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El fin del estado de alarma en el corazón de la España interior

El autor despide las restricciones en Valladolid, capital de una comunidad muy golpeada por la pandemia

Lo bueno de Valladolid es que te encuentras con tus ex. Te las encuentras constantemente, en el bar, en la cola del súper, en el registro. A veces, tu ex es la propia funcionaria y, entonces, el mostrador se convierte en esa eternidad que un día aspirasteis alcanzar. También las encuentras paseando con sus maridos y no puedes evitar analizarlos, como buscando el patrón que una esa línea de puntos suspensivos que nace en ti y muere en él. Si tiene cara de pardillo, pasas unos días frente al espejo escudriñando lo más profundo de tu mirada por si, en el fondo, no fueras más que el mismo pringado, pero con el tono sepia de las fotos antiguas. Todos los hombres que pasamos por la vida de una mujer somos, de algún modo, el mismo. Por eso, cuando me los encuentro, me acuerdo de Ayuso y no puedo evitar recordar aquellos días y, sobre todo, aquellas noches. Y me nace la sonrisa automática, pero también un compañerismo como de vestuario hacia esos héroes que sufren ahora las neurosis de sus mañanas.

Una tarde de sábado como esta, depuesto el estado de alarma y recién estrenada una primavera no solo meteorológica, todo Valladolid está en la calle. Si tienes catorce años y quieres encontrar a tu ex, puedes probar suerte junto al río, puede que esté vomitando en uno de los innumerables botellones que adornan la ribera del Pisuerga. Vas paseando a plena luz del día y sorteas vómitos y manos que sujetan frentes como minas en un campo de batalla. Los autores son fundamentalmente niñas que van colgadas de sus amigas con la cara pálida, la mirada perdida y los pantalones -blanquísimos horas antes-, como los de un estibador. Supongo que es la consecuencia de unos referentes que, desde el gobierno, las animan a llegar a casas solas y borrachas. Pero en este caso, solo sucederá lo segundo. Los padres van llegando en coche para retirar los cadáveres de sus hijas adolescentes. En algunas casas, mañana se anuncia charla e ibuprofeno. A pesar de todo, las borracheras no dejan de ser una excepción en una ciudad volcada en la calle bajo un cielo encapotado que amenaza una lluvia que no termina por llegar. Hasta la primavera en Castilla es civilizada, una quimera para poetas y un sueño para los hosteleros, que hacen caja en las terrazas como si saliéramos de una guerra de quince meses. Y, en parte, así ha sido.

Cierres constantes

Castilla y León ha sido una comunidad especialmente golpeada por el virus y, por lo tanto, una de las más restrictivas. Supongo que tener una población envejecida ha tenido mucho que ver, pero aún sabemos poco de las causas. De cualquier modo, el gobierno autonómico ha preferido que se le critique por exceso que por defecto, y aunque los datos apoyaran las decisiones, en ocasiones se ha tensado demasiado la cuerda. La dureza de las medidas ha salvado muchas vidas, pero una comunidad no es un ambulatorio y la sensación es que el castigo ha sido excesivo. Los toques de queda permanentes, la mayor parte a las ocho de la tarde, son demasiado pronto para una ciudad como esta, dinámica y capital a pesar de todo. Hemos tenido dificultades incluso para salir del trabajo a una hora legal. ¿Quién nos iba a decir que habría que tirar el boli pronto para ser buen ciudadano? Un madrileño no es consciente de que, para aquí, entrar en un bar es, hoy por hoy, un pequeño lujo, un reencuentro con un pasado remoto del que casi no nos acordábamos. Los cierres perimetrales han sido constantes, incluso para salir de la propia provincia, en una decisión cuestionable. Tanta restricción ha generado un efecto submarino, un hartazgo de tu propia ciudad, una saturación de tu calle, de tu vida e incluso una especie de empacho de las mismas caras. Más aún cuando la única que ves es la tuya. Es cierto que los salvoconductos han volado en una especie de mercado negro y solidario y que quien ha querido se ha plantado en Chamartín en los 50 minutos que tarda un AVE desde el Campo Grande.

