Actualidad

El Estado policial para los uigures en China

Vigilado a las 24 horas, el corresponsal de ABC pasa una semana en esta convulsa región donde se calcula que hay un millón de personas en campos de reeducación

 

 

Nada más aterrizar en Urumqi, capital de la convulsa provincia china de Xinjiang, un guardia con traje especial de protección nos espera junto a un policía al final del túnel de pasajeros. Ser el único occidental del vuelo no ayuda a pasar desapercibido, ni siquiera con la mascarilla puesta. Como la pandemia del coronavirus está controlada en China pero sigue azotando al resto del mundo, a los extranjeros se nos vigila más que a los nacionales cuando nos movemos por el país, incluso aunque llevemos más de un año sin viajar fuera. Por ese motivo, no es de extrañar que el policía apunte mi nombre, número de pasaporte, teléfono móvil y hasta el hotel donde me voy a alojar. Pero sí resulta sorprendente que no necesite comprobar la prueba negativa del coronavirus que me he hecho en Pekín el día antes de volar. Debe de ser por algo más peligroso todavía que el virus: porque soy un periodista occidental que viaja a Xinjiang, la remota región musulmana al oeste de China que está en el ojo del huracán por la represión sobre sus habitantes autóctonos, los uigures.

La incógnita queda despejada al día siguiente cuando, al salir del hotel, cuatro hombres de negro se levantan nada más verme atravesar el vestíbulo y se dirigen a la puerta justo delante de mí. Mientras espero el taxi, se meten en un Honda ranchera gris que, a partir de ese momento, será mi sombra allá donde vaya en Urumqi, empezando un seguimiento que continuará durante toda mi estancia en Xinjiang. Entre el 22 y el 28 de marzo, viajé a esta provincia situada a 4.000 kilómetros de Pekín y, durante todos los días, fui vigilado las 24 horas por dos grupos de personas… al menos que yo viera. Además de seguirme a todos los lugares que visitaba, como tiendas, restaurantes y monumentos, los vigilantes parecían dormir en el vestíbulo del hotel, pues estaban allí hasta por la noche y desde primera hora de la mañana, e incluso viajaron en mi avión a Kashgar, la segunda ciudad de la región, y luego cuando regresé a Pekín.

Vacaciones vigiladas

Esta es la crónica de unas vacaciones vigiladas en Xinjiang, donde el autoritario régimen del Partido Comunista ha elevado a su máxima expresión el modelo del ‘Gran Hermano’ con el que vigila a su población. El motivo es que esta desértica región enclavada en el extremo noroccidental de China, que ocupa tres veces la superficie de España y cuenta con abundantes yacimientos de petróleo y gas natural, es una de las más levantiscas junto al Tíbet. Xinjiang, que significa ‘Nueva Frontera’ y ha permanecido bajo el control de China desde la dinastía Qing en el siglo XVIII, es de gran importancia geoestratégica no solo por sus recursos, sino también por lindar con Rusia, Mongolia, Pakistán, Afganistán, la India y varias repúblicas ex soviéticas de Asia Central.

Pero es también una de las zonas más calientes de China. Con 26 millones de habitantes, la mitad pertenece a su etnia autóctona, los uigures que profesan el islam, no tienen rasgos orientales y hablan una lengua relacionada con el turco. Desde hace más de un siglo, buena parte de los uigures aspiran a la independencia para formar el Turkestán Oriental. Con el fin de combatir este separatismo, que se ha cobrado cientos de vidas en atentados terroristas y revueltas durante los últimos años, Pekín ha implantado campos de reeducación donde la propia ONU calcula que hay un millón de uigures encerrados, practicado esterilizaciones forzosas y limitado sus costumbres religiosas y sociales. Dicha persecución también la sufren otras minorías fronterizas, como los kazajos, pero no los 12 millones de ‘Han’, la etnia mayoritaria en China, que suman el resto de la población.

Más represión

Tras la matanza interétnica que dejó casi 200 muertos en Urumqi en julio de 2009 y los posteriores atentados y ataques con cuchillos y machetes en otros lugares de Xinjiang y del resto de China, la represión aumentó con la llegada al poder en 2012 del presidente Xi Jinping, el líder más autoritario desde Mao. Bajo su llamamiento a «una guerra popular y sin compasión contra el terrorismo», el régimen lanzó en 2014 una campaña que se endureció cuando Chen Quanguo, secretario provincial del Partido Comunista, fue trasladado desde el Tíbet en 2016.

Cumpliendo sus órdenes, se ha construido una red de campos de reeducación donde se calcula que podría haber un millón de uigures confinados, la inmensa mayoría sin haber sido condenados por ningún delito. Por el mero hecho de acudir con frecuencia a la mezquita, leer el Corán o rezar en público, llevar una barba larga o tener familiares en 26 «países musulmanes peligrosos», los uigures son encerrados durante meses y sometidos a un alienante lavado de cerebro. En clases colectivas, deben cantar alabanzas al Partido Comunista, aprender mandarín y renegar no solo de la violencia yihadista, sino también de algunas normas y costumbres del islam.

