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«Con Junqueras todo eran buenas palabras, pero no cumplía nada»

El líder de ERC, Oriol Junqueras, dice lo que le convenga en cada momento, pero no se atreve a hacer nada, resumen los que le conocen

El 21 de noviembre de 2016, a falta de menos de un año para los hechos del otoño negro de 2017, Enric Millo tomaba posesión del cargo de delegado del Gobierno en Cataluña. Cobraba impulso la llamada ‘operación diálogo’, con la que el Ejecutivo de Mariano Rajoy trató de convencer al independentismo de que podía haber una salida a la ya anunciada colisión de 2017. Sobre el fracaso de la citada operación, y lo que vino después, se ha escrito mucho, aunque quizás no tanto sobre el papel determinante que tuvo Oriol Junqueras, que se prestó a jugar el rol del secesionista bueno.

La foto del entonces vicepresidente catalán tomando del hombro a Soraya Sáenz de Santamaría en la inauguración

del Mobile World Congress de febrero de 2017 fue en realidad un espejismo. Un espejismo o, directamente, un engaño, según quien lo analice. «Nos tomó el pelo a todos», concluye rotunda una de las personas que más directamente vivió aquellos acontecimientos para resumir la actuación de Junqueras. El giro estratégico anunciado por el preso de Lledoners aparcando de manera táctica la unilateralidad y aceptando los indultos es puesto en duda por quienes trataron con él en esos momentos decisivos. «Dirá lo que convenga decir. Como hizo en los meses previos a 2017. El PSOE está cayendo en el mismo error de creer que es de fiar», añaden.

Uno de los protagonistas de esos días fue Roberto Bermúdez de Castro, entre 2016 y 2018 secretario de Estado para Administraciones Territoriales, y encargado de aplicar el artículo 155 de la Constitución en Cataluña tras su aprobación por el Senado el 27 de octubre de 2017. «Antes del 155, Junqueras nunca se ponía en contra de nada, todo eran buenas palabras, pero no cumplía nada. Es un lobo con piel de cordero», recuerda Bermúdez de Castro. Para el que fue ‘hombre de negro’ del Gobierno en Cataluña, el líder de ERC no puede haber cambiado desde entonces pues sus posiciones eran muy radicales y poco fiables: «Siempre que nos la podía meter doblada, nos la metía».

El sentimiento de engaño era evidente y Junqueras actuó con cierto aire de superioridad, llegando incluso a bromear, en alguna de las reuniones, con la posibilidad de acabar en la cárcel, como así ocurrió después.

La misma impresión es la que relata Enric Millo, que recogió su experiencia en su libro crónica ‘El derecho a saber la verdad’, que recoge pasajes que dan cuenta del verdadero envés de quien ahora asegura abogar por el diálogo y el acuerdo.

Doble discurso

«Junqueras me pidió que la reunión no fuera pública ni se diera a conocer a los medios», relata Millo sobre un encuentro solicitado por el entonces vicepresidente. Como sucedió con otras reuniones privadas con Puigdemont en esa época, la razón siempre fue la misma, «no trasladar a la opinión pública» que el diálogo con el Gobierno seguía abierto. Doble discurso. Ya en el despacho de la Consejería de Economía, y tras pedirle a Millo que entregase su móvil y mantuviese en todo momento un tono de voz bajo ante el miedo a ser grabados -incluso llegaron a utilizar signos para hablar de según qué temas-, Junqueras le aseguró que «era partidario de hacer las cosas de otra manera», asumiendo de nuevo el papel de hombre de paz, en el fondo no partidario del choque de trenes.

Incapaz de asumir públicamente su propia posición, o la que decía que era su posición, sugirió a Millo una vía indirecta para frenar el ‘procés’, señalando que algunos diputados de la mayoría independentista en la órbita convergente tampoco compartían la estrategia de colisión, y que quizás se les podría convencer de que no votasen a favor de las leyes de desconexión que se acabarían aprobando en las infaustas jornadas del 6 y 7 de septiembre.

Cuando Millo le preguntó cómo pensaba persuadir a esos diputados, Junqueras le respondió que él no podía hacer nada, pero que «tal vez nosotros sí les podíamos convencer». El asombro del delegado del Gobierno Millo fue mayúsculo. Junqueras le dijo que si convencían a los diputados y se paraban las leyes de desconexión, ellos estaban dispuestos a renunciar al ‘procés’. Todo humo, porque a la vez Junqueras dejó claro a Millo que «desde su partido no iban a hacer nada para evitarlo y que, si el destino nos llevaba a esa colisión, asumirían las consecuencias», añade. Cataluña caminaba hacia el precipicio. Junqueras jugaba a dos bandas.

La poca utilidad de esas reuniones secretas quedó demostrada, tanto como otros gestos que desplegó el Gobierno en esos meses. Únicamente entre noviembre de 2016 y octubre de 2017 se contaron 153 viajes de miembros del Ejecutivo a Cataluña, 19 de los cuales protagonizados por Soraya Sáenz de Santamaría, quien llegó a tener despacho propio en la sede de la delegación en la calle Mallorca, en el centro de Barcelona.

El líder de ERC alimentaba esa ficción, el relato de la ‘operación diálogo’. «Junqueras, en la fase inicial, nos mandaba mensajes muy claros de su disposición a parar todo el proceso. Se paseaba por los ministerios hablando mal de Puigdemont. Presentándose como alguien que quería arreglar las cosas. Tal era la insistencia que desde el Gobierno se decide que hay que explorar esa vía», apunta uno de quienes estuvo en la cocina aquellos días. «Al final nos dimos cuenta de que no era alguien de fiar. Veo al PSOE cayendo en el mismo error. Les engañará de nuevo», añade.

Engaño a los suyos

Si el doble lenguaje definía la relación entre Junqueras y los enviados del Gobierno, lo mismo sucedía en el seno del Govern. Carles Puigdemont lo vivió en primera persona y lo dejó por escrito en sus memorias ‘Me explico. De la investidura al exilio’. Según el que fuera presidente de la Generalitat, Junqueras fue totalmente desleal con él, con la Generalitat y con el proyecto independentista, una tesis que ha acabado calando entre el independentismo más hiperventilado, que ve en ERC y en su líder a unos traidores.

Un par de ejemplos. El 5 de abril de 2016, Puigdemont se entera de una reunión entre Junqueras y Pedro Sánchez, entonces solo líder del PSOE. «Me parece que tendrías que habérmelo dicho», le reprocha el presidente autonómico. «Fue él (Sánchez) quien me pidió que no lo dijera, que se tenía que ocultar», confiesa el de ERC. En otro pasaje de la relación Puigdemont-Junqueras, el expresidente catalán recuerda que su número dos no votó en una reunión del Govern catalán el día 10 de octubre (2017) a favor de la declaración unilateral de independencia. Puigdemont considera que es un acto de cobardía. Junqueras tampoco acudió a la primera reunión del ‘gobierno republicano’ el 27-O.

El hombre de paz Junqueras fue quien en realidad empujó a Puigdemont a sacar adelante la DUI de ese día, cuando el día anterior el ahora fugado ya tenía decidido que iba a convocar elecciones autonómicas, unos comicios que, según sostienen fuentes políticas, habrían frenado la aplicación del 155, aunque no el proceso en el Supremo por los hechos del 1-O.

Casi cuatro años después de aquellos acontecimientos, Oriol Junqueras vuelve a estar en el centro del tablero político, y los ecos de la fracasada ‘operación diálogo’ resuenan de nuevo. Quienes lo vivieron de cerca están convencido de que se trata de otro engaño.

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