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China, tantas vacunas como sospechas

El gigante asiático lidera las exportaciones mundiales entre las dudas sobre sus intenciones y la eficacia de sus compuestos

El virus que colocó al mundo contra las cuerdas también impuso una nueva prioridad: la de encontrar cuanto antes el camino de vuelta a la normalidad. En esta carrera contrarreloj no solo están en juego millones de vidas, también la honra nacional. Así se entiende en China, cuya imagen ha quedado deteriorada por la dilación a la hora de alertar sobre lo que ocurría en Wuhan y los interrogantes sobre el origen de la pandemia. Con las vacunas por redención, el gigante asiático se ha convertido en uno de los exportadores líderes. Pero las dudas sobre la efectividad de estas vuelven a poner su honra en entredicho.

En su intervención ante la Asamblea General de la Organización Mundial

de la Salud (OMS) en mayo del año pasado, Xi Jinping fue tajante: las vacunas chinas constituirían «un bien público global». De acuerdo a datos compilados por Bridge Consulting, China ha vendido 651 millones de dosis y donado otros 17, de las que 210 (31%) ya han llegado a su destino; un tercio de las dosis administradas en todo el mundo.

El mapa de sus exportaciones se focaliza en regiones desfavorecidas, aquellas que más sufren para abastecerse. De todas las soluciones distribuidas a nivel global, «solo el 0,3% ha ido a parar a países de ingresos bajos», exponía esta semana el director general de la OMS, Tedros Adhanom. «Construir vínculos con naciones en vías de desarrollo es algo que China ha venido haciendo en los últimos cinco o diez años, por medios de iniciativas como La Nueva Ruta de la Seda», apunta Bala Ramasamy, profesor de Economía y vicedecano de la escuela de negocios CEIBS. «No importa lo que China haga, tanto si comparte sus vacunas como si no, el mundo siempre se dividirá en dos: defensores y detractores», añade.

Quienes se cuentan entre estos últimos señalan que la generosidad del gigante asiático podría no ser desinteresada. Es el caso de Paraguay, cuya oferta de recibir una partida de vacunas estaba condicionada al cese de relaciones diplomáticas con Taiwán, según denunció el ministro de Exteriores de la isla. Las carencias del país latinoamericano acabaron siendo cubiertas con 100.000 dosis de Covaxin despachadas desde India.

Muchos temen que China quiera cobrarse la «deuda de gratitud», expresión utilizada por el presidente filipino Rodrigo Duterte tras recibir su inyección. Esta ya podría haber comenzado a ofrecer rendimientos. Según un informe reciente de la Federación Internacional de Periodistas, aquellos «países receptores tenían una mayor probabilidad de impulsar narrativas positivas con respecto al manejo de la pandemia por parte de China». Entre los encuestados, las respuestas críticas se reducían del 60% al 23%.

Brotes en países vacunados

Las dudas con respecto a los beneficios de los compuestos chinos también pesan. El mejor ejemplo es Seychelles, el país con la mayor tasa de vacunación del mundo: más del 60% de sus 100.000 habitantes se han enfrentado ya a la aguja. El 57% de ellas contenían en su interior la solución desarrollada por Sinopharm (entre 79 y 86% de eficacia). Sin embargo, el archipiélago africano padece estos días un rebrote que ha obligado a las autoridades a imponer un confinamiento.

Su experiencia contrasta con la de Israel, segundo país en la lista, donde la presencia del virus es mínima tras recurrir a Pfizer (94%). Esta semana, la tasa de nuevos casos confirmados por millón de personas marcaba 2.613 para Seychelles frente a 5,5 para Israel, según cifras de la plataforma World in Data. El porcentaje de nuevas hospitalizaciones en el archipiélago, eso sí, es considerablemente menor en comparación con la oleada previa, lo que refleja que una vacuna poco eficaz, aunque dificulta alcanzar la ansiada inmunidad de rebaño, sigue siendo útil a la hora de controlar la expansión del patógeno. Demasiado éxito

Mientras tanto, fronteras adentro, la campaña de inmunización avanza rápido aunque con mucha distancia por cubrir todavía. Las autoridades se han propuesto vacunar al 40% de la población (560 millones de personas) antes de julio y al 64% (890 millones) para diciembre.

Normalidad en China

China ha inoculado ya más de 380 millones de dosis, el primer país en términos absolutos por delante de EE.UU. (268), pero lejos de la cabeza en términos relativos: 13,5% frente al 36% estadounidense. Se calcula que necesitará al menos un año en alcanzar el umbral de la inmunidad de rebaño, cifrado en torno al 70%.

En este propósito, el Gobierno chino es víctima de su propio éxito: el país recuperó la normalidad hace un año y la población no siente la necesidad de vacunarse. «No tengo intención de ir al extranjero y aquí estamos seguros. ¿Por qué asumir riesgo alguno? Prefiero que primero se la pongan otros y más adelante si todo va bien ya veré», confiesa Clara Hu, una joven pekinesa.

La suspicacia es generalizada. Según una encuesta realizada el año pasado por el Centro de Prevención y Control de Enfermedades, más de un 25% de los sanitarios de la capital china no pensaba ponerse la inyección si no era obligatoria. Según sus hallazgos, a más nivel educativo menos disposición al pinchazo. Escándalos como el de las vacunas defectuosas de Changsheng Bio-Technology en 2018 todavía están frescos en la memoria colectiva.

Los cálculos, no obstante, pueden cambiar en cualquier momento. Este fin de semana las habitantes de Hefei acudieron en masa a los puntos de vacunación después de que se detectaran cinco nuevos casos de covid en la ciudad. Aunque en China pueda parecerlo, la carreta no ha terminado: el camino de vuelta a la normalidad no está despejado todavía.

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