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«En Tiananmen, China rozó la libertad por un instante»

Entrevista con Zhou Fengsuo, uno de los líderes de la protesta prodemocracia de Tiananmen hace ahora 32 años

«Etnia han, estudiante del departamento de Física de la Universidad Tsinghua, 176 centímetros de altura, cara cuadrada, barbilla afilada, cejas pobladas». Así describía a Zhou Fengsuo el cartel emitido el 13 de junio de 1989 por la Oficina de Seguridad Pública de China. Este llamaba a la búsqueda y captura de los líderes de las protestas prodemocracia de la plaza Tiananmen, que el partido comunista había sofocado una semana antes enviando al ejército contra los manifestantes y acabando con la vida de miles de ellos. El nombre de Zhou era el quinto en la lista.

No tardaría mucho en ser detenido en su Xi’an natal, delatado por su propia hermana. Tras pasar un año en una cárcel de máxima seguridad

sin juicio ni sentencia, fue puesto en libertad gracias a la presión diplomática y escapó a Estados Unidos, donde prosiguió con sus estudios y carrera profesional. Para mantener viva la memoria de aquel fatídico día en que el curso de su país y su vida cambiaron, en 2007 fundó la ONG ‘Humanitarian China’. Zhou, hoy un hombre adulto de 56 años en cuyo rostro todavía se intuyen los rasgos detallados por el cartel de las autoridades, atiende a ABC desde la otra costa del Pacífico en el 32º aniversario de la masacre. Un océano y muchos recuerdos dolorosos se interponen entre su patria y él.

—Usted no se define como una víctima, sino como un superviviente. En ocasiones ha asegurado haber aceptado que su misión es hablar sobre lo sucedido aquel 4 de junio de 1989 durante el resto de su vida. Me pregunto si en alguna ocasión se ha sentido prisionero de esta historia.

—Empiezo a sentir que quizá haya hecho suficiente. Nunca antes se me había pasado por la cabeza. Una de las razones es que este año he dado charlas en la red social Clubhouse a diario desde mediados de abril y durante cuatro horas. Han estado llenas de momentos emotivos y hermosos pero también devastadores. Todos los días durante cuatro horas, ¡imagínate! Pero hemos producido mucho contenido informativo de calidad. Estoy orgulloso. Hemos hecho mucho por la memoria colectiva sobre Tiananmen.

—Hablando sobre esa memoria colectiva. ¿Qué queda de aquel movimiento, más de tres décadas después?

—La libertad. La búsqueda de la libertad está en el fondo de nuestro corazón. Creo que la llama sigue ahí, aunque está enterrada muy hondo a causa de la represión. Por aquel entonces la muerte de Hu Yaobang [secretario general del Partido Comunista entre 1982 y 1987] desató una tormenta por la democracia. Todos nos quedamos sorprendidos, yo estaba maravillado con lo que veía a mi alrededor. Es una historia que siempre fascinará a la gente. Es un símbolo de libertad y dignidad, y eso no desaparecerá nunca.

—Como acaba de mencionar, el movimiento arrancó a raíz del duelo por un alto cargo del partido, lo que demuestra la intricada relación entre uno y otro. ¿A quién defendía el Ejército Popular de Liberación aquella noche cuando sus huestes se lanzaron a las calles de Pekín?

—Defendían a unas pocas familias autocráticas alrededor de Deng Xiaoping. Ni siquiera defendían al partido al completo, pues las protestas empezaron con el fallecimiento del antiguo secretario general y concluyeron con el cese ilegal del secretario general de entonces, Zhao Ziyang. Deng, de hecho, llevó a cabo las reuniones más importantes en su residencia. En su actuación no hay legitimidad alguna. Por eso les da tanto miedo hablar al respecto.

—¿Quién es el máximo responsable político de lo sucedido?

—Deng Xiaoping, sin duda. Al revisar la historia hay dos fechas importantes. Una es el 25 de abril, apenas 10 días después de la muerte de Hu Yaobang, cuando Deng menciona de manera explícita que matará en caso de verse forzado a defender su poder. Después, el 15 de mayo, convoca en su casa una reunión del Comité Permanente del Politburó [el primer organismo según la jerarquía del Partido] para declarar la ley marcial. Zhao Ziyang y Hu Qili votaron en contra. Era un empate a dos y la palabra de Zhao tenía más ascendencia por ser el secretario general, pero aún así Deng tomo la decisión de emplear tropas de élite para atacar a la población de la capital.

—Usted nunca imaginó que algo así pudiera llegar a ocurrir.