La madrileñofobia, en Valladolid, no ha existido. Es más, los ataques a Madrid se perciben como propios y las desavenencias del gobierno de Fernández Mañueco con el de Ayuso se circunscriben a viejas rencillas personales y a un pulso constante con Génova. Pero no llega al ciudadano, que mira a Madrid como la capital del imperio mira a capital del reino. Pero aún así, este fin de semana se nota la estampida: los jóvenes a las casas rurales, huyendo de quince meses de prisión junto a los padres. Los padres al pueblo, a huir de una prisión simétrica. Y es que no sé qué es peor, si tener veinte años y estar unido por unas esposas simbólicas a un padre en calzoncillos o tener cincuenta y pico y estar encadenado a un hijo más hormonado que una jaula de linces. Otros van a las playas de Suances o de Comillas, que es Valladolid norte. Y los que ni una cosa ni otra, a la calle, donde los 400.000 habitantes del área metropolitana empiezan a ver los primeros turistas y algunos reencuentros con vecinos emigrados que vuelven a casa por San Isidro. Estos 22 grados son un regalo para una tierra acostumbrada al clima extremo y las personalidades templadas y, del mismo modo que el estado de alarma llegó sin hacer ruido, hoy se va en silencio, disimulando, como si no quisiéramos hacernos demasiadas ilusiones.

No todas las medidas han sido bien entendidas, entre otras cosas, porque no todas han tenido sentido. La prohibición de las terrazas durante meses ha sido un error, una decisión absurda que ha generado mucho daño a una hostelería herida de muerte. Juan y Maite son los dueños de ‘El Colmao de San Andrés’, uno de los templos de la hostelería de la ciudad. Pero sobre todo la catedral de una coctelería entendida como estilo de vida, como compromiso con la elegancia y la alegría, que es lo que ahora hace falta. Juan me atiende mientras hace tres mojitos. Los hace despacio, como si estuviera creando una pócima en un ritual artesano que lo convirtiera todo en alquimia, como un Panorámix con pinta de Fellini recién salido de ‘La Dolce Vita’. Juan me cuenta muchas cosas, pero yo me he quedado dando vueltas a la primera: «El estado de alarma ha terminado, pero no estamos contentos. Tenemos la culpabilidad del superviviente, ese cargo de conciencia del que ha podido salir adelante sabiendo que muchos se han quedado en el camino. Esto nunca va a volver a ser lo que era, las leyes pueden cambiar, pero la inercia sigue, la sociedad ha interiorizado las restricciones». Y tiene razón.

Entienda el lector que en esta tierra hay que llevar mascarilla siempre excepto el estrictamente necesario para beber. Y que, si quieres fumar, has de levantarte y desplazarte varios metros hasta que el humo -los virus- no lleguen a las mesas. Eso forma corrillos de fumadores de pie que llenan la calle y acuden a las mesas vacías a beber, en un homenaje al teatro del absurdo. El tipo de cliente ha cambiado y también sus intenciones. «La gente es más responsable, más adulta. Por lo general, el cliente ahora llega antes, se va antes y respeta las normas. Pero algo ha muerto, falta alegría, falta intensidad». Y tengo la sensación de que pasa con todo. La hostelería no ha sido el único sector machacado. Sergio, Juan y Dani son ‘The Levitants’, una de las bandas de rock con mayor calidad del país. Me citan en ‘Bizarro’, otro templo del Valladolid canalla en el que la música alta se me mete en el estilo y hace que me entren ganas de todo y de todo a la vez. Sus caras son un poema, nadie sabe por dónde va a salir el futuro. «Tras diez años dándolo todo, en el mejor momento de nuestras vidas, se cancela una gira en Inglaterra y setenta bolos en España, entre ellos Mad Cool. Llevamos quince meses así y todo pasa factura. El dinero se va, se van las ganas y después de tanto esfuerzo, es una putada. Cuando por fin se apuesta por nosotros en serio, nos hacemos un nombre y estamos arriba… se va a la mierda de un día para otro. Nos sentimos como un saltador que rompe la pértiga justo en el momento en el que tiene que lanzarnos».

