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DESDE LA GUILDA: MI ENFOQUE SOBRE EL ESTADO

Ruben Feito

Facebook: Rubén Feito

Hoy me gustaría explicar mi enfoque sobre el estado, así como justificar mi visión de la mejor manera que pueda. Tratándose de un asunto crucial para administrar la coexistencia pacífica entre individuos, gestionar los recursos naturales del entorno, y estimular el logos mediante el debate público, nunca está realmente de más meditar acerca de nuestra propia concepción del sistema que encarna los tres mencionados aspectos, el Estado como entidad que organiza el dominio de lo común.

 

Para mí, el estado sólo tiene razón de ser en la medida en que asegura las libertades individuales. Esto se debe a que el punto de partida de mi pensamiento antropológico es esencialmente personalista, y que si bien nuestra esencia elemental para la supervivencia es de carácter social, sobre éste se superpone un afán de superación ineludible, la trascendencia, que dota al individuo de preeminencia ontológica, como posteriormente indicaré con más detalle.. Es la diferencia clave entre el mero vivir por un lado, y realizarse en la consecución de lo que vivifica, por otro lado.

 

Confieso que en la universidad fui escogiendo asignaturas con las que me fui especializando en ontología, estética y filosofía del arte, y acabé haciendo un trabajo de fin de licenciatura sobre las óperas de H. Purcell analizadas filosóficamente, así que no soy ningún experto en filosofía política a pesar de que cursé muchas asignaturas sobre ello también…pero debido a mi inquietud personal hacia todo lo que ocurre a mi alrededor y el hecho de tener cultura general, sí tengo ciertos conocimientos sobre el asunto.

 

En términos políticos distingo dos enfoques: el de los principios fundamentales sobre el estado (teoría política) y el de la concepción del ejercicio político en las sociedades actuales (praxis política). En este último sentido, yo tengo una visión de la política bastante pragmática: si de algún modo las sociedades son como organismos vivos que pueden padecer ciertos males, la política sería como la medicina que aplica el remedio necesario. Este remedio dependerá del mal que haya que tratar.

 

También es importante señalar que no todo es un mal… La organización social es un tipo de sistema y  todo sistema tiende por definición a la entropía, por ello el sistema perfecto es aquel que cuenta con este componente azaroso o caótico que tiende hacia su propia disolución y que, por tanto, no lo elimina sino que lo sabe gestionar y ofrecer en pequeñas dosis para que desestabilice pero sólo lo justo y necesario, ya que es menos peligroso esto que intentar reprimir esos brotes desestabilizadores, pues entonces el sistema puede implosionar por saturación de verdad y realidad, derivando en la autofagia.

 

Dejando esto aparte, y suponiendo que efectivamente existen males que atajar, la política debe regirse por un criterio pragmático y no ideológico. Esto significa que para un problema en concreto se pueden necesitar pequeñas dosis, por ejemplo, de socialismo mientras que para otro problema quizás se necesite aplicar medidas liberales…o proteccionistas… o conservadoras… o de cualquier otro tipo.

 

La política no debería regirse por un principio de ortodoxia ideológica del mismo modo que un médico no suministra el mismo medicamento a todos los pacientes y se atiene a la enfermedad en concreto que esté tratando. Un medicamento que cure una patología puede causar la muerte en otro paciente con un problema distinto.

 

Ahora bien, también es verdad que esta visión de la política sólo es posible desde una concepción del estado desvinculada de la ideología y que concibe que el individuo es la realidad primordial y ontológicamente relevante del tejido social. Cierto es que la naturaleza humana es primariamente de carácter social, como las hormigas, es decir, sólo en relación con otros nos aseguramos la supervivencia (esto es, lo vital)…pero no menos cierto es que el ser humano (se) trasciende y se realiza en su naturaleza individual (esto es, lo vivificante). Llevo años analizando esta diferencia pasada por alto sirviéndome de los textos de Parménides, Anselmo de Canterbury y Heidegger…pero esa es otra historia.

 

El caso es que por ello es errónea la lectura marxista sobre las relaciones productivas dando al trabajo un carácter objetivo, olvidando que el individuo es destinado a realizar un proyecto existencial vocacionalmente. La vocación y el destino de nuestro propio ser es el quid de la realización humana como a-propiación de nuestra naturaleza, trascendiéndola, y es la puesta en marcha de todo progreso que nos dignifica.

 

Marx reduce el hombre a un mero trozo de carne cumpliendo en términos objetivos y cuantificables un cometido para el engranaje social al que el hombre pertenece y del que obtiene todo su sentido. Esta visión es utópica porque ni responde ni corresponde a nuestro ser. Marx lo hace queriendo dotar a su obra de un peligroso status científico del que he hablado en otras publicaciones en mi Facebook, y que desgraciadamente hoy en día está en auge. Pero es tan forzado que ni siquiera los propios marxistas se toman su propia existencia en tales términos, por lo que la perpetuación del marxismo en nuestros días se debe exclusivamente a la suposición de una distopia permanente contra la que luchar y últimamente, y precisamente porque estaba ya desapareciendo fruto de sus contradicciones internas, se ha oxigenado vinculándose con la performatividad normativa de las teorías del género y demás…es decir, a la mera imagen, tomando al hombre como lo que parece (identidad estereotipada) y lo que a-parece (identidad sujeta a la comunidad):  una perversión como pocas en el discurso sobre la comprensión histórica de nosotros mismos.