Tras negar al principio su existencia, el régimen chino asegura que estos campos son escuelas de formación profesional para mejorar la vida de los uigures y prevenir el terrorismo yihadista y el independentismo. A tenor de un ‘Libro Blanco’ publicado el año pasado, 1,3 millones de personas han recibido esta ‘formación profesional’ en Xinjiang entre 2014 y 2019. Con los testimonios de internos ya liberados y de familiares de presos, las organizaciones de Derechos Humanos denuncian que la mayoría son encerrados sin haber cometido ningún delito, salvo el de ser musulmanes y, por tanto, sospechosos de radicalizarse.

Alambradas y muros

De gira por Europa el año pasado, el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, aseguraba en una conferencia en el Instituto Francés de Relaciones Internacionales que ya no quedaba nadie en dichos campos de reeducación. Pero un estudio del Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI, en sus siglas en inglés) detectaba con imágenes por satélite las coordenadas de hasta 380 centros de detención construidos en los tres últimos años. Con alambradas, altos muros y torres de vigilancia, muchos de ellos están conectados a fábricas, lo que ha espoleado las denuncias contra el uso de mano obra forzada, sobre todo en el sector textil.

En los últimos meses, las acusaciones internacionales contra la potente industria del algodón de Xinjiang han agravado las cada vez peores relaciones de China con Estados Unidos y la Unión Europea. Con sanciones cruzadas y un boicot de los consumidores chinos contra las marcas que se desvinculan del algodón de Xinjiang, la tensión ha frustrado el acuerdo de inversiones alcanzado a finales del año pasado entre Pekín y Bruselas.

Pero la represión no se ciñe solo a los campos de reeducación, sino que va más allá buscando la disolución de la cultura uigur y hasta la erradicación de la religión musulmana. También con imágenes satelitales, ASPI denuncia que 8.500 mezquitas han sido destruidas completamente y otras 7.500 dañadas. Además de la pérdida de mezquitas, que suponen la mitad de las que había en 1955, este instituto dependiente del Gobierno australiano estima que casi un millar de monumentos islámicos de Xinjiang han sido desmantelados o reducidos a ruinas. En 2019, otra investigación periodística de la agencia France Presse descubrió que decenas de cementerios habían sido arrasados, dejando al descubierto restos humanos fuera de las tumbas.

Control absoluto

Con los uigures en el centro de la disputa y Occidente pidiendo la visita de una comisión internacional de investigación, el régimen chino trata de controlar toda la información y marca estrechamente a los periodistas que viajan a Xinjiang. Sin cortarse un pelo, los vigilantes me siguieron incluso dentro de las tiendas de alfombras que visité en Urumqi y Kashgar, llevándose en un momento al dependiente al exterior para advertirle, seguramente, de que era periodista y tuviera cuidado con lo que me decía. Confiado, el jefe del grupo de Urumqi incluso se sentó a mi lado en un puesto del Gran Bazar donde estaba probando unas nueces, recomendándome que comprara allí porque era un «comercio de confianza».

Una vez superada la desagradable incomodidad de tener a varias personas pisándote las talones, uno se acostumbra a andarse con pies de plomo y a no hacer ni decir nada que pueda resultar sospechoso, incluso dentro de la propia habitación del hotel por si las moscas. Siendo periodista extranjero en China, es normal sentirse como un delincuente, como he aprendido en estos 16 años cada vez que viajaba a algún lugar donde había problemas.

Pero esta calma tensa se rompió en Urumqi cuando, tras hacer una foto de la cerrada mezquita de Xiheba, apareció de la nada un joven ‘Han’ pidiendo ver las imágenes del móvil para borrarlas alegando que el edificio estaba «en obras». Como no era policía ni llevaba el típico brazalete rojo de los voluntarios, salí por piernas ante el temor de que fuera un ladrón. Tras dejar atrás tanto al joven como al grupo de vigilantes, tomé un taxi para volver al hotel y, durante el trayecto, el conductor recibió una llamada. Del otro lado le preguntaban adónde se dirigía y, mirándome inquieto por el retrovisor, daba la dirección del hotel. Al llegar, desde la puerta del ascensor pude ver cómo el jefe del grupo entraba corriendo en el vestíbulo, pero sin tiempo ya para alcanzarme.

Con tan poco disimulo, su misión estaba clara: amedrentar al incomodo visitante para que no hable con nadie ni se acerque a los campos de reeducación. Algo que ya había descartado antes de mi viaje a Xinjiang para no poner en peligro a ningún entrevistado ni a ningún conductor. Pero, sinceramente, no me esperaba un marcaje tan férreo y descarado. De hecho, los vigilantes solo intentaban esconderse cuando, de repente, me giraba para hacerles una foto o grabarles con el móvil mientras simulaba estar tomando una panorámica a mi alrededor.