De algún modo, es una especie de ‘reset’ general. Aunque se nota alegría, en las calles de Valladolid ya no se percibe la explosión del primer sábado. Las terrazas de ‘La Antigua’ y de Martí y Monsó están llenas. La primera de jóvenes, la segunda de gente más mayor. En el primer caso, un coche de policía disuasorio, en el segundo ni eso. En el primer caso se pueden masticar las feromonas. En el segundo todo lo embarga ese olor a barbour que tienen los sitios pijos cuando amenaza lluvia. Diferentes olores, pero idéntica tensión sexual, que se percibe en cada mirada, en cada mesa formada por grupos de seis que se observan y que, si tienen suerte, mañana desayunarán juntos. Porque el estado de alarma empieza a las doce y termina a las seis de la mañana. Es decir, con quien estés encerrado a esa hora tendrás que pasar la noche. Muchos intentan que eso suceda para teñir de suerte la desdicha. Benditos veinte. Quién los pillara.

Lo que falta

En realidad, cuando cae la noche, Valladolid sigue a reventar y no se cabe por las calles. Pero falta algo. En primer lugar, faltan 2.000 vecinos muertos en silencio. En segundo lugar, faltan 900 negocios hosteleros cerrados desde el comienzo de la pandemia. En tercer lugar, aún más de 5.000 vallisoletanos siguen en ERTE, de los más de 40.000 que llegaron a estarlo. Pero, sobre todo, sobra contención. Vamos a un nuevo país que no está donde lo dejamos. Todo ha cambiado, todos somos ahora diferentes y tengo la sensación de que la vida ha seguido y no nos hemos enterado. Cambian situaciones, relaciones y rutinas. Muchas parejas han roto y otras muchas comenzarán hoy sus historias de amor. Me siento junto a un grupo de jóvenes universitarios, entre 21 y 23 años y su testimonio serio y responsable me sorprende. Sienten que se les ha machacado en exceso y entienden que no hay motivos para tanta criminalización. «El 90 por ciento de los jóvenes lo hemos hecho bien el 90 por ciento del tiempo», dice Paula. «Evidentemente hay errores, yo misma he estado en una fiesta en septiembre con más gente de lo permitido. Pero no hay mucha diferencia con los mayores, que yo los he visto hacer de todo». Y no les falta razón. La juventud, con matices y excepciones, ha tenido un comportamiento ejemplar, como toda la sociedad. Lo cierto es que los botellones que vemos hoy son los mismos que antes había en casas y nadie veía y la diferencia entre seis jóvenes bebiendo en una casa y seis cincuentones haciendo una barbacoa con seis gin tonics es solo una cuestión de percepción. Me gustaría ver a los que critican a la juventud si esto les pilla a ellos con veinte años. Uno que yo me sé seguiría aún encadenado a la barra. Y sin embargo yo hoy veo a los jóvenes cumpliendo hasta el último momento. No hay conciertos en la Plaza Mayor, pero ahora mismo, no cabe un alma por la presencia de uno de esos mercados medievales que vertebran España. Debe ser que la música en directo transmite mejor el virus que los carteles de jabón para la psoriasis.

A medianoche, la ciudad se desvanece plácidamente. La policía sabe dónde habrá botellones y los disolverá sin más. Vuelven los problemas habituales de las noches habituales.

El día siguiente, al despertar, voy a ver los restos de la noche loca en los parques, pero no encuentro nada más que ese frescor de domingo. Sin embargo, en el cielo, por primera vez desde hace demasiado tiempo, veo muchos aviones. No era consciente del tiempo que llevábamos sin ver esas estelas en el cielo, esos arañazos de turistas que pasan por encima de nosotros sin parar a vernos. Un turista que pasa, pero no se queda y deja marcas en el cielo, eso es exactamente una ex, como esa que ahora mismo juega con un niño con cara de pardillo, la misma que tiene su padre y que puedo tener yo mismo. Y pienso que también tocaron el cielo en otro tiempo los amantes que hoy empujan los columpios de la España vacía.

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