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Cada semana una aldea se abandona en Galicia, y van tres mil

Mientras unos luchan por tratar de salvar las pequeñas poblaciones rurales, los expertos advierten de que no se pueden llevar cajeros, pediatras y servicios a 30.000 núcleos. «Hay niños que van al colegio en taxi», alertan

Galicia representa apenas un 6 por ciento del territorio nacional, pero esta pequeña esquina atlántica concentra más de la mitad de las aldeas de toda España, en concreto, unas 30.000. El porqué de este desajuste hay que buscarlo en la dispersión de su población, poco más de 2.700.000 personas que se distribuyen en dos comunidades bien distintas y alejadas: la rural y la urbana. Hace mucho tiempo que el pulso lo ganaron las ciudades y su periferia, donde viven siete de cada diez gallegos, pese a que estos espacios asfaltados constituyen menos de un 20 por ciento de su superficie total. Así que hay un 80 por ciento de tierras cada día más vacías, más envejecidas y más aisladas ante las que algunos claman auxilio y otros, solo un poco de realismo y organización.

Los datos, se miren por donde se miren, son abrumadores. Cada semana que pasa, una aldea más queda abandonada en Galicia, y ya se cuentan por miles. Además, los bautizados como ‘pueblos fantasma’, en los que resisten uno o dos habitantes, suman centenares. Quienes viven en ellos, la mayoría vecinos de muy avanzada edad que se resisten a abandonar su modo de vida, pasean a diario entre casas medio derruidas que les recuerdan el éxodo a poblaciones con más servicios y trabajo. Saben que no hay relevo generacional que sostenga sus pueblos, abocados a la desaparición y el olvido en la mayoría de los casos.

Mundo rural conectado

Para el profesor de Geografía Humana de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) Carlos Ferrás, el problema del rural gallego está en la distribución actual de la población, a todas luces insostenible. Sobre este fenómeno único en España, Ferrás pone como ejemplo que el 70 por ciento del transporte público en esta comunidad está subvencionado por la Xunta debido a la diseminación de sus habitantes. «Hay niños que van al colegio en taxi», alerta, para detallar la factura que la falta de concentración demográfica supone para las arcas gallegas. «En las áreas rurales apartadas y excéntricas, sobre todo de montaña y alejadas de las urbes, el envejecimiento es muy alto y las condiciones no son adecuadas», resume el experto, para deslizar un final que parece escrito. «Solo el rural más conectado con las ciudades es el que puede tener perspectivas de revitalización demográfica, porque pueden ser lugares atractivos para vivir de forma desaglomerada y más en contacto con la naturaleza».

Al contrario, lamenta Ferrás, hay un rural que inevitablemente acabará muriendo. «De las 30.000 aldeas dispersas que pueblan la geografía gallega, ¿cuántas pueden ser revitalizadas?», se pregunta. La respuesta es evidente. «No se puede llevar cajeros a 30.000 aldeas, ni pediatras ni servicios administrativos. Hay que ser realista y consciente de que muchos de estos pequeños núcleos de población van a acabar desapareciendo», insiste. Pero, entonces, ¿cuál es el camino a seguir?

Ferrás lo tiene claro y apuesta por reorganizar a la población y concentrarla en villas o cabeceras de comarca, aunque con eso se pierda una de las señas de identidad de esta comunidad, parte nuclear de su idiosincrasia. «Hay que empezar por crear políticas claras de localización de servicios públicos en lugares estratégicos, en asentamientos que sean capitales de municipio o de comarca donde se dote de servicios que a su vez permitan atraer y concentren a medio y largo plazo a la población que abandona las aldeas. Esto es, corregir las tendencias de dispersión y lograr que el movimiento no sea del rural a la ciudad, sino a un municipio intermedio, caso de las villas, donde concentrar servicios». Se trata de un modelo de distribución basado en las familias jóvenes con hijos, que ya es palpable en las áreas de influencia de las principales urbes gallegas. Oleiros en La Coruña, Nigrán en Vigo, Poyo en Pontevedra, Barbadás en Orense o Ames en Santiago, que en cuestión de dos décadas ha logrado revertir la tendencia del resto de Galicia y convertirse en un municipio donde los índices de natalidad suben año a año y los parques están cada vez más llenos.

Sangría de habitantes

La cuestión de los niños no es menor al hablar del futuro del rural gallego, porque la sangría demográfica es para muchos el problema más grave que tiene entre manos la comunidad a medio y largo plazo. Las estadísticas no mienten: en 2019, se produjeron 15.783 nacimientos, la cifra más baja desde que comenzaron los registros en 1941. Así las cosas, Galicia perderá cerca de 200.000 habitantes en 15 años. Esta caída en picado se deja notar sobre todo en el interior, en las provincias de Lugo y Orense, donde solo reside uno de cada cuatro gallegos. Allí nació en los últimos tiempos un movimiento inspirado en la España vaciada –de la que toma su nombre, ‘Galicia Baleira’– y que se centra en la realidad de los mayores que pueblan estos parajes, cada día más inertes.

