abordable, y que va ligado a un ejercicio de interpretación de los textos y sus sentidos que se prepcupa de esos retos perennes a los que ha de hacer frente la humanidad, como la meditación en torno al ser, la acción moral o la vida. Entonces, filosofía y religión no se excluyen.

Siendo esto así, podría parecer entonces que la ciencia se perfila como una actividad mucho más contraria al espíritu filosófico. El problema del quehacer científico, que sí comprende la historia de la verdad en términos evolutivos y arroja todo pensar que no se ajuste a sus parámetros a una especie de dimensión mítica que no merece atención ni interés, es que niega a evaluar hasta qué punto su labor se halla comprometida por sus propios criterios de verificación. Del mismo modo, el científico a menudo asume nociones acerca de la realidad o el valor de la verdad sin cuestionar o entender el trasfondo de tales presupuestos, lo que hace que el discurso científico se halle mucho más cerrado en torno a sus propias exigencias. La ciencia es un discurso resolutivo, no se ocupa de retos que no pueda abordar acotándolos desde sus parámetros, por lo que cualquier enigma filosófico le es ajeno y carente de sentido.  A menudo los científicos aprenden patrones que reproducen en su praxis sin reflexionar sobre el método, la finalidad o las nociones con que trabajan. Nada menos filosófico que esto.  Adjunto un enlace de un artículo que escribí sobre la cuestión de la ciencia para complementar esta idea aquí puesta.

CRÍTICA DE LA RAZÓN DESQUICIADA

Si la religión, por un lado, comparte esencia y contenidos con la filosofía y, por otro lado, a la ciencia no le suscita interés alguno ocuparse de nuestra actividad, entonces ¿desde qué campo del saber podemos indicar que proceden hoy en día los principales enemigos de la filosofía? Desde mi punto de vista, el principal enemigo de la filosofía en nuestra actualidad es la filosofía misma, ya que ha traicionado el espíritu original del acontecimiento filosófico como desgarrada experiencia del ser, y con ello se ha convertido gustosamente en snobismo intelectual.

La actividad se halla inserta en una red académica que es más burocrática que pensadora o investigadora. Predomina el trasiego de los despachos por encima de la meditación sosegada en torno a las cuestiones más relevantes. A menudo su ritmo lo imponen las exigencias de editoriales y agencias publicitarias de las que viven casi todos los pensadores de hoy. Pero este pensar sólo exhibe una  erudición que parece no ser nunca suficiente y merma la actitud originaria del acontecimiento filosófico, el desgarro de la sorpresa por ser. La filosofía que está de moda no tiene la garra ni la osadía necesarias como para provocar una tensión intelectual, un enigma de época; es pensamiento reproductivo, pues asume la herencia y el entorno del que se nutren. Si la postmodernidad es el vertedero de la modernidad, los autores hoy en día se alimentan de esa basura con gusto. Su actividad se orienta hacia el activismo político, es decir, militancia respecto a las urgencias de los tiempos, nada profundo; hacia la descripción historiográfica de los sistemas y escuelas del pensamiento precedentes, nada innovador; hacia los juegos retóricos y lingüísticos que tratan hacer del nihilismo un chiste existencialista, frivolidad autocondescendiente…y, en definitiva, se hallan más ocupados en su filosofar que preocupados por pensar el ser.

Revitalizar la filosofía exige recuperar el acontecimiento filosófico como pensar rememorante del evento primordial como sorpresa y donación; lo que sólo es posible superando la pose postmoderna, esto es, la reducción de la filosofía a la mera crítica literaria y al juego de palabras, la actitud frívola y derrotada que tales obras desprenden, su performatividad, el psicologismo, la burocratización de corte academicista que impera en las universidades, la estereotipazión del pensamiento que atrae la atención de las masas y la militancia política. En definitiva, entregarnos a la veneración del misterio primigenio que contienen el “es” parmenídeo y el kairos cristiano…. ser quienes nunca dejamos de ser en el fondo: griegos y cristianos.

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