Portada » El Pozo del Tío Raimundo, ante el aumento de contagios: «¡Que la lluvia mate al puto bicho!»
Actualidad

El Pozo del Tío Raimundo, ante el aumento de contagios: «¡Que la lluvia mate al puto bicho!»

Luisa Cándida y su hijo José Luis
Luisa Cándida y su hijo José Luis
Spread the love

Jesús Nieto Jurado – ABC

Con 514,17 casos por 100.000 habitantes de incidencia acumulada, esta Zona Básica de Salud de Madrid trata de desmontar con prevención y distancia leyendas y famas. Anteriores al coronavirus

La incidencia media en la región está ya en 262, y supera los 500 en zonas como Pozo del tío Raimundo

El Pozo del Tío Raimundo, orgulloso de haberse erigido entre chabolas, sufridor de los confinamientos totales y parciales, del zarpazo del terrorismo y de las timbas del extrarradio es, a la mañana del día siguiente de que fuera consignado como la zona más vírica de la Comunidad de Madrid, un barrio normal que trata de salir adelante frente al Covid.

Que a nadie se le olvide que esta zona de la capital tiene herencia andaluza y extremeña corriendo por su fuero interno. Y que aquí, bajo las inclemencias del clima, vino el Hondo Sur a labrarse un futuro mejor. Que, hasta bien entrados los años 80, en estos pagos no había alcantarillado y la única vista de futuro eran

los cerros mondos de Vallecas. Y Madrid, como tal, una quimera.

En el bar ‘La Rambla de Córdoba’, cuando se pregunta así, a vuelapluma, sobre esta estadística que da pie al reportaje, empiezan a salir los casos particulares de vivir otra vez bajo el signo del cerramiento. Estamos en un barrio que son cuatro calles, un parque infantil como de precampaña, y un centro cívico donde crece el verdín de la pandemia aunque Google dice que anda abierto. El cartel de la Agrupación del Partido Comunista, agrietado junto a un luminoso de Mahou, habla mucho de la Historia de El Pozo, que es la de Madrid y la de España.

Vecino de El Pozo del Tío Raimundo

El dueño o gerente de ‘La Rambla’ abre los brazos en posición de amargura: le han limitado parte de la terraza, y con el gesto responde a la pregunta de marras. Quien sí atiende mejor a la realidad que se podría presentar el lunes 5 de abril, cuando el Gobierno Regional aplique presumiblemente las restricciones de movilidad, es un cliente que se dedica a la seguridad y que cuenta con amargura que en su gremio «se ha visto de todo. Más que nada injusticias. Da impotencia volver a casa, cumpliendo con la ley, y que cuatro niñatos te la puedan liar, y reventarte la vida». Huelga decir que, aunque no quiera revelar su nombre, este buen hombre cohabita con su hija, su mujer, y hasta «la abuela y la bisabuela de la niña».

Niños con mascarilla

El Pozo del Tío Raimundo, sabiendo poco de los 514,17 casos por cada 100.000, hace la vida normal que dejan los tiempos pandémicos. Con calma guardan la distancia y la fila para comprar tabaco o para ir a «lo de Pedro», que es un ultramarino llamado ‘La Parada’ y que de vender helados ha empezado a vender hasta «pañales y mascarillas».

No hay en El Pozo tanta masificación como en las altas torres de Vallecas que lo circundan, algún edificio de más 10 plantas. Por lo demás, bloques de ladrillo visto y, según oteamos, con ventilación exterior e interior, que son virtudes constructivas a consignar de cara al coronavirus.

En la plaza dedicada al ‘sacrosanto Padre Llanos’, con su monolito referente al reparto «entre Dios y los hombres» y su «soberanía soñada del pueblo universal», hasta los niños juegan al fútbol con mascarilla. Se trata de llevar al máximo la prevención. Y desde la más tierna infancia.

Rosi se mudó de El Pozo, y volvió, y señala que la estadística puede estar equivocada cuando apunta a los cuatro puntos cardinales, con los vecinos guardando las distancias, y asevera que «ya no me creo otra mentira más». Ésa es precisamente la idea/fuerza que clama con más fuerza esta zona tan reivindicativa de Madrid. Que nadie se cree nada.

Terraza anticonfinamiento

Decía Pla que para conocer la tierra había que «ir, ver y contar». Ver se ve poco ambiente, pero un paseo más detenido nos lleva al piso bajo con sol y vistas que es la casa de Luisa Cándida, ‘flor de la raza calé’ y con una terraza anticonfinamiento donde fuma el penúltimo Marlboro su hijo José Luis. Están en su casa, y nosotros fuera, y algo estaban comentando sobre la metereología y que la lluvia de la tarde «mate al puto bicho».

La casa de Luisa Cándida tiene algo lorquiano entre el ladrillo visto; de adentro llega un seductor olor a lentejas y, entre bromas y veras, la familia se va asomando al balconcillo del piso a ras de tierra de la matriarca. El lotero, que también cumplimenta la visita a Luisa Cándida, insiste en un mundo mejor por siete euros a la Lotería Nacional y por eso de no creerse «lo que dicen éstos» (entiéndase «éstos» como la suma de lo que larga la televisión y la clase política así, sin distinciones»).

Silencio y dignidad

Dejando a la prole de Luisa Cándida en el absurdo de tomar la fresca entre dos aguas, entre la calle y el hogar, van pitando los trenes que paran en la estación del Pozo, donde la maldad dejó su huella en un marzo no tan lejano. Bajo un azulejo que reza «mesón», hay una cola del hambre, silente y digna, que aguarda su turno respetando los dos metros de rigor.

Hacer una media rápida y a ojo nos puede hablar de una proporción de cinco personas por núcleo habitacional. Todo heredado, claro, de un urbanismo de aluvión que, como en tantos otros ámbitos, nunca calculó que se venía una pandemia.

Conviene desmontar la leyenda y la fama que ha sojuzgado al barrio. Una mañana de Miércoles en el Pozo del Tío Raimundo sirve para ver las necesidades y -también- los retos de Madrid. Nadie nos ha citado ni a Pablo Iglesias ni a Isabel Díaz Ayuso. Aquí no llega la ‘batalla de Madrid’.

Añade un comentario

Pulsa aquí para comentar

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class