Extrema vigilancia

Con tan constante presencia pretenden impedir que la Prensa occidental informe de algo inconveniente para el régimen. Pero lo único que consiguen es dejar claro que Xinjiang es un siniestro Estado policial en el que la vida de los uigures está vigilada hasta el más mínimo detalle. Cada 500 metros hay pequeñas comisarías fortificadas con barreras y los controles se suceden por las calles, donde patrullas de policías con cascos y escudos desfilan sin parar por las plazas y los principales monumentos. Identificados mediante cámaras de reconocimiento facial, solo los vecinos pueden acceder a sus bloques de edificios y los guardias de seguridad revisan los maleteros y bajos de cada coche antes de entrar en algún lugar. Por ejemplo en las gasolineras, protegidas por barreras para impedir atentados.

Tras darles esquinazo en la mezquita cerrada, el seguimiento se reforzó con dos coches al día siguiente, en que volamos rumbo a Kashgar, legendaria parada en la Ruta de la Seda. Con al menos seis personas rondando alrededor en el aeropuerto, la vigilancia vuelve a delatarse de nuevo cuando, al encaminarme hacia la zona de tiendas y restaurantes, un guardia de seguridad viene a decirme que mi puerta de embarque está en dirección contraria. Allí espera un tipo que no nos quita ojo y, al embarcar, a nuestro lado se sienta el policía que viaja en cada avión chino para velar por la seguridad.

Un rato antes de aterrizar en Kashgar, y contrariamente a las normas de aviación, nos obligan a todos los pasajeros a bajar las ventanillas. Cuando subo un poco la mía para intentar grabar con el móvil, una azafata me reprende de inmediato y luego suena por los altavoces una advertencia para que nadie haga lo mismo. Evidentemente, hay algo ahí abajo que no quieren que veamos.

Al igual que en Urumqi, al desembarcar en Kashgar nos espera otro policía que también nos toma los datos con el argumento de la prevención del coronavirus. Ya en el hotel, cuando estoy deshaciendo el equipaje, me llaman de recepción para que baje porque dos policías quieren hablar conmigo. Todo sonrisas y amabilidad, pero grabándome con la minicámara que llevan en la solapa, me dan la bienvenida a Kashgar y me advierten de que, si quiero entrevistar a alguien, tengo que identificarme claramente como periodista. Va a ser difícil, por no decir imposible, porque vuelvo a tener a media docena de personas detrás de mí. Es fácil distinguirlos: uno de los que me siguió junto a la mezquita de Id Kah, muy reconocible porque llevaba una sudadera azul ajustada que le marcaba la tripa con la leyenda ‘Trend e-up’ en el pecho, aparece al día siguiente en la calle de las alfombras… con la misma ropa. Otro, con unas zapatillas ‘New Balance’ que también nos seguía desde la mezquita de Id Kah, se puso un chaleco rojo y una gorra y cogió una escoba al adentrarnos en la Ciudad Vieja para hacerse pasar por un voluntario que limpiaba sus callejones. A veces, el marcaje era tan descarado que se ponían delante de mí y tenía que pedirles que se apartaran para fotografiar alguna casa pintoresca de la Ciudad Vieja de Kashgar.

Códigos QR en las casas

Con sus casas típicas de adobe derruidas y reconstruidas en cartón-piedra como suele ser habitual en China, lo más interesante eran los códigos QR pegados a sus puertas junto a publicidad de la operadora de telefonía móvil China Unicom. Según la ONG Human Rights Watch, dichos códigos QR contienen la información de las familias que habitan en su interior y la Policía los usa para tenerlos controlados. Al escanear yo uno con mi móvil, aparece un enlace del Gobierno (www.xjymt.gov.cn), pero la página web no se abre. En otros callejones, el método era más rudimentario y el nombre y teléfono del propietario de la vivienda estaban escritos a manos en la puerta.

Aunque era viernes, el día de oración para los musulmanes, la bella mezquita de Id Kah estaba vacía y ninguno de sus empleados sabía a qué hora empezaba el rezo. Pasadas las dos de la tarde, por fin llegó un grupo de ancianos. Caminando muchos de ellos con bastones, entre ellos no había ni un solo joven e iban dirigidos por algún responsable local que enseguida nos obligó a marcharnos.

Para un extranjero, hablar públicamente con un uigur en Xinjiang es imposible. Para hacerlo, hay que contactar con quienes están exiliados en otros países como Turquía. Como Jevlan Shirmemmet, quien se fue a estudiar hace una década a Estambul y en 2018 perdió el contacto con su familia, y Omer Faruh, quien no sabe nada de dos de sus hijas desde 2017. Mañana nos contarán su historia.

Etiquetas

Añade un comentario

Pulsa aquí para comentar

Mercedes Benz
The new Mercedes-Benz C-Class