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Ángel Hernández: «Sentí que ese día me querían matar, fue la guerra y ellos eran cuatro veces más»

Dos policías heridos en los altercados por la sentencia del ‘procés’ se jubilan a causa de las graves secuelas

La noche del 18 de octubre de 2019 llovieron piedras sobre los agentes de las Unidades de Intervención Policial que trataban de atajar la ola de violencia callejera desatada por la sentencia del ‘procés’ en las calles de Barcelona. Solo ese día fueron más de 200 los efectivos heridos, varios de ellos de gravedad. A Ángel Hernández, con una década de experiencia en la UIP, le impactaron en el brazo dos losas que alguien lanzó desde un edificio. «Creemos que las tiraban desde la azotea, pero la luz de las farolas nos cegaba», explica en una conversación con ABC. Mientras le ponían una vía para trasladarlo al hospital, vio cómo a Iván, otro compañero de la misma unidad,

le tiraban un adoquín en la cabeza que dobló su casco y lo dejó en coma. Año y medio después, los dos agentes gallegos, de 45 y 42 años, están jubilados por las graves secuelas ocasionadas.

El daño, reconoce Ángel, es físico pero también psicológico. «El brazo lo tengo mal, perdí mucha fuerza y no la he recuperado. Además, después de dos operaciones tengo problemas de movilidad. También sufro estrés traumático, no puedo ver en la televisión imágenes de los disturbios», confiesa pocos días después de entregar su placa y su arma. «Nunca me había enfrentado a nada así, fue como estar en la guerra… sentí que ese día me querían matar, no lo olvidaré en la vida», reflexiona. Ninguno de los manifestantes que lanzaron las losetas con las que estos agentes gallegos fueron heridos llegó a ser, ni siquiera, identificado, y apenas una treintena fueron detenidos por desórdenes públicos en el conjunto de las reyertas, que se prolongaron durante varias jornadas desatando el caos y el pánico en la ciudad. «Ellos estaban muy bien organizados. Eran cuatro veces más y contaban con muchos medios para hacernos daño, cócteles molotov, líquidos corrosivos, piedras, rodamientos, tornillos, macetas de obra, martillos, nos tiraban de todo, incluso una motosierra», recuerda Ángel sobre los días más difíciles de su carrera como policía nacional. «Fue desmedido, desproporcionado», reconoce tocado por una experiencia que le cuesta revivir.

«No es enfermedad común»

Hace unos meses que Iván —cuyo parte de lesiones incluyó un severo traumatismo craneoencefálico y un fallo pulmonar—, se retiró por lesiones en acto de servicio. En el caso de Ángel, sin embargo, la jubilación le fue concedida por «enfermedad común», aunque está en proceso de reclamación para que se reconozca la verdadera causa de su marcha. «Me dijeron que ese era el método habitual de proceder, pero yo tengo las lesiones reconocidas en acto de servicio desde diciembre, por eso no tiene sentido», se queja, para revelar que en los últimos días «se han puesto en contacto conmigo para solucionar el trámite y modificar el reconocimiento. Espero que esto no se retrase meses», reclama con un parte médico en la mano que recuerda su ruptura de húmero a causa de la brutal pedrada.

Entre tanto, Ángel siente el apoyo de sus compañeros de La Coruña, que hace unos días organizaron una emotiva despedida coincidiendo con la firma de su jubilación. «Siempre he seguido en contacto con mis compañeros, por eso avisé a uno de que iba a ir y le dije que si nos tomábamos un café. Cuando entregué el carné y la pistola y salí me encontré con el homenaje que me habían preparado, que fue tremendamente emocionante. Acabé llorando por la sinceridad con la que lo hicieron», resume sobre la imagen que acompaña esta información, cuando «sacamos la bandera» para inmortalizar el momento. Echando la vista atrás, y pese al daño causado, Ángel tira de profesionalidad y de vocación y asegura que los vividos en Barcelona fueron «los momentos más duros, pero lo hicimos como siempre, lo mejor que pudimos. Tuve la mala suerte de resultar herido, pero allí estábamos todos y lo que me pasó a mí le podía haber pasado a cualquiera», reconoce, aunque denuncia: «No hay excusa para esa violencia».

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