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En la espiral del odio y el cainismo

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En la espiral del odio y el cainismo

Corría el año 1996 cuando las encuestas arrojaban una mayoría absoluta de Aznar en las elecciones generales. El PSOE no tuvo ningún reparo en basar su campaña en un vídeo en el que aparecía un dóberman mientras una voz en off recitaba: «La derecha no cree en este país, mira hacia atrás y se opone al progreso». Aznar ganó, pero con unos resultados inferiores a los que predecían los sondeos.

Es muy posible que Iván Redondo recordara aquella campaña de hace 25 años al diseñar la estrategia del partido para las elecciones que se celebran mañana. Desde que Isabel Díaz Ayuso firmó la disolución de la Asamblea el pasado 10 de marzo, el aparato del PSOE ha intentado desacreditar

a la presidenta.

Primero, los socialistas intentaron evitar la cita con las urnas mediante una moción de censura. Luego, acusaron a Díaz Ayuso de forzar un permanente enfrentamiento con el Gobierno. Más tarde, vinieron las acusaciones de que su gestión de la pandemia ha sido desastrosa. Sánchez llegó a cuestionar la veracidad de sus datos. Aseguraron también que el PP ha destruido la sanidad y la educación públicas en los 26 años que ha gobernado Madrid. Y, por último, el mensaje se ha centrado en el retroceso a las libertades que supondría un pacto con Vox.

Mañana sabremos si la estrategia ha funcionado, pero todas las encuestas arrojan un resultado desfavorable para Ángel Gabilondo, que empezó su campaña con el mensaje de que no quería pactar con Podemos, sugiriendo que Ciudadanos podía ser un socio más aceptable. Pero fue un espejismo porque Gabilondo ha endurecido su discurso hasta llegar incluso a solaparse con el de Pablo Iglesias.

El cerebro de la campaña socialista, Iván Redondo, es un buen conocedor de las teorías de George Lakoff, que sostiene que lo importante es crear un marco conceptual que condicione la percepción de un fenómeno. El marco en el que el asesor de Sánchez ha querido enmarcar estas elecciones en que no sólo Díaz Ayuso ha hecho una desastrosa gestión en estos dos años, sino que además es un peligro para la democracia. Es dudoso que este mensaje haya calado por dos sencillas razones. La primera es que Madrid encabeza las tasas de crecimiento, empleo e inversión. Y la segunda es que sigue siendo una ciudad abierta y hospitalaria, sin animadversión hacia los forasteros.

Desalojo de Sol

El PSOE, Más Madrid y Podemos dejaron claro desde la convocatoria que sumarían fuerzas para desalojar a Díaz Ayuso de la Puerta del Sol. La presidenta ha centrado su campaña en una defensa del modelo de Madrid, que, según sus palabras, quiere destruir la izquierda con aumentos de impuestos y una merma de las libertades.

Ha sido acusada de generar un nacionalismo madrileño, algo que se destruye fácilmente con el argumento de que es la comunidad que más aporta a la solidaridad regional. La propia Díaz Ayuso ha contrarrestado este mensaje con declaraciones en las que ha subrayado que el 45% de los madrileños ha nacido fuera de Madrid y que nunca ha existido ni la más mínima discriminación.

En el debate de Telemadrid, se pudo visualizar que los tres partidos de la izquierda intentaban demoler la credibilidad de la candidata del PP. Pero no lo consiguieron, según la mayoría de los sondeos. El enfrentamiento más duro lo tuvo con Iglesias, al que miraba con una sonrisa mezcla de ironía y desprecio.

«Es la política que mejor oído tiene para escuchar a la gente. Ha hecho la campaña con un lenguaje claro y directo. Y carece de complejos para dar la batalla cultural a la izquierda», subraya Esperanza Aguirre, con la que trabajó casi una década.

No es ésa la opinión de la izquierda, que la presenta como una dirigente indocumentada, sectaria y entregada a Vox. Pablo Iglesias ha sido quien más ha insistido en este estereotipo. El líder de Podemos llegó a decir en un mitin que el PP niega el trasplante de riñón a los pobres para favorecer a los ricos y que la derecha madrileña disfruta con el mal de los débiles. Todos sus mensajes han incidido en la catástrofe que supondría el triunfo de Ayuso, que no ha eludido el cuerpo a cuerpo con Iglesias, al que ha tachado de «mala persona». Pero también ha marcado distancias con Vox, especialmente cuando condenó sin paliativos las cuatro balas que enviaron en un sobre a Iglesias.