 

El individuo es la realidad humana ontológicamente relevante. Sí, en su circunstancia social e histórica, eso es cierto…y  no aisladamente o tomado como algo abstracto, pero sí tan contundentemente real, con la garra y el ímpetu necesario como para mover-nos a levantarnos de la cama cada día…En este acto tan insignificante subyace algo importante acerca del ser de nuestro ser como proyecto destinado vocacionalmente

 

Por ello el estado, ese aparato que Weber definió como el único que tiene el monopolio de la violencia, ha de garantizar, y ese debería ser su único cometido, que la realización de nuestros proyectos sea plausible, contando con el potencial de cada cual y garantizando la libertad para que cada uno labre su camino como quiera para sí y los suyos. El derecho ha de encaminarse a asegurar que estas condiciones se den en la sociedad, es una de las mínimas expresiones estatales justificadas en beneficio de los individuos. El derecho ha de establecer que el individuo pueda desarrollar su proyecto vocacional de acuerdo a su potencial y a su trabajo y castigar a quien lo impida. Las leyes estatales no deben regir ni dirigir la vida de los hombres sino permitir que ellos puedan elegir las leyes para sus propias existencias. El único derecho justo, y en esto los ilustrados franceses dieron en el clavo, es el que toma al individuo como beneficiario por ser individuo, y por tanto es causa de agravio un derecho que permita leyes que favorezcan a personas atendiendo a su sexo, raza, sentimientos nacionalistas, religión o cualquier otro rasgo identitario, incluso la discriminación positiva atenta ya contra el principio del que os estoy hablando.

 

Cada individuo es dueño y guardián de su propio ser, y un estado ha de ser la mínima expresión de un poder dominante y superior y orientarse exclusivamente a defender la realidad radical de la vida individual: propiedad privada e intelectual, librecambismo, presunción de inocencia, derecho a juicio,  capacidad punitiva contra quien atente contra la vida o derechos de otro individuo y la defensa de las condiciones que posibilitan nuestra realización. Se puede debatir el alcance del poder estatal, por ejemplo yo considero que el derecho a la sanidad o a la educación sean universales, pero también creo que la gestión y administración de centros sanitarios y de enseñanza, por ejemplo en lo relativo a la contratación de personal, sería mejor privatizarlo y que no hubiese funcionarios. Este tipo de debates no pueden impedirse de antemano, pues se supone que lo grandioso de la democracia es que todo planteamiento sobre la gestión de nuestras ciudades pueden debatirse en igualdad de condiciones y desde la fuerza de argumentos en ese nuevo ágora que son los parlamentos.

 

En este sentido mi tendencia política es el libertarismo, concretamente tal y como lo entendió Nozick, aunque asumiendo que a lo largo de la historia las sociedades pueden afrontar problemas muy diversos y que, como dije antes a propósito de mi concepción sobre la praxis política, ante ciertos problemas se puedan necesitar pequeñas dosis de proteccionismo, por ejemplo, o cualquier otra corriente del pensamiento político contrarias a las que defiendo por sistema. En este sentido soy abierto y no concibo que el liberalismo, por mucho que yo lo comparta, vaya a servir siempre para todo…habrá que estudiar caso por caso las naturalezas de los distintos problemas a los que nos enfrentamos. Es importante que entendamos que a lo largo de toda la modernidad el Estado fue extralimitándose en sus funciones, especialmente desde la irrupción del marxismo, cuyos dos errores elementales son, por un lado, la falsa lectura sobre la naturaleza humana de la que parte, y por otro lado, su posición ante la disidencia (esa tendencia propia de todo sistema a la entropía de la que hablé antes), que al querer eliminarla de raíz, sólo promueve que los estados socialistas sean por definición totalitarios o utópicos. El debate político debería poder orientarse en esta dirección, pero la administración pública no parece estar por la labor, al mismo tiempo que no deja de crecer, gastar y hacer dependiente a la población, inconscientes ellos de que así, estarán sujetos a los designios del sistema y jamás podrán realizar-se. Yo represento el espíritu de las guildas y asociaciones artesanales y liberales que desde finales de la edad media lucharon para que el gobierno tuviese una representación mínima…otros siguen representando al señor feudal del siglo XXI: el que cobra impuestos al que abre un negocio, al que lo mantiene, al que vende un producto que él mismo ha hecho, y también al que lo cierra porque ya no puede pagar más.

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