—No, porque el movimiento era totalmente pacífico. La primera vez que las tropas intentaron abrirse camino tras la declaración de la ley marcial los ciudadanos les convencieron para que se dieran media vuelta. Llevaban a sus hijos en brazos mientras hablaban con los soldados y les explicaban que no había disturbio alguno. Nunca antes hubo una manifestación tan pacífica en la historia de China. Las calles estaban llenas de gente esperanzada.

—La movilización gozaba de un apoyo social mayoritario porque participaron diversos colectivos, pero estudiantes universitarios como usted desempeñaron un papel central. Volviendo la vista a la China actual, ¿cree que los jóvenes de hoy en día estarían a la altura en circunstancias similares o son más autocomplacientes?

—No hay modo de saberlo. Antes de 1989 no se consideraba a los estudiantes como gente valiente, pero gracias a las protestas descubrimos que podíamos ser ciudadanos responsables. Hasta entonces no nos habíamos esforzado porque no teníamos esperanza y probablemente a los jóvenes de hoy en día les suceda lo mismo. En nuestros diálogos participan estudiantes chinos que han sido indoctrinados durante muchos años, pero después de unos pocos intercambios sus corazones se abren y podemos tener conversaciones valiosas. Cuando llegue la oportunidad adecuada la pasión y el idealismo volverán a abrirse camino.

—Hay una tensión entre el espacio físico y la fragmentación inherente a la presencia digital. El movimiento fue tan potente, en parte, porque reclamó un terreno común. La digitalización facilita el diálogo, pero también el control y la censura. ¿Cómo evalúa sus pros y contras?

—Nuestra actividad se ha dificultado. Hace veinte años, por ejemplo, había más motivos para ser optimistas que ahora. La digitalización permite un control central fuerte y hasta eficiente. Es un escenario distópico, trágico, pero debemos afrontar ese nuevo reto.

—El evento de conmemoración que organizó el año pasado en Zoom fue censurado por la plataforma. ¿Es peligroso que la plataforma de la libertad de expresión sea, en términos prácticos, una empresa privada que, como tal, tiene intereses comerciales en China?

—Sí, lo es. Hemos visto este problema con cada tecnológica multinacional porque todas persiguen el incremento de sus beneficios, incluso en un mercado como China que es rehén del partido. Estados Unidos y otros países democráticos tienen que tomar una decisión sobre cómo lidiar con este tema. Mi propuesta es insistir en que China elimine la Gran Muralla Digital como paso previo a cualquier acuerdo comercial. Porque no se trata solo de un mecanismo de control de su población, también representa una barrera comercial muy efectiva contra empresas de todo el mundo. Creo que EE.UU. cometió un error al permitir que China se incorporara a la Organización Mundial del Comercio sin renunciar a la Gran Muralla Digital.

—La Gran Muralla digital es un ejemplo característico de cómo China ha logrado participar de la comunidad global sin renunciar a ciertas prerrogativas. En el contexto de la pandemia, una lección similar puede extraerse con respecto al acceso de la Organización Mundial de la Salud. ¿Ve paralelismos entre lo sucedido en Tiananmen y el comienzo de la crisis sanitaria?

—Por supuesto. Ambos se deben a un sistema que reprime la verdad, lo que en el segundo caso permitió al virus expandirse por el resto del mundo. Es importante recordar a Jiang Yanyong, el médico que en 1989 atendió a varios heridos y que en 2004 alertó al mundo del estallido del SARS por medio de una carta abierta. Su caso simboliza el coraje individual frente al desastre del sistema.

—¿Cree que esa supresión de la verdad es lo que está sucediendo estos días en Hong Kong?

—Sin duda. Hay gente arrestada por cosas tan simples como colocar carteles en conmemoración de Tiananmen. Las autoridades se han propuesto acabar con la vigilia, una tradición que ya dura 31 años, usando la pandemia como excusa. Pero la digitalización, por suerte, también ofrece alternativas.

—Me sorprendió descubrir que en los últimos años ha realizado varias visitas secretas a China. ¿Qué ha cambiado y qué permanece intacto a sus ojos?

—Todo ha cambiado… Hay mucha polución en el aire, que ahora tiene un olor extraño. Aunque para mí el símbolo de todo lo que permanece es la plaza Tiananmen. Mi pasión sigue allí, donde tantas personas fueron asesinadas y, por un instante, rozamos la libertad por primera vez. Aunque me haya convertido en un ciudadano estadounidense, como superviviente de la masacre mi deber es impulsar la democratización de China.

—¿Es optimista con respecto a la posibilidad de cumplirla?

—Lo soy. Creo que la verdad resistirá. A corto plazo parece estar difuminándose, pero la libertad es algo valioso. Por duro que sea tenemos que luchar, tenemos que seguir luchando. Llegará.

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