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El gran error de Stalin que casi termina en una guerra nuclear entre EE.UU. y China

La Guerra de Corea terminó como había empezado para insatisfacción de ambas partes. La opción de apretar el botón nuclear fue una posibilidad en un campo de batalla que vivió el éxito y la derrota de las tropas estadounidenses

La Segunda Guerra Mundial dejó muchos frentes abierto para alimento de la Guerra Fría. Buen ejemplo de ellos fue Corea, donde los planes paralelos de EE.UU. y la URSS para desalojar a los japoneses de la península dieron lugar a dos estados opuestos: en el norte se impuso una dictadura xenófoba y comunista bajo el amparo de Stalin, mientras que en el sur lo hizo una dictadura igualmente xenófoba protegida por EE.UU.

Tarde o temprano ambas formas de entender el mundo estaban condenadas a colisionar. Lo que casi nadie esperaba es que fuera tan pronto… En junio de 1950, los ejércitos de Corea del Norte cayeron sobre la frontera sur destrozando al débil ejército de Syngman Rhee. Únicamente la violencia comunista convenció al pueblo surcoreano de que merecía la pena resistir un poco más. Esperar a la ayuda de Occidente.

El arte de MacArthur

Joseph Stalin había interpretado por las palabras del presidente Truman que EE.UU. no iba a mover un dedo por salvar a Corea del Sur. Pronto descubrió su enorme error. En un rápido movimiento estadounidense, Truman logró el apoyo de las Naciones Unidos para intervenir en Corea, a donde el general Douglas MacArthur envió las tropas acuarteladas de Japón.

La intervención estadounidense, sin embargo, no logró el efecto deseado en la contienda. Como señala Geoffrey Parker en su libro «Historia de la Guerra», recientemente reeditado por Akal, las tropas «mal entrenadas y mal preparadas» de EE.UU. «sufrieron seguidamente una serie de humillantes derrotas» que obligaron a los surcoreanos a refugiarse en un reducido perímetro en torno al puerto de Pusan. La potencia de fuego americana permitió estabilizar la línea de combate, pero solo eso, una pausa. Era necesario un golpe maestro para cambiar el color del conflicto.

MacArthur se sacó de la manga un contragolpe tan brillante como arriesgado. Desafiando las mareas de la zona, logró desembarcar una segunda fuerza en Inchon, cerca de Seúl, justo en la costa opuesta a Pusán. Pocos en el Estado mayor de EE.UU. habían apostado por el éxito de la operación, de ahí el regocijo de MacArthur cuando no solo cayó con facilidad Inchon y Seúl, sino que todo el frente norcoreano se hundió al percibir al enemigo a su espalda. La desbandada comunista se saldó con miles de soldados prisioneros y una conquista territorial que iba a marcar la separación actual entre las dos Coreas.

Los soldados surcoreanos aguantaron el envite frente a un ejército chino mal equipado, pero acostumbrado a las privaciones extremas y a una logística desastrosa tras años de luchar con los japoneses

Crecido por su éxito, MacArthur reclamó a Truman que armara a los nacionalistas chinos y extendiera la contienda también a China. El presidente negó la mayor, convencido de que aquello debía ser una guerra limitada, pero accedió a que el general siguiera avanzando hasta la frontera con China. A finales de 1950, las tropas chinas entraron en acción para marcar su terreno. En la columna del oeste, los estadounidenses se derrumbaron y tuvieron que huir en una lastimosa marcha; sin embargo, en el este, los marines y los soldados surcoreanos aguantaron de forma épica el envite frente a un ejército chino mal equipado, pero acostumbrado a las privaciones extremas tras años de luchar con los japoneses.

La bomba sale a escena

Cuando el Ejército chino se plantó en Seúl, MacArthur gritó aquello de ¡o César, o nada!. O las Naciones Unidas se retiraban por completo de la península o EE.UU. lanzaba una bomba nuclear contra China… En su opinión no había otra solución para evitar el desastre estadounidense, cuyas tropas cada vez estaban más superadas por la numerosas filas chinas. Afortunadamente, Truman y sus asesores tenían una comprensión de la vida basada en las tonalidades grises, a diferencia de MacArthur.

La opción de una guerra nuclear con China no era viable o, como expresó Omar Bradley, presidente de la junta del Estado Mayor, aquello sería una «guerra inapropiada, en el lugar inapropiado y en el momento inapropiado contra el enemigo inapropiado». El tiempo demostró que había otras opciones para ganar terreno. En los primeros meses de 1951, el ejército de las Naciones Unidas aumentó su potencia de fuego para castigar las líneas de suministro chino. Aquella maniobra tuvo un efecto desolador en las tripas rugientes de los comunistas, cuya principal arma eran los ataques masivo de un ejército revolucionario con más efectivos que armas de fuego.

Con Seúl de vuelta a manos estadounidenses y los comunistas sufriendo una cantidad insostenible de bajas, Pekín pidió reanudar las conversaciones de paz para buscar un punto intermedio. EE.UU. cometió entonces lo que, según defiende Geoffrey Parker, fue uno de sus errores más graves en la Guerra Fría al detener su avance e iniciar negociaciones. «No había, por supuesto, nada malo en iniciar las conversaciones, pero la detención de las tropas de las Naciones Unidad permitió al enemigo reagruparse, con lo cual terminó su necesidad de armisticio», considera el historiador británico.

La perdición de Truman

MacArthur pensaba justo eso, que la tregua solo beneficiaría a China, por lo que se adelantó a Truman y lanzó un ultimátum contra el gigante asiático. La declaración pública de MacArthur hizo peligrar las negociaciones y colmó la paciencia de Truman, que sospechaba que el general estaba planeando su próximo desembarco en política a base de un autobombo exagerado. En abril, MacArthur fue apartado del mando y la guerra continuó al ralentí hasta un desenlace que no agradó a ninguna de las partes.

La inesperada muerte de Stalin, que se había metido en una guerra que únicamente había mostrado las carencias de la URSS, aceleró las negociaciones para restablecer el statu quo

Para Truman, el único presidente que ha apretado el botón rojo en la historia, la Guerra de Corea fue su perdición política. La prolongada duración del conflicto y los escasos réditos que mostraba para EE.UU. una contienda tan remota le convirtieron en un presidente muy impopular. En noviembre de 1952, fue elegido para ocupar en su lugar la Casa Blanca el republicano Dwight D. Eisenhower bajo la promesa de que pondría fin a la Guerra de Corea.

La inesperada muerte de Stalin, que se había metido en una guerra que únicamente había mostrado las carencias de la URSS, aceleró las negociaciones para restablecer el statu quo. Ningún bando logró nada más que desgaste y muerte. A partir de entonces, Dwight D. Eisenhower volcó los recursos militares de su país en Europa, donde en su opinión se gestaba la verdadera lucha contra la URSS. Solo Vietnam volvería a cambiar la orientación de la brújula.

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