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Bingo en tiempos de Covid-19: «Entre un 3 y un 6% de nuestra clientela ha fallecido»

ABC recorre las salas más veteranas de la capital que han visto reducida su facturación a la mitad por el coronavirus

Para Antonia –nombre ficticio–, una de las tantas mujeres mayores que viven en soledad, el bingo no es solo un pasatiempos, sino más bien un refugio donde sentirse acompañada, evadida en cierto modo de la realidad. Ella no tiene problema en confesar que acude todas las tardes a su sala de confianza desde hace 20 años, aunque desde la llegada del coronavirus ha cambiado el modo en el que disfruta con la salida de los números. «Me gusta venir aquí porque en casa me siento sola y esto es divertido. Antes de la pandemia venía con mis amigas pero ahora vengo sola», comenta sin perder de vista la tira de cartón que garabatea. Desprende un aura profesional.

No es un caso extraño. Como ella, hay numerosas mujeres de avanzada edad jugando solas, aunque son menos que antes.

Los bingos, otrora lugar de esparcimiento predilecto para la tercera edad, han visto mermada drásticamente su actividad tras la irrupción del coronavirus. El miedo, las restricciones de movilidad y las limitaciones de aforo han provocado en el sector una caída de ventas de un 50%. Los números no engañan. La facturación media del 2019 fue de 418.462,33 euros y la del 2020 pasó a ser de 209.712,7, según datos proporcionados por el secretario general de la Asociación Empresarial de Personas y Entidades Dedicadas A la Gestión de Juegos Autorizados (ASEJU), José Luis Merino. Un descenso directamente relacionado con el escenario de pandemia.

Estos espacios han tenido que adaptarse al virus que llegó hace más de un año para quedarse. Pasillos de entrada y salida, mesas desinfectadas, gel hidroalcohólico en cada mesa, rotuladores individuales, distancia de seguridad entre los jugadores y la obligación del uso de la mascarilla en la sala son las restricciones sanitarias que garantizan la seguridad de los clientes. Cantar bingo es muy diferente en tiempos de Covid. Pese al arduo trabajo por parte de las salas por cumplir con las medidas, la asistencia del público ha disminuido un 60% respecto a años anteriores. Pero es más, según apunta el director de sala del bingo Las Vegas, Alexandre Albore «entre un 3 y un 6% de nuestra clientela habitual ha fallecido».

«Nuestra situación y datos son diferentes a otros subsectores de juego, no solo no hemos proliferado sino que se ha venido destruyendo salas y empleo de manera ininterrumpida. La Comunidad de Madrid ha pasado de tener 63 salas abiertas a 42», detalla a este periódico el secretario general de Aseju.

El emblemático bingo Roma, que nació en plena movida madrileña, continúa ofreciendo a los visitantes entretenimiento a pesar de ver reducida a la mitad la afluencia de sus usuarios. «Se nota que muchos de nuestros clientes más mayores han dejado de venir por miedo al coronavirus», señala Félix Martínez, director de sala de juego. El temor al contagio disminuye las ganas de apostar, pese a los esfuerzos que hacen las organizaciones de los bingos madrileños para adoptar las medidas necesarias.

Alexandre Albore comparte con ABC la preocupación que siente por el olvido que se tiene del sector, para el que pide más apoyo económico. «Todo el mundo habla de la hostelería pero nadie se acuerda de nosotros y eso nos apena. Somos uno de los sectores más perjudicados por la crisis del coronavirus, por ello necesitamos que nos ayuden y que no nos pongan palos en la rueda».

Un juego social limitado por el virus

En la actualidad, la mala imagen de las salas de apuestas y el juego han provocado que mucha gente les asocie con ellos, pero nada tiene ver. «En la sala, los mayores se juntan a merendar con los amigos y los matrimonios van a pasar un buen rato, en muchos casos es la única alternativa de ocio que tienen», señala Alexandre. El bingo es un juego social y tradicional, tal y como reconoce una encuesta del GAD3, en el que el bingo es reconocido por la propia Federación de Jugadores rehabilitados (FEJAR), de ser uno de los juegos con menos incidencia en la ludopatía.

La sala está concurrida pese al aforo limitado, pero nada es lo que era. El coronavirus se ha llevado la emoción y la alegría que los jugadores compartían con los compañeros de mesa y han sido sustituidas por miradas cómplices y nerviosas. Cantar bingo, celebrarlo y socializar con el resto de la mesa quedó en el pasado. En época de pandemia, en cada mesa solo se permite sentarse a dos personas con una distancia establecida de dos metros entre jugadores, a excepción de si son convivientes que se permite como máximo cuatro personas. Casi nadie habla con nadie. Todos están a lo que están, concentrados en el juego, por lo que es difícil diferenciar entre los grupos de amigos que vienen a disfrutar y jugar un rato de los expertos que se toman la partida muy en serio.

Otra de las salas más veteranas de la capital es el bingo El 7, enclavado en Doctor Esquerdo, también ha visto reducida su actividad. Los números lo reflejan. «Hace apenas un año, la afluencia de usuarios al día era alrededor de 500 personas y ahora se han reducido a 200», comenta el gerente. Con todo, muchos de sus mayores se han mantenido fieles a probar si la suerte les acompaña en época de pandemia. «El perfil sigue siendo el mismo entre el 66% de nuestros clientes son mayores de 55 años, para ellos el bingo es un refugio y aquí se sienten acompañados», señala el personal de sala.

A pocos kilómetros de allí, en pleno paseo de la Castellana, se encuentra la sala Canoe, un emblema de la capital. Cada año, más de 400.000 personas pasan por sus salas, pero los estragos de la crisis sanitaria han provocado que desde su apertura en 1978 nunca se haya visto tan vacía. «Nuestro bingo al ser tan grande en estos tiempos resalta mucho el descenso en la afluencia», comenta un miembro del personal que prefiere no dar su nombre.

Ahora más que nunca se puede percibir la concentración y el nerviosismo de los jugadores, el ruido de los bolígrafos al caer contra la mesa, los chasquidos de desaprobación de los desesperados al no cantar bingo tras llevar cartón tras cartón. La normalidad está lejos de llegar a los salones de juegos. Los propietarios y trabajadores de estos locales anhelan que todo esto pase y que cientos de personas, especialmente los de la tercera edad, vuelvan a abarrotar estos espacios. Tal vez el Covid-19 haya reducido el aforo de los bingos y le haya robado una parte de su esencia, pero aun así sigue siendo el sitio de ocio preferido para los mayores donde el tiempo vuela. El lugar idóneo del tándem de azar y suerte.

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