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La explosión de la pandemia, explican, acentuó la soledad de los miles de ancianos del rural, donde las «desigualdades se extreman». Piden «programas institucionales de acompañamiento y de refuerzo a las personas mayores y económicamente dependientes» que subsisten en aldeas donde la única visita del día suele ser la del panadero. Víctimas de dos fenómenos imparables como son el éxodo y el envejecimiento, los últimos moradores de estos pueblos viven el presente con un ojo en el pasado. «Da pena ver cómo las casas se caen. Lo peor es cuando llueve en ellas, porque ese ya es el fin», lamentan las dos únicas vecinas de una pequeña aldea del municipio lucense de Ferreira de Pantón, al que se llega por un camino de tierra y piedras. «Los hijos no ven futuro aquí y se van a fuera. Los que más cerca a Monforte, los que más lejos Dios sabe…», convienen dos de las protagonistas de una historia en blanco negro que se repite de norte a sur y que pronto se convertirán en una postal.

Venta de poblaciones

Las palabras del geógrafo de la USC contrastan, sin embargo, con todas las iniciativas puestas en marcha en los últimos años para insuflar algo de aire a un paciente crítico que, pese a todo, lucha. Desde la venta de aldeas para su reconversión en complejos vacacionales, hasta la captación de nuevos vecinos a través de viviendas gratuitas y oportunidades laborales. Por parte del gobierno gallego se trabaja en una plataforma digital abierta al público que recoge información de los núcleos rurales abandonados para facilitar la compraventa de propiedades y promover su dinamización. Se estima que podrían ser hasta 3.000 núcleos de los que 1.900 tienen una decena de viviendas. «El objetivo final es poner en contacto a los dueños con personas interesadas en vivir o activar negocios en el rural», explican los promotores de este escaparate que incorpora la descripción del inmueble y su ubicación, su referencia catastral, la situación urbanística, la superficie y el precio de venta o alquiler.

En el ámbito privado, existen páginas web centradas en la venta de núcleos de población enteros que han quedado deshabitados y que salen al mercado por precios competitivos. Una de ellas está gestionada por un británico que se enamoró de Galicia y se quedó para darla a conocer al mundo. Su negocio, ‘Galician Country Homes’, vende pazos, casas rústicas y aldeas, con un catálogo de más de 400. Un 80 por ciento de sus clientes son extranjeros que llegan a España en busca de desconexión y que encuentran en estos parajes el cambio vital que estaban buscando. Fue la experiencia de una pareja del Reino Unido que se compró un pueblo entero en O Vicedo (Lugo) por 300.000 euros.

Zarpazo demográfico

En otros casos, son los propios alcaldes de las localidades amenazadas los que activan la maquinaria para darle la vuelta a la tortilla y encarar el zarpazo demográfico. Un buen ejemplo es el municipio de Parada de Sil, en pleno corazón de la Ribeira Sacra, con un censo de apenas 500 habitantes y que ofrece a los interesados casas recién construidas por un alquiler de 150 euros al mes. Las oportunidades para instalarse en Parada y emprender son variadas, caso de un albergue municipal que será sacado pronto a concurso para su próxima gestión. También necesitan un taller mecánico o empresas dedicadas a la electricidad o la fontanería, aunque el futuro de este municipio está enfocado, sobre todo, al turismo. «Estamos junto al cañón del Sil, que próximamente va a ser Reserva de la biosfera y no vamos a tardar mucho en ser Patrimonio de la Humanidad, lo que nos da un potencial turístico muy importante. Nos hace falta más gente para trabajar en el sector turístico que la que tenemos en el concello», revela el alcalde, al frente de un ayuntamiento con una edad media «muy elevada».

«Nuestra idea es que a través del turismo, donde crecemos exponencialmente (en 2007 no había ningún restaurante en Paradela y ahora hay cinco) vengan emprendedores. Buscamos a gente que quiera cambiar sus hábitos, o su modo de vida, y esté pensando en el rural», manifiesta Domínguez, que defiende que «la forma más inhumana de vivir es una ciudad y nos tuvo que venir una peste como esta pandemia para comprobarlo, porque vivir en una ciudad solo es práctico, nada más».

En A Veiga, Orense, también defienden que el rural tiene futuro y apuestan por atraer vecinos con medio centenar de casas propiedad del ayuntamiento que se alquilan por 180 euros. Su meta es asentar población a través de empleos vinculados con los productos del lugar, una forma de emprender y sostener que les garantizaría un horizonte más halagüeño tanto a los que están como a los que un día se fueron y sueñan con regresar.

Para los investigadores, se trata de intentos loables pero que se deben enmarcar dentro de la realidad demográfica gallega. Porque, bajo su lupa, estas iniciativas solo son un oasis en mitad del desierto demográfico de las 30.000 aldeas. «Todos estos proyectos hay que verlos en su conjunto y en su contexto y no generalizar con lo excepcional», asume el profesor Ferrás, que en este punto de su análisis saca a colación el mapa de Galicia, con 53 comarcas que a su vez señalan una capital para cada una, esas que bajo su perspectiva deberían convertirse en «pequeñas ciudades de servicios» para la gente del área de influencia del rural, único camino para evitar el éxodo. La labor, pese a los esfuerzos, no se antoja sencilla en una tierra donde se calcula que existen un millón de topónimos y microtopónimos para nombrar a todas y cada una de sus parroquias, aldeas y lugares. Una realidad en vías de extinción.

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