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El economista Gay de Liébana ‘amarga’ la Lotería a los que les toque y, sobre todo, a los que no

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“Despierto del sueño cuando acaba el sorteo. Como cada año me resigno a mi falta de fortuna”

Ya conocen ustedes el discurso del economista José María Gay de Liébana, conciso y ácido, a partes iguales. Y no fue menos de ambas raciones su comentario en Herrera en COPE (con Pilar García Muñiz) en este día de la Lotería Nacional tan típico del 22 de diciembre de 2020 en España.

Cada 22 de diciembre repito mecanismos de una tradicional liturgia. Me despierto con la ilusión de que hoy, sí, es el gran día de mi vida y que esa suerte que año sí año también, me es esquiva, por fin reparará en mí y me veré agraciado con el Gordo de Navidad. Y mi vida cambiará, Pilar…

Fantástica propuesta de Gay de Liébana teorizando, un poco socarrón, sobre todos aquellos que hoy se aferran al papelito con números para tener una suerte de otro mundo y que caiga su bolita, la que le permitirá aquello de “tapar agujeros” o darse ciertos lujos. Quizás le sobrevenga la ruina más pronto que tarde, lo hemos visto muchas veces.

Pero el economista insiste en soñar despierto:

Puedo engrosar la famosa lista Forbes, las entidades financieras me presentarán sus credenciales, ciertos parientes, saludados y allegados se acercarán a mí recordándome el infinito aprecio que me profesan…

Y es aquí cuando Liébana comienza a dar donde más va a doler a los que al mediodía de este 22 de diciembre de 2020 estén en la calle brindando con champán y con las mascarillas por los aires:

Entonces, Pilar, ese pensamiento desdibujado se entremezcla con la parte ácida del Gordo. Si los primeros 40.000 euros están exentos de impuesto, el resto del premio tributa a un gravamen del 20%. Sendas alternativas en mi debate interno: si guardo el dinero que me ha tocado, pensando en el futuro, Hacienda me triturará a impuestos: Patrimonio, el IRPF y, aunque no los cobre al acumularlos en mi patrimonio, también tributan otra vez por Patrimonio. El día que la palme, mis herederos liquidarán el Impuesto sobre Sucesiones. A fin de cuentas, pienso, será Hacienda quien se acabe beneficiando del señuelo de mi Gordo de Navidad. Así que igual es mejor reventarse todo el dinero del Gordo entonando el carpe diem de vivir al día y derrochar.

El profesor, aplastando entonces por la maquinaria en caso de que le toque algo, despierta del sueño, como la práctica totalidad de los españoles hoy. Si el amargor por los impuestos es para los agraciados con el sorteo, ¡imaginen para los desgraciados!

Despierto del sueño cuando acaba el sorteo. Como cada año me resigno a mi falta de fortuna: con suerte lograré una triste pedrea a modo de consolación. La vida sigue igual y, al menos, sin tanta caterva de impuestos que amargan esta vida terrenal…

Cuatro falacias sobre la Lotería

La primera es una falacia estadística: «El gordo tiene siempre una terminación bonita». Eso es subjetivo y caprichoso. Todos los números tienen la misma probabilidad de salir. Si lo que se quiere decir es que el número premiado no es de los bajos, es porque los números bajos son muy pocos. El afortunado con el gordo suele pensar que su número es bonito.

La segunda es otra vez la magia estadística: «El gordo suele caer en Madrid». No tiene por qué ser así. Lo que pasa es que en Madrid se venden más billetes y por tanto es lógico que abunden más los premios. Es evidente que en Finlandia no suele tocar el gordo.

La tercera es una piadosa creencia falsa: «El gordo ha estado muy repartido». La lotería no está para repartir nada. Antes bien, por definición, el juego de la lotería consiste en que muchos pierdan para que ganen pocos. El que más gana es el Fisco. También sucede que, entre los ganadores de los premios, los entrevistables en la radio o en la tele suelen ser personas modestas. Por muchas participaciones que tenga el gordo, lo normal es que se cumpla la ley de que muchos jugadores pierden para que unos pocos ganen. Sería muy aburrida una lotería en que a cada uno le tocara el reintegro.

La cuarta es la leyenda con moralina: «El gordo da la felicidad». Cuidado. Se sabe que un repentino empobrecimiento puede ser tan perjudicial para la salud emotiva como un rápido enriquecimiento. La prueba es que en ambos casos extremos el sujeto tiende a ocultarse y a deprimirse. No es una conducta propia de una persona feliz, aunque al principio pase por una fase de euforia.

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