Monasterio ha hecho una campaña sin ninguna concesión a sus adversarios. No sólo no ha eludido, sino que ha buscado el enfrentamiento con Gabilondo e Iglesias, que se visualizó cuando el líder de Podemos abandonó la cadena Ser. Ha incidido en sus intervenciones en que el candidato socialista sería una marioneta en manos de Iglesias. La líder de Vox no se ha recatado en lanzar mensajes equívocos contra la inmigración, cuestionar la violencia de género y las políticas sociales del Gobierno de Sánchez.

Su campaña ha estado enfocada a movilizar a su electorado, ya que la dirección de Vox es consciente de que una parte de sus votantes se inclina por meter en la urna la papeleta de Ayuso. En cualquier caso, si logran una docena de diputados como predicen los sondeos, la presidenta necesitará de su apoyo o abstención para gobernar.

El PSOE y Más Madrid le han instado a que renuncie a los escaños de Vox, pero no parecen dispuestos a facilitar la investidura de Díaz Ayuso con una abstención. Piden algo que ellos no están dispuestos a hacer.

Mónica García, la candidata de Más Madrid, ha sido la gran revelación de la campaña. Según las últimas encuestas, pisa los talones a Gabilondo. Aunque hay mucha similitud entre el programa de la formación de Errejón y el de Podemos, García tiene un talante más moderado y dialogante que el de Iglesias. Repudio la política espectáculo y de confrontación», ha dicho.

Iglesias ofreció a Más Madrid presentar una lista conjunta, pero Mónica García rechazó el ofrecimiento. «Madrid no es una serie de Netflix», afirmó. Su decisión fue acertada porque sus expectativas de escaños duplican a las de Podemos, lo cual sería una humillación para Iglesias si esto se cumple.

Buen trabajo de Bal

El último candidato en liza es Edmundo Bal, que ha hecho una buena campaña. Pero Ciudadanos no ha remontado tras su debacle en las pasadas elecciones generales y en Cataluña. La duda es si el partido de Inés Arrimadas podrá tener representación parlamentaria, algo que no vamos a saber hasta que termine el recuento. La gran paradoja de Bal es que todo el mundo le valora, pero pocos están dispuestos a votarle.

El drama de Ciudadanos es que se va a votar en clave nacional, con un electorado cada vez más polarizado. Díaz Ayuso sostuvo que los madrileños tienen que elegir entre comunismo o libertad, mientras que Iglesias afirmó que el dilema está entre el fascismo y la democracia. Pero lo que está en juego es quien gobierna la comunidad más rica y dinámica de toda España.

Sánchez es consciente de que los resultados de Madrid pueden proporcionarle un espaldarazo si gobierna Gabilondo o asestarle un duro golpe y demostrar que no es imbatible si Díaz Ayuso revalida su mandato. En el PP se sugiere malévolamente que Sánchez es el verdadero candidato en esta campaña, algo que él ha alimentado al confiar a Redondo la dirección de la estrategia de Gabilondo. Resulta probable que ello haya generado un malestar al candidato socialista, que tuvo que asumir la intervención del presidente del Gobierno en la confección de las listas y en los mensajes de campaña.

Puede que Sánchez haya cometido un error al no perder la ocasión de cuestionar la gestión de Díaz Ayuso, a la que ha elevado a la categoría de adversaria directa, cosa que no ha hecho con Núñez Feijóo o con Fernández Mañueco. Tal vez el presidente haya pensado que atacar a Díaz Ayuso era una forma de ningunear a Casado. Si algo ha demostrado Sánchez es olfato político, pero en esta ocasión podría haberse equivocado.

Los 50.000 votos del PSOE

Las encuestas apuntan a que la estrategia de la izquierda ha sido un error, pero el veredicto final lo dictarán las urnas. Gabilondo ha llamado a la movilización de sus votantes con el argumento de que sólo están a 50.000 votos de derrotar a la derecha. Sólo la encuesta del CIS avala esa afirmación.

Como Lakoff sostiene en ‘No pienses en un elefante’, las elecciones las gana quien impone su marco mental, es decir, su lenguaje y su agenda. El teórico estadounidense viene a decir que los hechos son mucho menos importantes que las interpretaciones. Todo indica que la mayoría de los madrileños no ha comprado el mensaje de que en estas elecciones se trata de combatir el fascismo. Por el contrario, los ciudadanos están preocupados por la gestión de la pandemia, el paro, los impuestos y los servicios públicos. Sólo faltan unas horas para saber quién ha vencido en esa batalla en la que las pasiones han triunfado sobre las razones.

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